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domingo, 23 junio, 2024
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Parque Nacional Yacambú se debate entre los protectores de la montaña, el negocio de los invasores y el hambre de los campesinos

Texto, fotos y videos: Vanessa Davies-Sanare

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Un enfrentamiento de pueblo contra pueblo podría ocurrir si las instituciones no buscan salidas que protejan la naturaleza y también atiendan la crisis social

Dicen que los árboles mueren de pie. Lo confirman las leyendas que se repiten en Sanare (Lara), según las cuales los que van a cortarlos en el Parque Nacional Yacambú (Lara) pueden pasar varios días de lucha con la motosierra. Lo que a la naturaleza le costó años levantar, el hombre lo descalabra en horas o días. Un sanareño refiere lo que le confió un jornalero: «Tumbar el palo. Y después, candela con eso». Es, añade, «como matar a una persona». Cada árbol abatido es un punto más para el cambio climático. La muerte del árbol es la muerte del ser humano. Un pan para hoy y hambre para mañana.

La urgencia del daño a la naturaleza alentó el surgimiento del movimiento socioambiental Guardianes de la Montaña en Sanare. Sus integrantes demandan la salida inmediata de quienes están deforestando y advierten que, si no se toman medidas, la región se quedará seca y caliente.

Los parques nacionales venezolanos nacieron como tales en zonas habitadas, y Yacambú -creado en junio de 1962 con más de 14 mil hectáreas- no es la excepción. En teoría, el Estado indemnizó y reubicó a los moradores para preservar la cuenca del río Yacambú, pero esta decisión no se cumplió plenamente, y las viejas heridas de ayer se convirtieron en las cicatrices de hoy. Varias crisis han llevado a grupos de campesinos a talar y quemar zonas del parque para sembrar café, maíz y caraotas; unos rubros, para la venta, y otros, para la alimentación familiar. El hambre está detrás de la deforestación, afirma un agrónomo, quien caracteriza la situación como una «agricultura de subsistencia» y suelta una frase de los campesinos: «Me lleva la ley del ‘jambre'». Pero entre las urgencias se cuelan invasores, gente que se justifica en la pobreza aunque no lo necesite, supuestos indígenas.

Guardianes: Sin medias tintas por el ambiente

En el parque de La Loma, en Sanare, María José González, integrante de los Guardianes de la Montaña, trata de darle coherencia a una historia en la que los grandes perdedores son los árboles y la fauna. «Antes de la creación del parque nacional había familias. Se habla de 22. Cuando llega el sistema hidráulico Yacambú-Quíbor, a ellos los indemnizan, y en algunos casos reubican a las personas», explica. «Muchos se quejan de que les prometieron unas viviendas. He podido constatar, con documentos que he visto, que firman conformes. La cantidad de dinero era muy buena».

No todos se fueron: en el lugar habrían quedado entre 8 y 11 familias. Los que permanecieron, indica González, no cumplieron con lo establecido en el decreto 276 de Inparques, que prohíbe en los parques nacionales los cultivos agrícolas y el aprovechamiento forestal, entre otras actividades. Pese a ello «el sistema hidráulico aprendió a convivir con ellos, y ellos, con el sistema hidráulico. Había armonía, pero no con el ambiente», añade. Pasaron las décadas, se constituyeron consejos comunales, y desde hace unos cinco o seis años las familias «están talando, están quemando, están acabando con la flora y con la fauna». Había «un árbol milenario, y nos dijeron que duraron tres días para tumbarlo. Tres días duraron echándole motosierra».

Los guardianes se constituyeron este año como movimiento socioambiental, y aseveran que el futuro es hoy; es decir, que las consecuencias del impacto ambiental ya se sienten. «Están cometiendo un error al deforestar para sembrar café», sentencia la abogada. Denuncian, también, la presunta venta de parcelas dentro del parque nacional, actividad ilegal en un parque nacional. «Hace un mes nos enteramos de que vendieron 17 hectáreas en 1.700 dólares», que no quedan registradas en notaría. Ahora, estima, habría unas 80 familias en el parque nacional, en distintas condiciones.

Como el café es de las pocas fuentes de ingreso para el municipio, cuando el precio baja, aumenta la deforestación. Lo expone Eugenio Escalona, integrante de los guardianes, y lo confirma un agrónomo consultado por contrapunto.com. «Mayo, junio y julio son meses fuertes para el municipio. Aquí les decimos ‘los morochitos’. Somos dependientes del café», describe Escalona. «Las personas se meten en el parque Yacambú, lo están destrozando, lo buscan porque son tierras buenas, que no necesitan tanto fertilizante para producir. Ellos usan las tierras, pero no se dan cuenta de que están acabando con la fauna».

Participaron como organización en el congreso sobre la crisis climática que se realizó en Yacambú en marzo pasado. Para su sorpresa, después del evento «los ecocidios han sido peores», concluye González. Los ocupantes «se han vestido de indígenas», pero «los indígenas de verdad no talan el parque, no venden parcelas, cuidan la naturaleza». No todos son de Sanare, aclara Alzehy Colmenárez, también guardián. «Hay casos de Valencia, de Portuguesa, de otros municipios, e invasores de oficio». Hay gente «que vive de eso y obtiene buenos dividendos», como dólares, parcelas legales o vehículos, detalla Colmenárez.

