La economía regional formal, al igual que la de todo el país, es una suerte de accionar inestable y la economía no formal, maneja cifras desproporcionadas a la realidad

San Cristóbal -Venezuela-, una ciudad que prometía ser una metrópolis y donde ahora solo hay espasmos de avances y una plena desilusión que se oculta con el contrabando de gasolina, venta de comida proveniente de Cúcuta, y el COVID-19, sí el virus mortal que acecha al mundo, al que consideran en este momento el nuevo emprendimiento del sancristobalense y del cual se está cimentando la económica doméstica.

Para muchos hablar de esta ciudad, ubicada en los andes venezolanos, les parecerá insignificante si no conocen que el estado Táchira, cuya capital es San Cristóbal, forma parte de la línea limítrofe con Colombia, considerada desde siempre la frontera más activa de América del Sur. Aunado a ello, se ha convertido en la fortaleza de Nicolás Maduro, quien la cierra y la abre a placer cada vez que las precarias relaciones con Colombia se comprometen aun más.

La economía regional formal, al igual que la de todo el país, es una suerte de accionar parsimonioso. Sin embargo, la economía no formal, maneja cifras desproporcionadas a la realidad. La gasolina, cuyo precio oficial es de Bs. 6 por litro, es vendido en Bs. 30.000 por los mal llamados pimpineros, en el caso de la comida, los bachaqueros (personas dedicadas al contrabando de alimentos de Colombia) compran productos de primera necesidad en pesos, los revenden con un margen de ganancia del 150 por ciento y, esto solo en temporadas donde la frontera está abierta; si por el contrario, ocurren actividades desafortunadas entre los dos países y el cierre es inminente, los precios superan el 50 por ciento del salario mínimo en Venezuela. (En Gaceta Oficial extraordinaria N°. 6.502 con fecha del 9 de enero, el ingreso integral pasó de 300.000 bolívares a Bs. 450.000.)

Y solo es una muestra representativa del descalabró económico en la región, que ahora se agudiza con la pandemia, pues son otros los productos que están saliendo a la venta.

La llegada del COVID-19 a la ciudad fronteriza no los tomó desprevenidos. Pese a las declaraciones de personeros políticos que aseguraban que los productos no estarían en el mercado local, ya en San Antonio del Táchira, San Cristóbal y Ureña se producían tapabocas, se envasaba alcohol (traído de Colombia) y se elaboraban guantes de látex. El grito de desesperación de los bogotanos, que ante la inminente llegada del virus a su ciudad tomaron los anaqueles y desaparecieron estos productos, se escuchó con toda claridad en la frontera y con ello nació el nuevo emprendimiento, del cual se nutren comerciantes establecidos, no establecidos, buhoneros, bachaqueros y también las grandes cadenas farmacéuticas.

En el primer día de cuarentena social (16 de marzo), solo impuesta a siete entidades del país (Distrito Capital, La Guaira, Miranda, Zulia, Táchira y Apure) los precios se elevaron en la región fronteriza, un frasco de alcohol antiséptico 70% de 120 cc Marca Alva pasó de Bs. 100.000 a Bs. 514.888, las mascarilla tapaboca en su presentación de 50 Unidades pasaron de $10 a $40 (es decir de Bs. 780.187,3 pasó a Bs. 3.120.749) y los guantes de látex desechables (Caja de 100 unidades) pasó de Bs. 158.990 a Bs.517.675. Esto sin contar los montos del gel antibacterial, el cual sufrió un incremento del 100 por ciento, luego de costar Bs. 80.000, en su presentación de 100cc, se elevó a Bs.160.000.

Para el 17 marzo, fecha en la que se declaró emergencia nacional y se estableció la cuarentena en todo el territorio venezolano, los montos tomaron otro rumbo, ahora en los grandes supermercados de la región, donde ante la ola de pánico promovida desde el mismísimo Palacio de Miraflores, con un discurso apocalíptico y una expresión facial que evocaba aquel 5 de marzo de 2013 (Muerte de Hugo Rafael Chávez Frías presidente de Venezuela desde el 2 de febrero de 1999 – 5 de marzo de 2013) informaron al país, las medidas extremas a tomar con el fin de evitar la pandemia.

