“Para nosotros el hito, el fenómeno que transformó a Maduro de un autoritarismo en una dictadura moderna, fue cuando se decidió, luego de diciembre de 2015, que no se iban a realizar elecciones hasta que las autoridades no consiguieran una fórmula para ganarlas siendo minoría”, subraya el coordinador de Provea. “Es especulación ahora decir si Chávez hubiese hecho lo mismo que Maduro. Pero lo cierto es que Maduro sí tomó esa serie de decisiones que alejaron al gobierno de la democracia. Entonces yo no pudiera asegurar como sociólogo que el fenómeno protagonizado en vida por Hugo Chávez finalmente hubiese terminado en una dictadura moderna”. A su juicio “el mejor ejemplo para demostrar el carácter antidemocrático de Nicolás Maduro es la represión y el silencio contra su propia disidencia”. Cree que “la estrategia que pudiera unirnos a todos los venezolanos sería promover desde ya la posibilidad de la activación de un referéndum revocatorio”, revocatorio que hay que “pelearlo desde casi cero”

Sesenta y tres años después de la salida del poder de Marcos Pérez Jiménez hay analistas que consideran que Venezuela y la región se enfrentan a “dictaduras modernas”. Rafael Uzcátegui, sociólogo y coordinador del Programa Venezolano de Educación-Acción en Derechos Humanos (Provea), afirma que la dictadura de Pérez Jiménez responde a la caracterización “de las dictaduras tradicionales, ligadas a golpes militares”, usurpación del poder mediante un acto de fuerza “y la transformación súbita de toda la institucionalidad”. Hoy “son inviables, porque tendrían muchísima resistencia por parte de la comunidad internacional” y porque ya hay mecanismos para acorralarlas.

En el presente hay autoritarismos que se diferencian de las dictaduras tradicionales, según el análisis de Uzcátegui. “Tienes que asumir el poder mediante un proceso electoral, y a partir de ese proceso electoral, con legitimidad de origen, vas a utilizar los mecanismos de la democracia para erosionar las diferentes instituciones y avanzar en un proceso de acumulación del poder”.

A su juicio, el principal dilema de América Latina se halla, justamente, en los procesos de erosión de la democracia, “que no tienen que ver con una ubicación ideológica”. Los califica como “fenómenos populistas autoritarios” que “intentan erosionar la institucionalidad democrática”, que llegan al poder mediante elecciones y que comienzan con la refundación del país por vías como la redacción de una nueva Constitución. Esto también se relaciona “con el debilitamiento de la promesa ideológica representada en los partidos políticos”, que abrió las puertas a fenómenos personalistas, a líderes carismáticos “que establecían relación directa con amplios sectores de la población” y dividieron a las sociedades en dos mitades.

En América Latina, indica, “la primera dictadura moderna fue la de Alberto Fujimori en Perú, que llegó al poder por elecciones y se transformó en un gobierno autoritario”. Pero hay experiencias más recientes, como Donald Trump en Estados Unidos y Vladimir Putin en Rusia: “Son gobiernos autoritarios y personalistas, que han venido erosionando las instituciones”, con una manera de gestionar el poder.

-¿Gobierno autoritario es igual a dictadura?

-No son sinónimos. Hay un gobierno que puede ser autoritario, como por ejemplo el de Donald Trump o el de Bolsonaro en Brasil, pero sigue habiendo burbujas democráticas, como lo llama Margarita López Maya, mediante las cuales la sociedad organizada pudiera cambiar el estado de cosas. En EEUU a pesar de esa figura tan polémica, histriónica, escandalosa como Donald Trump finalmente la sociedad norteamericana pudo, mediante un proceso electoral, cambiar el estado de cosas. En la medida en que esas burbujas existan, esas posibilidades de que la sociedad -mediante los mecanismos institucionales- pudiera hacer contrapesos o cambiar el estado de cosas, podemos hablar de que existe un gobierno autoritario, pero no una dictadura.