Los ambientalistas se han reunido con Inparques, con el Ministerio de Ecosocialismo, con el Consejo Legislativo de Lara y otros entes, «pero no hay acciones contundentes». «Hay un silencio de parte de las autoridades, que no quieren asumir o no quieren enfrentar» los problemas, apunta Escalona. La vigilancia y el control se encuentran con varios obstáculos: los guardaparques no tienen cómo moverse, carecen de alimentos y de vehículos. A la presidenta de Inparques, Rosinés Chávez, ya le entregaron las denuncias.

-¿Qué han pedido?

-El desalojo de todos. En una primera fase, por lo menos, los que están más cerca de las cuencas. Pero han dilatado las decisiones, nos hacen creer que la ley penal del ambiente no sirve, que solicitemos la reforma de la ley, pero eso no es así. También fuimos al Ministerio Público, de esas denuncias tenemos ya el MP- precisa González.

Sanare era un pueblo de neblina. Lo que relata la guardiana Yazmín Piñero es que la neblina ha sido reemplazada por el humo de las quemas. «En varias oportunidades subimos y encontramos en flagrancia a la gente quemando para sembrar», alerta.

Por eso, el desalojo «tiene que ir, porque no podemos negociar la naturaleza, negociar el agua, negociar el planeta», insiste González. Registran la migración de animales, la ausencia de abejas y otros daños que se notifican por «radio bemba». «Si todo sigue así tendremos café, pero no habrá agua para hacer el café, porque estamos exterminando las nacientes de agua», lamenta Escalona, padre de tres pequeños. «Están atentando contra mis derechos humanos, contra los derechos humanos de mis hijos». Los niños lo miran, posiblemente sin entender la gravedad de sus palabras.

«Soy nacido y criado aquí»

Para quienes transitan por primera vez por el Parque Nacional Yacambú la seña de identidad más importante de la montaña es el frescor de los árboles. Para los usuarios habituales, en cambio, son evidentes los claros y la ausencia de neblina. La presencia de compradores de café en las curvas de la carretera evidencia otro de los problemas de la zona: la palabra oligopolio, muchas veces repetida pero pocas veces asumida con nombre y apellido. La idea de esos puestos con motorizados, explican los baquianos, es atrapar a los campesinos antes de que bajen al pueblo, y así garantizar la compra.

A un costado de la carretera hay un camino que lleva a la vivienda de Atanasio Mendoza: una casita muy modesta en la que residen la familia extendida formada por adultos y niños: su esposa, cinco hijos, dos nueras, cinco nietos. Son familia por la sangre y lo son, también, por la precariedad. Tal vez el café produce fortunas, pero no para campesinos como Mendoza.

Sus nietos no lo abandonan; es como si avizoraran los tiempos de tormenta. ¿Por qué siembra en la zona si es parque? El campesino conversa con contrapunto.com para ofrecer su punto de vista. «Yo soy nacido y criado aquí, en esta zona. Estoy aquí porque a mi mamá le pagaron en 1968, ¿verdad? Le pagaron, pero no le dieron reubicación. Nosotros vivíamos en la parte de abajo, pero nos tumbaron con las máquinas y empezamos a rodar y a rodar. Por esa razón estoy aquí».

En ese «aquí» tiene ocho años de incertidumbre. Ha seguido con el café. «Tenemos unas 35 mil matas de café», calcula.

-¿Qué les diría a quienes consideran que no deben estar aquí?

-Esto ha pasado porque no nos reubicaron. Soy nacido y criado aquí, pero si el gobierno lo cree, que me reubique. No me puedo ir sin nada. Soy nacido y criado aquí. A mucha gente le dieron su parcela, algunos vendieron y volvieron a venir. Si me hubieran dado mi parcela, no estaría aquí.

Sabe que habita en un parque nacional, «pero también es cierto que me dejaron en la calle; estoy aquí por eso». A su mamá le dieron unos 27 bolívares en los años 60, mas no le otorgaron la reubicación. «Como se lo he dicho a Inparques… Sé que esto es parque nacional, pero ¿qué culpa tengo yo de haber nacido en un parque nacional, verdad? Estoy trabajando, estoy reforestando. Creo que hay manera de trabajar en un parque nacional, digo yo, guardando la naturaleza».

Las relaciones humanas en la zona se han agriado. Aumentan las presiones. Los ambientalistas demandan la salida de personas como Atanasio, y Atanasio teme por sus matas y por sus seres queridos. Este año, puntualiza, «la lucha fue mucha para mí: decían que me iban a sacar, que me iban a cortar el café». Ratifica que está dispuesto a marcharse de El Plan del Hato, donde se encuentra, a otro lugar para estar tranquilo. Su familia lo escucha y lo observa mientras desgrana sus dificultades.

¿Pueblo contra pueblo?

Los Guardianes de la Montaña siguen buscando respuesta del Estado y aseguran estar dispuestos a dialogar. Pueblo contra pueblo podría ser el próximo capítulo de esta historia. Atanasio Mendoza teme que esto suceda, y todo indica que este es el momento del «ceder-ceder». Para que la palabra «diálogo» prevalezca sobre la palabra «violencia» el turno es de las instituciones. Para Yacambú cada día que pasa es una sentencia.

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