En Venezuela tenemos el síndrome del topo. Lo expresa Antonio de Lisio, geógrafo y profesor universitario. Es decir, que se valora lo que hay debajo de la tierra (petróleo, oro, diamantes) y se desdeña lo que está encima de ella. Sin embargo, con los cambios que han ocurrido en el Banco Central de Venezuela (BCV), De Lisio cree que es posible sembrar «ideas verdes» en el directorio del ente. Por eso, propone que se haga la cuantificación del ambiente para incorporar ese valor a las cuentas nacionales.
El científico remarca que el país tiene pasivos ambientales, pero también, activos: «Nuestros árboles, nuestros bosques». Si se ven como activos, sentencia De Lisio, entonces dejarán de ocurrir situaciones lamentables como las registradas en el Parque Nacional Morrocoy. «Si afectamos un banco de coral, estamos perdiendo un activo y lo estamos convirtiendo en un pasivo ambiental».
El mundo, remarca, tiene una mirada distinta «en la que las funciones que presta la naturaleza tienen un valor». Según sus cálculos, cuatro biomas de Venezuela (bosques tropicales, humedales, sabanas y arrecifes) aportan al país 10 veces más que el PIB reportado por el Fondo Monetario Internacional para 2024.
«Esta contabilidad se hace fortaleciendo el sector científico y tecnológico», enfatizó el investigador. Como lo han logrado otros países.






