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lunes, 22 abril, 2024
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¿Virus de laboratorio? ¿Vacunas «chimbas» o confiables? ¿Y la próxima pandemia? El virólogo venezolano José Esparza cuenta todo sobre la COVID-19

Texto: Vanessa Davies

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Los riesgos asociados a la vacunación contra la COVID son tan ínfimos, comparados con los beneficios, que la decisión debe ser muy clara, asegura el investigador venezolano destacado en la Universidad de Maryland. Es posible que en el futuro COVID-19 sea una enfermedad de niños que se controlará con vacunación, augura. «Creo que la próxima pandemia va a ser de influenza y afortunadamente tenemos los mecanismos para responder»

José Esparza es un nombre de esos que hace que la sangre venezolana se exalte. Esparza no solo trabajó en la búsqueda de una vacuna contra el VIH/Sida, sino que siempre ha sido un científico de referencia para Venezuela y el mundo. Hoy, como investigador del Instituto de Virología Humana de la Universidad de Maryland, trabaja en mil cosas.

¿Es el coronavirus un virus creado en el laboratorio? «Ese es un debate que se tiene, porque el virus aparece de la nada en diciembre del año 2019 y se extiende rápidamente por el mundo. La primera pregunta que los investigadores tenemos que hacernos es: ¿De dónde proviene el virus? Esa pregunta es importante no solamente para enfrentar la epidemia actual, sino para prever epidemias que van a ocurrir en el futuro sin ninguna duda», señala en entrevista con contrapunto.com en la que intervino su gata siamesa, Luna. «Yo soy gatero», confiesa.

Esparza detalla las ideas que han circulado al respecto. «La hipótesis más creíble es que es un virus que proviene de un animal en la naturaleza, y que ha hecho un salto al ser humano; así es como se han introducido la mayoría de las epidemias en el mundo, desde el SARS en 2002, el MERS. la Gripe Española. Existe evidencia muy fuerte que sugiere que, en efecto, murciélagos en China o los países vecinos albergan virus muy parecidos al virus que causa la COVID-19, que es el SARS-CoV-2».

Pasa luego a desmenuzar la teoría de que viene de laboratorio. «Y en esto hay dos posibilidades. Una, que es un virus de origen natural que se estuvo estudiando en el laboratorio y que se escapó del laboratorio. En Wuhan hay un laboratorio de virología muy conocido que trabaja con este tipo de virus; de manera que es una hipótesis creíble, que además tiene antecedentes: en 1977 hubo una epidemia de influenza, la red flu, que se originó en la URSS, y tenemos evidencia que sugiere que esa epidemia se ocasionó por un virus de influenza que se escapó del laboratorio», explica. «la otra hipótesis, un poquito más conspirativa, es que fue hecho por ingeniería genética a propósito. Esa hipótesis es muy poco creíble. Si bien es posible que el virus se haya escapado de un laboratorio y eso todavía no se ha confirmado, no se ha podido probar, sí podemos afirmar con seguridad que el virus no fue manipulado por ingeniería genética, porque ese tipo de manipulación deja señales en el virus. Se han secuenciado miles y miles de cepas del virus SARS-CoV-2 y no hay ninguna señal de que este virus haya sido construido por ingeniería genética».

Es decir, la hipótesis de que pasó del animal a humano es muy creíble, que se escapó de un laboratorio es creíble y que fue creado en laboratorio es muy poco creíble. Pero «el gobierno de China no ha sido muy colaborador» para dejar investigar, y una hipótesis como la segunda «lo va a negar, porque las implicaciones de aceptarlo pueden ser muy grandes: puede ser que países comiencen a demandar a China por el daño económico que les ha causado».

Hay, por parte de China, un hermetismo que incluso separa a las autoridades de Wuhan de las de Beijing, refiere. «La OMS tampoco actuó con la suficiente premura. Finalmente enviaron un par de comisiones que solamente tienen acceso a la información que les proporciona el gobierno chino». No obstante, Esparza pudo conversar con una de las investigadoras de la comisión de la OMS que ha hecho las pesquisas y ella confirma que la información que han podido analizar «da apoyo a la primera hipótesis: que viene de la naturaleza. Pero todavía hay algunas cosas por aclarar». Por ejemplo, trabajadores que supuestamente se enfermaron en diciembre de 2019 con síntomas de COVID-19 pero no tenían evidencia del virus.

«Hay que hacer la investigación, pero va a ser como pasó como el red flu en 1977; no va a haber conclusión, va a haber sospechas, y con eso tendremos que vivir: con la sospecha, y aprender a evitar la aparición de la nueva pandemia».