Las grandes cadenas triplicaron los precios de los productos y un frasco de alcohol antiséptico 70% de 120cc, sin marca reconocida, sobrepasó los Bs.2.000.000, sin mencionar los demás productos (mascarillas, guantes de látex y gel antibacterial) los cuales, en su mayoría, fueron cedidos a los bachaqueros para ofertarlos en algunas de las colas de gasolina que aún persistían en la ciudad y en puntos estratégicos del comercio. El capitalismo salvaje rondaba en las mismas calles que el 6 de diciembre de 1998 erigió la era socialista, que hoy se cimenta en el poder con más desaciertos que logros.

Es importante mencionar el caso de la falta de gasolina en la región, no por la crisis que eso genera para el desarrollo económico local, sino por los pimpineros quienes ante el llamado de cuarentena, no paralizaron sus labores, y, pretendieron en algunas ocasiones, cerrar las vías y obligar a los cuerpos castrenses y policiales, que hoy día resguardan las estaciones de servicio, a surtir el producto.

Al tercer día de cuarentena (18 de marzo) una mascarilla tapaboca podría costar $USD4 o $16.482 o Bs.329.640. Los precios se elevaron y con ello nació el emprendimiento del COVID-19. Los productos comenzaron a producirse en casas de familia, quienes cambiaron la venta de gasolina a Colombia por el incipiente negocio de la mascarilla tapaboca y el envasado de alcohol de dudosa procedencia en recipientes que típicamente sobran en el estado Táchira.

La orden de mantenerse en sus hogares se cumplía a medias y el comercio de productos básicos para contener la pandemia se extremó. La moneda nacional dejo de recibirse y solo los dólares y pesos colombianos se manejaban. La variedad de productos se evidenciaba en cada rincón dónde se pudiera presentar y una vez más el lucro sobrepaso el temor de contagio.

Presos del marketing

La doctora García* es una colaboradora incansable en los centros de salud que está asignada, pese al precario salario que percibe, es imperativo recordar que los galenos forman parte de la administración pública y su salario se sustenta sobre la base de los Bs.450.000 (salario mínimo) y la escala promedio llega a los Bs. 2.000.000, lo que representa aproximadamente $US30 para el médico de mayor rango y de $US6 para el médico del rango inferior.

García, quien también, en sus horas libres como médico, es una experta en la confección de bolsos y carteras se adecuo a la oportunidad que se avecinaba con el COVID-19 e inició la producción de mascarillas tapaboca, con ello, además de ayudarse con nuevos ingresos, apoyaría a la población ávida del producto.

El emprendimiento tomó un nuevo matiz cuando los compradores (compulsivos) la reconocieron como médico de un centro de atención primaria municipal. La idea de manufactura propia de una galena llamó la atención al acuñarle métodos científicos a la máquina de coser, el hilo y la materia prima (comprada, como todo, en Colombia). La doctora García, en este momento de pandemia es una presa del marketing y produce mascarillas tapaboca personalizadas con lo cual, por ahora, se ha retirado de sus labores habituales para ser una pieza más del salvajismo económico que define a la ciudad fronteriza.

PRODUCCIÓN DE MASCARILLAS TAPABOCA

Los pedidos actualmente llegan de todo el estado. Ante esta situación peculiar, donde el libre tránsito está restringido por las autoridades, se preguntó García cómo podría hacerlos llegar y la respuesta fue contundente: “Usted los fabrica doctora y yo me encargo de hacerlos llegar dónde sea, de todas formas el flete lo pagan ellos”.

Cuarentena

Al cierre. La ciudad permanece en silencio. Pocos se atreven a salir de sus viviendas y quienes lo hacen recorren la ciudad buscando alimentos y productos básicos, los cuales consiguen en casas convertidas en mercados seudos clandestinos. Los precios varían dependiendo de la zona donde se ubiquen, si es la parte baja de la ciudad se conseguirá un descuento, si es en la parte alta o en la periferia los montos serán otros, de igual forma, la mercancía saldrá dejando excelentes dividendos.

Mientras las autoridades hacen todo lo que está en sus manos para evitar que la población se contagie, en el estado Táchira, cuya capital es San Cristóbal, una red de comercio informal se confronta día a día buscando la mejor ganancia, no importa el producto, siempre y cuando quien lo venda y quien lo compre, porte su mascarilla tapaboca, sus guantes de látex y se lave muy bien las manos y ostente alcohol y gel antibacterial en esa especie de traje espacial que todos tienen para mantenerse activos, es decir, comerciando entre la vida y la muerte.