Siete décadas después de finalizar la Segunda Guerra Mundial, más de 300 diminutos trozos de tejido humano de presos políticos ejecutados por los nazis fueron inhumados este lunes de tarde en un cementerio de Berlín

El rabino Andreas Nachama, el pastor protestante Marion Gardel, y el sacerdote católoco Lutz Nehk en la ceremonia  / Foto: AFP

En una ceremonia poco común, a iniciativa de un gran hospital de la capital alemana, Charité, y es el fruto de tres años de investigación, tuvo lugar con la presencia de un rabino y miembros de la Iglesia protestante en el cementerio de Dorotheenstadt, donde yacen varias víctimas del Tercer Reich.

“Con la inhumación de las muestras microscópicas” extraídas en aquel momento de los cuerpos, “queremos otorgar un poco de dignidad a las víctimas”, indicó por su parte el director del hospital, Karl Marx Einhäupl. 

Para Saskia von Brockdorff cuya madre, Erika von Brockdorff, fue asesinada en la prisión berlinesa de Ploetzensee, se trata de “poner fin a esta historia”.

“Ahora sé dónde puedo llorar a mi madre, ejecutada el 13 de mayo de 1943 en la cárcel (de Ploetzensee). Estoy contenta de poder venir aquí”, dijo la anciana a la AFP.

Coronas de flores colocadas durante una ceremonia conmemorativa el 20 de julio del año 2015 en el memorial de Ploetzensee, en Berlín, donde se honra a combatientes de la resistencia contra el régimen nazi / Foto: AFP

La iniciativa es una muestra de los esfuerzos recientes emprendidos por el hospital para “enfrentar el pasado”, subraya el memorial de la Resistencia Alemana, coorganizador de esta ceremonia. 

“Muchos de sus médicos que ocupaban puestos en la dirección transformaron, durante el periodo nacionalsocialista, sus clínicas e institutos en lugares en los que se practicaba la medicina racial y de destrucción de los nazis”, añadió. 

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“Un caso particular”

De los opositores al régimen nazi que fueron enterrados, no quedaban más que 300 tejidos dispuestos en portaobjetos de laboratorio que los descendientes del médico anatomista que realizaba experimentos en aquella época, Hermann Stieve, encontraron en una cajita.

Los restos, apenas visibles, algunos de un centímetro cuadrado y una centésima de milímetro de espesor, fueron entregados en 2016 al profesor Andreas Winkelmann para tratar de identificar a los dueños.

“En general, no se consideraría que unos tejidos tan minúsculos merecieran ser enterrados … pero en este caso la historia es particular, puesto que provienen de personas a las que se negó deliberadamente la sepultura para que sus familiares no supieran dónde se encontraban”, explicó Winkelmann a la AFP. 

Aunque no pudo averiguar exactamente a cuántas personas pertenecieron estas muestras, Winkelmann pudo trabajar a partir de veinte nombres y de unas pistas cifradas que establecían un vínculo claro con la prisión de Plötzensee, donde unas 2.800 personas fueron ahorcadas o degolladas por los nazis entre 1933 y 1945. 

A petición de las familias, no se identificó públicamente a qué víctimas pertenecieron los restos enterrados. Pero se sabe que la mayoría eran mujeres. 

Y esto, porque Stieve, que fue director del Instituto Universitario de Anatomía de Berlín desde 1935 hasta su muerte, en 1952, se especializó en el estudio de los efectos del estrés y del miedo en el sistema reproductivo femenino. 

“Simples objetos”

Para avanzar en sus investigaciones, este científico de renombre estudiaba los tejidos genitales extraídos de mujeres ejecutadas por el régimen nazi. 

Entre sus sujetos se encontraban 13 de las 18 resistentes del grupo berlinés “La orquesta roja”, al que pertenecía la estadounidense Mildred Fish Harnack, degollada en 1943 a petición expresa de Hitler. 

Al contrario de lo ocurrido con otros científicos más conocidos por su crueldad, como Josef Mengele (“el Ángel de la Muerte” de Auschwitz), Hermann Stieve no pertenecía al partido nacionalsocialista (NSDAP) y no hizo experimentos con personas vivas. Pero sabía perfectamente que sus difuntas cobayas habían sido torturadas. 

“Esto demuestra hasta qué punto era frío. Veía a esas personas como simples objetos”, subrayó Andreas Winkelmann. 

El médico “cooperó con el sistema judicial nazi para [avanzar en] sus investigaciones”, sostuvo. Los cuerpos fueron lanzados a fosas comunes, probablemente. 

Aún así, tras la guerra, Hermann Stieve no fue investigado por la Justicia ni procesado, y continuó con su carrera, como muchos otros científicos que trabajaron con y para los nazis. 

En la actualidad, sus resultados, pese a las condiciones de sus investigaciones, siguen considerándose importantes para la ginecología moderna. Sigue siendo “miembro de honor a título póstumo” de la Sociedad Alemana de Ginecología y Obstetricia.