Como virólogo, Esparza entiende que hay desconfianza hacia las vacunas contra la COVID-19, mas recuerda que el temor a las inmunizaciones no es algo nuevo, y que ese rechazo se basa en razones como «no creo que la vacuna funciona, creo que la vacuna puede tener efectos colaterales importantes, no creo en la obligatoriedad o que el Estado imponga que se pongan vacunas; hay objeciones filosóficas y religiosas, como que si la enfermedad y la epidemia son designio de dios no podemos interferir con los designios de dios». También hay razones económicas.

Pero «hay una gran mayoría de las personas, en Venezuela también, que tienen las dudas razonables», subraya. «Ciertamente que las vacunas contra la COVID-19 se desarrollaron con una rapidez muy grande». ¿Las razones? «Había una base de investigación científica básica muy importante; por muchos años se venían estudiando las características de la inmunidad contra el virus del SARS, y son virus muy parecidos. De manera que había muchísima información sobre la estructura de esa proteína».

Otro factor es que «se usaron varias plataformas para producir vacunas», y algunas de ellas son las clásicas, como «tomar el virus inactivarlo en el laboratorio con sustancias químicas, y esa es la vacuna». También están las del ARN mensajero, «que es la que a la gente la mortifica», admite, aunque la metodología se trabaja desde hace años. Incluso, rememora su participación en una actividad sobre vacunas en Alemania en 2015, y al revisar la lista de participantes «me doy cuenta de que estaban todos los que hoy están detrás de las vacunas de Pfizer, Moderna». De manera, agrega, «que el ARN mensajero no es una tecnología que salió de la noche a la mañana; tiene por lo menos 15 años en evolución» y los científicos hoy «ya tenían la información para unir A con B. Había mucha ciencia existente».

Otra tecnología que también se usaba es la de vectores de adenovirus, el sostén de la vacuna sputnik. «Ese no es un procedimiento nuevo. Eso tiene por lo menos 15 o 20 años en evolución, y se ha utilizado en medicina humana en el pasado».

Lo que aceleró las inmunizaciones contra la COVID-19, insiste, fue «un sentido de urgencia, porque no podemos darnos el lujo de desarrollarla en 10 años, teníamos que hacerlo ya» y se logró en menos de un año. «Se puso muchísimo dinero, en Estados Unidos se aprobaron varias vacunas paralelamente», las pruebas clínicas en humanos se solaparon cumpliendo con todos los requerimientos bioéticos, puntualiza. «Menos de un año después no tenemos una: tenemos seis vacunas que funcionan. La suerte nos favoreció». Si Esparza compara -como lo ha hecho para una publicación científica- las vacunas contra la COVID-19 y las que se han tratado de elaborar contra el VIH/Sida, suma factores como los recursos y la participación de la industria. «Las vacunas no las hacen los científicos solos en el laboratorio. Las vacunas tienen que hacerlas la industria farmacéutica, que tiene el conocimiento y la capacidad».

En el mundo «se han administrado 7 mil millones de dosis», destaca. «En países como Estados Unidos y países europeos se sigue con mucho cuidado la aparición de efectos adversos, efectos secundarios, y sí los hay. Los que nos hemos vacunado, sobre todo las vacunas de ARN, sabemos que hay un efecto secundario común: te duele el brazo, te da un poquito de fiebre, quizá un dolor de cabeza; pero a los dos días ya estás bien». Hay «efectos secundarios más graves, como trombosis, como alergias graves, pero suceden con una frecuencia muy baja: quizá de uno a 10 casos por millón de personas vacunadas, y con el tiempo hemos sabido cómo reaccionar a esos efectos secundarios». Pero «esos efectos ocurren también con la COVID, con la enfermedad misma, y son mil veces más frecuentes».

En medicina, reflexiona Esparza, se ponen en la balanza los riesgos y los beneficios. «Los riesgos asociados a vacunación son tan ínfimos, comparados con los beneficios, que la decisión es muy clara».

-¿Vamos a tener mejores vacunas contra la COVID-19?

-Tenemos que tener mejores vacunas. Este grupo de vacunas de ahora es muy bueno, tiene eficacia de 90% o más contra enfermedad grave y la muerte, pero tiene un problema: probablemente inducen una muy buena inmunidad en el tracto respiratorio inferior, peor no muy buena en el tracto respiratorio superior (como la laringe). Por eso es que las personas vacunadas, aunque no sufran la enfermedad, pueden infectarse y transmitir. Ese es un problema que tenemos que resolver y habrá una nueva generación de vacunas que prevengan la infección y la enfermedad. Las vacunas del futuro también tienen que resolver otros dos problemas: deben ser altamente efectivas contra cualquier variante del virus que pueda aparecer. Las que tenemos ahora son efectivas, incluso, contra la variante delta, pero la efectividad baja un poco. Necesitamos vacunas universales contra todas las variantes. Y la otra mejora que necesitamos es que la protección de las vacunas dure más tiempo. Hasta ahora no sabemos, porque las vacunas solo tienen un año usándose, cuánto tiempo va a durar la protección.