-¿Cómo lo ve en Venezuela?

-Nosotros hablamos durante mucho tiempo de la creciente ofensiva autoritaria en Venezuela. Para nosotros el hito, el fenómeno que transformó a Maduro de un autoritarismo en una dictadura moderna, fue cuando se decidió, luego de diciembre de 2015, que no se iban a realizar elecciones hasta que las autoridades no consiguieran una fórmula para ganarlas siendo minoría. A partir de diciembre de 2015 no pudo evitar una serie de decisiones que alejaron definitivamente al gobierno de la democracia. Entre ellas, la suspensión, sin ningún tipo de legitimidad, de los procesos electorales pendientes en 2016: elecciones a gobernadores y la activación de un referéndum revocatorio, derecho que se conquistó en 1999. El propio Hugo Chávez se sometió a un revocatorio en diciembre de 2004. Era una posibilidad instalada dentro del juego institucional en el país. Nicolás Maduro y su grupo decidieron tomar estas decisiones para, siendo minoría electoral y política, seguirse manteniendo en el poder mediante mecanismos irregulares. Para nosotros 2016 fue el año de quiebre.

-¿Todo proceso de refundación tiene que llevar a una dictadura moderna? ¿No puede llevar a más democracia?

-No necesariamente. Uno aspiraría a que, cuando alcancemos el momento de transición en el país, se pueda revisar qué fue lo que se hizo y cómo podemos mejorar y fortalecer los derechos que están presentes en la Constitución de 1999. A partir de allí uno podría aspirar a que ese proceso de revisión mejorara el funcionamiento democrático de la sociedad, y por supuesto, los mecanismos de inclusión, los derechos civiles y los derechos sociales. Pero la diferencia es que los líderes populistas utilizan ese proceso de refundación para dividir a la sociedad en dos bandos supuestamente irreconciliables, y a partir de ese hecho fundacional ir erosionando la independencia de los poderes para centralizarlos en la figura del líder carismático. Ese hito fundacional es una excusa para poder desarrollar ese proceso progresivo de acumulación de poder. A nivel personal tengo una discusión sobre lo que hubiera hecho Hugo Chávez en el año 2016. Eso no lo sabemos. Es especulación ahora decir si Chávez hubiese hecho lo mismo que Maduro. Pero lo cierto es que Maduro sí tomó esa serie de decisiones que alejaron al gobierno de la democracia. Entonces yo no pudiera asegurar como sociólogo que el fenómeno protagonizado en vida por Hugo Chávez finalmente hubiese terminado en una dictadura moderna. Hugo Chávez, con todos los cuestionamientos que le podemos hacer, tuvo la posibilidad de rectificar en algunos momentos cuando veía que algunas de sus decisiones tenían mucha resistencia social. En el caso venezolano lo curioso es que Nicolás Maduro está disminuyendo la posibilidad de que la identidad política bolivariana protagonice la historia de Venezuela en el futuro, debido a lo que está realizando en su nombre, del profundo desprestigio, no solamente de las ideas bolivarianas, sino del imaginario progresista.

-¿Compararía a Maduro con Pérez Jiménez?

-Son situaciones históricas diferentes. Creo que hay, en el autoritarismo actual, en la dictadura actual, muchas de las matrices culturales y políticas que ya existían en ese momento: el centralismo, el presidencialismo, el cimentar la toma de decisiones en el estamento militar, un ejercicio militarizad de la gestión pública. Pero no son fenómenos idénticos, no son fenómenos iguales. Marcos Pérez Jiménez en ese momento podía invisibilizar las desapariciones forzadas. No había ninguna duda de que cualquier persona que levantara la voz iba a ser sometida a una detención, torturas y desapariciones forzadas. En el caso de las dictaduras modernas la represión es mucho más selectiva, porque en tiempos de globalización es casi imposible invisibilizar una violación de derechos humanos como la que ocurrió durante la dictadura de Augusto Pinochet, donde metieron a todos los disidentes en un estadio. Eso es imposible invisibilizarlo ahora. Y eso tiene un alto costo político, porque estas dictaduras modernas también se basan en la construcción de una imagen internacional y una apariencia de legalidad democrática. Es por eso que necesitan promover eventos comiciales para poder reforzar esa imagen a escala internacional de un funcionamiento democrático. La represión hoy es mucho más selectiva, se intenta dividir al conjunto de la sociedad mediante estos ataques diferenciados y focalizados. La detención que sufren los compañeros de Azul Positivo en el estado Zulia uno de sus objetivos es mandar un mensaje al conjunto de organizaciones de derechos humanos en el país. La globalización y la difusión de mensajes de manera instantánea, la dificultad para invisibilizar esas situaciones es lo que ocasiona que estos autoritarismos modernos tengan que funcionar de una manera diferente.