Da la impresión, pronostica, de que «los refuerzos van a ser necesarios cada seis o cada año».

-¿Como la influenza?

-Como la influenza. Por razones un poco diferentes, pero es así.

También se debe lograr reducir el costo de las dosis: «Las vacunas ganadoras en el futuro van a ser las que cuesten menos, las que se puedan guardar en la nevera y no requieran de ultracongeladores».

-¿Este es un súper virus o nosotros somos más vulnerables?

-Es un súper virus, pero no es que tenga una capacidad letal enorme: 5% o menos de las personas infectadas desarrollan COVI-19 grave y mueren. Eso, al virus, le conviene. Al virus no le conviene matar rápidamente, porque si mata rápidamente hay dos cosas: mata al huésped, y necesita a una persona para replicarse, y hay una reacción rápida que lo controla. Este virus es inteligente en diseminarse casi silentemente. Las personas asintomáticas están transmitiendo el virus, y para un virus eso es inteligente. Este virus también es especialmente peligroso por la capacidad de mutación. La última es la delta, que la estamos experimentando en Venezuela y en todo el mundo. Pero casi uno puede predecir que, con la rapidez que subió la delta, va a bajar. La pregunta que nadie puede responder es si vendrán otras variantes en el futuro, y si tendremos que hacer, como en el caso de la influenza, constantemente monitorear la aparición de variantes y anualmente preparar vacunas especiales para las variantes. Cuando uno se vacuna contra la influenza todos los años no se vacuna con la misma vacuna; se vacuna con vacunas diseñadas para las variantes que están circulando.

-¿Es probable que ese sea el futuro del coronavirus?

-Es muy probable. La pandemia se va a controlar.

-¿En cuánto tiempo?

-Cuando uno no puede predecir el futuro, examina el pasado. Conocemos de pandemias de influenza desde hace 300 años, ocurren tres y duran dos a tres años, y pasan por dos o tres ciclos. Pienso que eso es lo que estamos viviendo. Estamos pasando por varias olas; en Venezuela ya estamos por la segunda o tercera, a veces no se puede diferenciar una de otra. Y creo que el destino de esta pandemia es convertirse en una endemia: el virus se queda con nosotros. El virus no se va a desaparecer, se va a quedar con nosotros. Probablemente va a transmitirse en una población inmune, por lo tanto no va a causar los casos y muertes que está causando. Probablemente va a infectar a las personas que no han visto el virus antes: los niños que van naciendo. Un posible escenario es que en el futuro el COVID sea una enfermedad de niños, que se va a tener que controlar en los niños con vacunación como lo hacemos hoy con el sarampión y con otras enfermedades.

-Pasa la COVID-19 y ¿cuál es el próximo? ¿Somos más vulnerables ahora que antes?

-Somos más vulnerables ahora que antes, por varias razones. Las poblaciones humanas, hoy día, están más aglomeradas, y la oportunidad de transmitirse de humano a humano es muy alta; hace 100 o 200 años las poblaciones estaban más dispersas. Otra razón es que, cada día más, estas epidemias provienen de animales salvajes; incluso, en epidemias de influenza el reservorio son aves acuáticas que migra y llevan el virus a todas partes del mundo. Cuando las poblaciones humanas comienzan a invadir hábitat en los que hay animales que albergan sus propios virus, y pasan esos virus a la población humana que no tiene inmunidad, emergen epidemias como la del SARS o la COVID. Sí somos más vulnerables. En la epidemia de 1918 uno podía saber en qué barco había llegado el virus a Venezuela; hoy día, con los viajes internacionales, un virus que emerge en medio de África hoy en un mes está en todo el mundo. Pero así como somos más vulnerables tenemos más capacidad de respuesta. Lo más importante es detectar el virus temprano, y una lección que hemos aprendido en esta epidemia es que se establezcan sistemas para detección de enfermedades, tanto en animales como en humanos. La otra lección que hemos aprendido es en relación con vacunas: tenemos que tener preparadas vacunas, o plataformas vacunales, que sean generales y en las que se inserta un «casette» para que sean especificas para este tipo de virus u otro tipo de virus.

La OMS «tiene un grupo que, en los últimos años, se ha reunido para identificar los virus que más probablemente puedan saltar y causar una epidemia. Hicieron una lista de 8 o 9, pero el 10 es el que llaman virus X, reconociendo que puede ser cualquier cosa que no se había podido predecir». Esparza habla de virus transmitidos por insectos, y advierte que «quizá el escenario más horrible es el COVID, transmitido por las vías respiratorias, de humano a humano».