Las mujeres tienen un rol en esas dictaduras modernas. Los movimientos sociales tenían un análisis “de la naturaleza patriarcal de los autoritarismos y las dictaduras, y pensábamos que la ocupación de las mujeres en diferentes roles en la gestión pública iba a poder ayudar a revertir esas situaciones de autoritarismo”, pero “no ha sido así”.

En su opinión las mujeres han sido usadas “como un elemento simbólico muy importante para poder tener la imagen internacional de una actuación adecuada a las nuevas tendencias políticas, como la incorporación de las mujeres”. En el caso venezolano hay muchas mujeres “ocupando importantes roles”, expone Uzcátegui, y se refiere concretamente a la exministra del Servicio Penitenciario, Iris Varela. Sin marcar una diferencia en el ejercicio del poder, considera que han jugado “un reforzamiento simbólico en el ejercicio del autoritarismo debido a la imagen que proyectan desde esos escenarios”.

La diversidad sexual no se queda atrás en este análisis. “Se ha transformado en un discurso políticamente correcto. Este proceso de simulación democrática los obliga a incluir, retóricamente en el caso venezolano, ese elemento dentro de su discurso. Pero si vamos a los hechos vemos que más bien hay una importante incidencia de grupos conservadores, de grupos evangélicos que han detenido esta agenda de derechos. Si bien son un importante factor de movilización, un importante factor simbólico” en los hechos “esto no se ha traducido en más y mejores derechos”.

El “autoritarismo de izquierda, o esta dictadura ligada más a una retórica progresista, necesita incorporarlos a su narrativa aunque eso no signifique nada”, porque en cuanto a la movilización y lo cuantitativo “para Maduro es más importante el apoyo de los grupos religiosos que el de los grupos de sexodiversidad o los grupos feministas, por la cantidad de votos que pudieran movilizar durante los eventos electorales.

Miguel Rodríguez Torres, hoy preso político

-Pero el mandatario Nicolás Maduro insiste en que su gobierno es muy democrático. Argumenta la participación popular, programas como las cajas CLAP. ¿Qué replicaría?

-El mejor ejemplo para demostrar el carácter antidemocrático de Nicolás Maduro es la represión y el silencio contra su propia disidencia. Además, se unen las recientes elecciones parlamentarias, donde los candidatos de la alianza progresista y los ligados al Partido Comunista de Venezuela sufrieron privaciones de libertad, persecución, una campaña sucia porque no se tolera la divergencia, el disenso dentro de sus propios pares. Ese elemento, que tiene víctimas concretas hoy, como Raúl Isaías Baduel, Miguel Rodríguez Torres, es un ejemplo de la poca tolerancia democrática hacia los procesos de disidencia y de divergencia interna. Además, todas las encuestas, y el gobierno está absolutamente consciente de ello, le dan al gobierno un margen de popularidad muy bajo. Si el gobierno promoviera elecciones con un mínimo de garantías democráticas eso resultada en un cambio de la gestión. Hay un temor en la posibilidad de la alternancia de poder, porque se cree que esa pérdida de poder va a ser definitiva, que no se va a poder remontar en un futuro. Hay además lo que llamo el delirio ideológico, en el sentido de que las ideas que tiene Maduro y su equipo serían las únicas posibles para poder incluir a la sociedad venezolana y generar procesos de democratización. Tienen la convicción de que esa fidelidad a esas ideas implica aferrarse al poder en cualquier circunstancia porque creen que representan lo mejor y lo único bueno que le pudiera ocurrir a la sociedad venezolana. Hay un desapego de la realidad, porque eso ha generado una crisis migratoria grandísima en la región, donde más de 4 millones y medio de venezolanos, como consecuencia de ese modelo, han tenido que salir de manera forzada.

En América Latina hay, de acuerdo con su análisis, tres dictaduras modernas: Venezuela, Nicaragua y Cuba. También señala “procesos autoritarios que podrían devenir en dictaduras y ante los cuales hay que estar muy alertas”, como Jair Bolsonaro en Brasil. Sobre la salida de Donald Trump, dijo esperar que “tenga consecuencias sobre el conflicto venezolano, porque esa ambigüedad retórica que permanentemente tenía Trump sobre la posibilidad del uso de la violencia también daba espacio para que, a lo interno de Venezuela, grupos se hicieran eco de esa posibilidad y enrarecieran la posibilidad de una salida política a nuestro conflicto”.

Una de las cosas que espera de la administración Biden “es que tenga un discurso coherente, un discurso sin ambigüedades sobre la necesidad de una resolución pacífica al conflicto venezolano y que pueda articular esfuerzos con otros sectores de la diplomacia internacional para caminar en esa dirección”.

-¿Quedan burbujas democráticas en Venezuela? ¿O ya no hay?

-Luego del proceso electoral de diciembre pasado pareciera que se han debilitado y que ya no existieran esas posibilidades. Creo que hay que construirlas de nuevo, hay que rescatarlas, hay que pelearlas. En lo personal creo que la estrategia que pudiera unirnos a todos los venezolanos sería promover desde ya la posibilidad de la activación de un referéndum revocatorio. Es un derecho presente en la Constitución del cual ya tenemos una experiencia previa. Un proceso revocatorio para sacar a alguien del poder en una primera fase nos haría entender que no vamos a elegir a ningún líder político, sino que vamos a sacar a la persona que está personalizando muchos de los problemas que hay en Venezuela. Pero ese proceso revocatorio hay que pelearlo desde casi cero. Esa burbuja en este momento no existe. Pero si la sociedad venezolana, con la ayuda de la diplomacia internacional y con todos los actores políticos (incluyendo a los sectores dentro del chavismo que quieran rescatar el proyecto y que quisieran que hubiese una transición negociada para poder seguir teniendo un espacio político en el futuro) se activa, hay posibilidad de volver a echar mano de esa burbuja democrática que hoy pareciera tan difícil. En mi opinión ese es el camino y la estrategia que debería unir a todas las fuerzas democráticas en Venezuela.

-Eso implica entrar en la dinámica de un CNE que no necesariamente es el que desearía la amplia mayoría del país. Aún así, ¿piensa que la sociedad debería enrutarse por esa vía?

-Todas las condiciones, la posibilidad de que eso finalmente pueda activarse, las tenemos que pelear, y eso tiene que ver con la composición de quienes van a ser árbitros de ese proceso; de cuáles son las reglas de juego para poder participar en ese proceso. Que la ciudadanía pueda participar libremente y sin coacciones, y que posteriormente, por haber participado, no va a tener ninguna represalia o consecuencia. Además, creo que los diferentes actores sociales, pero especialmente los actores políticos, tienen que recuperar la confianza de la ciudadanía para poder liderar ese proceso. Aunque yo estoy convencido de ese proceso soy un activista de derechos humanos, y ese es un rol que le toca a un líder político. Esos líderes políticos deberían aprovechar este momento de reflujo para hacer los procesos de revisión interna de su funcionamiento, que los ha alejado de la confianza ciudadana, y poder tomar las decisiones que tengan que tomar.