Cita al bacteriólogo estadounidense Joshua Lederberg, quien decía que «los humanos y los microorganismos estamos en una constante guerra unos con otros. Eso se lo oí decir personalmente. Y decía que de esta guerra no estamos seguros quién va a ser el triunfador». Confirma que hay una ventaja sobre las bacterias, y es «que son susceptibles a los antibióticos», pero alerta que cada día más «las bacterias son resistentes a muchos antibióticos» y anticipa que a lo mejor en 20 o 30 años «va a ser imposible tratar muchas enfermedades bacterianas».

Hace énfasis en que, contra los virus, la mejor protección son las vacunas, y comenta que siempre, al principio de una epidemia, hay «mucho ruido de fondo: por ejemplo, que la ivermectina funciona, y no funciona; que el dióxido de cloro funciona, y no funciona; que el carvativir funciona, y no funciona. Hay personas con una mente mágica, que creen que cualquier cosa que no se les ha ocurrido a los científicos, pero sí se me ocurrió a mí, va a ser la solución a la epidemia». Cita los anuncios de Merck y Pfizer y sus antivirales, y acota que al menos uno de ellos es prometedor. «El problema es que 85% a 90% de las personas que infectan se curan solas, sobre todo si son jóvenes y no tienen otras enfermedades. Estos agentes antivirales deben aplicarse en los primeros dos o tres días de la infección, cuando la persona no sabe, y son antivirales caros».

-¿Vamos a tener que vivir con tapabocas?

-Creo que no. Me preguntaste cuándo se va a acabar la epidemia. La epidemia se va a acabar biológicamente, cuando el virus no se transmita, cuando se corte la cadena de transmisión. Pero hay un fin social de la epidemia: cuando la sociedad se cansa, tiene fatiga de las medidas de prevención. Conociendo ya los riesgos-beneficios empiezan a tomar decisiones, o cambian las normas sociales de la comunidad. Eso lo sigo con frecuencia con relación al sida. Mucha gente piensa que la epidemia de sida se acabó, y bueno, no se ha acabado. Más de un millón de personas al año mueren en el mundo por el sida, pero el sida determinó un cambio importante en el comportamiento de la sociedad. En el caso de la COVID vamos a tener algunos cambios; no estoy seguro de cuáles van a ser. Ya estamos viendo algunos: hay cada día menos reuniones personales y estamos usando cada vez más estos medios como zoom. Va a haber muchos cambios en la sociedad, evidentemente influenciados por nuestra respuesta a la COVID. No creo que la máscara va a ser la regla, pero sin embargo las mascarillas son la regla en muchos países asiáticos. Si vas a Japón, y ves las calles de Tokio, ves 10% de las personas con máscara, y la están usando porque tienen gripe y no la quieren transmitir a otras personas. Cuando comencé a trabajar internacionalmente, y a viajar, siempre me llamó la atención que los asiáticos, con gripe o sin gripe, cuando viajaban en un avión se ponían la máscara. Va a haber algunos cambios en el comportamiento nuestro que son influenciados. Algunas personas dicen que la Gripe Española cortó, en Estados Unidos, con una tradición de abrazarse. Nosotros nos vemos y nos abrazamos, nos damos dos besos, y en algún lugar leí que en EEUU esa costumbre se limitó desde la Gripe Española. Al igual que pasó en el siglo XV con la peste bubónica, eso va a traer cambios importantes en la sociedad, y creo que esos cambios van a ser por bien.

¿Cuál va a ser la próxima pandemia? «Cada vez que predecimos cuál viene, nos equivocamos», manifiesta. «La última vez que me preguntó alguien, mi predicción fue que la próxima pandemia iba a ser de influenza. ¿Por qué? Porque hemos tenido tres epidemias de influenza por siglo; la primera de este siglo fue en 2009, empezó en México y fue relativamente benigna. En Estados Unidos se teme que las próximas epidemias de influenza van a ser muy fuertes, y la razón es que, en los últimos dos años, la gente ha estado usando mascarilla que la ha protegido contra la COVID y también contra la influenza. Está aumentando el número de personas susceptibles a la influenza, porque no se han infectado en el último año», se explaya.

«Creo que la próxima epidemia va a ser de influenza, y afortunadamente tenemos los mecanismos para responder a esa pandemia». Esparza remarca que, «cuando uno actúa, debe actuar muy temprano; no puede esperar que la pandemia se disemine. Si la pandemia no avanza, queda la duda: ¿Es que no avanzó porque no iba a avanzar?». Y concluye: «La tragedia de los epidemiólogos es que la pandemia que fue prevenida a nadie se le agradece».

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