Elecciones municipales de 2018. Foto: Mairet Chourio-Archivo Contrapunto

-¿Cómo terminan las dictaduras modernas?

-Es clave entender que es el proceso de movilización de las fuerzas vivas dentro del país el que va a obligar a que cualquier autoritarismo tenga que dar paso a un proceso de transición a la democracia. Nosotros hemos estudiado y hemos conversado muchísimo con nuestros colegas de Perú. Los peruanos también vivieron un proceso de erosión de los partidos políticos, porque fue parte de la estrategia de Alberto Fujimori criminalizarlos, vincularlos al desprestigio por todo lo malo que había ocurrido en el pasado. Las fuerzas políticas de Perú también se tuvieron que recomponer para poder protagonizar, a partir de movilizaciones de calle y con la articulación, esa transición a la democracia. En el caso peruano fueron clave las pruebas que demostraban la profunda corrupción del régimen, los videos que demostraban cómo se estaban comprando fidelidades con altas sumas de dinero. Eso nos obliga a tener una profunda revisión de qué hemos hecho hasta ahora, de cuáles son las fortalezas pero especialmente cuáles son las debilidades que hemos tenido.

En este momento, remarca, “hay que abandonar la soberbia. Todos nos hemos equivocado en mayor o menor medida en cuál debería ser el camino para rectificar la sociedad venezolana. Si alguno de nosotros hubiera tenido la razón seguramente hubiera podido tener un apoyo mayoritario de la sociedad y haber cambiado el estado de cosas y no estar en el momento en que estamos hablando hoy”.

Esa humildad “es necesaria para todo el liderazgo social y político para decir “quizá lo que promoví no logró alcanzar los objetivos de recuperación de la democracia y necesito darles un voto de confianza a otras estrategias para ver cuál podría alcanzar finalmente la meta de volver a la democracia. Aquí la discusión no tiene que ver sobre la legitimidad de las estrategias políticas, porque todas son legitimas: Desde quienes asumen una posición de baja confrontación con el gobierno, porque piensan que de manera progresiva y paulatina pueden desde dentro ir promoviendo fisuras y cambios; hasta quienes asumen una estrategia de alta confrontación”.

Para Uzcátegui “lo que tenemos que discutir es la eficacia: la eficacia de esa estrategia de esa estrategia en función de los objetivos que cada uno se haya puesto. Si el objetivo de esa estrategia de mínima confrontación es liberar a un preso político y ese preso político fue liberado, entonces fue eficaz en los términos de las metas que la estrategia se colocó. Creo que debemos abandonar la discusión moralista sobre la legitimidad y comenzar a hablar sobre cuáles son los objetivos de cada estrategia, y entender que el autoritarismo como un todo necesita ser debilitado desde diferentes puntos, y cada uno de nosotros tenemos que definir desde qué punto lo vamos a debilitar”.

Por ello “llamo a humildad de todo el liderazgo político y entender que todos nos necesitamos. Esa diversidad de estrategias también refleja la diversidad importante de una sociedad democrática. Si queremos ser un movimiento que recupere la democracia tenemos que funcionar de manera democrática. Si queremos alcanzar la democracia desde hoy tenemos que funcionar con mecanismos democráticos de toma de decisiones”.

-¿Qué sería volver a la democracia para nosotros?

-Es tener reglas de juego claras en las cuales todos los sectores tienen posibilidades de poder gestionar lo público, de poder gestionar políticas sin que sean perseguidos. Por supuesto volver a la democracia no es solamente volver a disfrutar de derechos civiles, sino especialmente, y es la gran reflexión de los últimos 20 años, disfrutar de derechos sociales, de niveles de inclusión. La democracia en el pasado no era feliz; era una democracia que tenía problemas. A lo que tenemos que aspirar es a construir una democracia con derechos para todas y todos. Ese es el gran desafío y el gran reto. Reconstruir una dmeocracia de derechos y no una democracia de venganza.