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domingo, 23 junio, 2024
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Sanare, el pueblo del café y las motos que sigue buscando una luz entre los apagones

Texto, fotos y videos: Vanessa Davies- SANARE

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El racionamiento eléctrico y los «negocios» cafeteros no le quitan el encanto a este sitio de Lara donde la gente sigue luchando por otro futuro

A las 10 de la mañana del jueves 16 de mayo ya no había luz en Sanare, y por el casco central se escuchaba la música de las plantas eléctricas. No hay otra forma de mantener la actividad comercial en un pueblo donde el café es un corazón que no quiere dejar de palpitar, y la montaña es la guardiana de los secretos. Secretos como el del señor Alejo, que a la 1:30 de la tarde se arrodilló ante el altar y comenzó a murmurar sus oraciones con profunda devoción; después saludó una imagen del beato José Gregorio Hernández y otra de la Divina Pastora.

El señor Alejo pedía por su esposa, Carmen, de 73 años, que «perdió la mente»; también, por la salud de sus hijos. Las tribulaciones pasaban como nubes por esa mirada de hombre de campo.

Las plantas eléctricas se consiguen en 500 dólares. Son una necesidad para poder mantener las puertas abiertas y no depender de la voluntad de Corpoelec, el Ministerio de Energía Eléctrica o la autoridad que haya decidido cortar aquí para poner allá. El dueño de una licorería-bodegón relata que pueden pasar seis horas al día, o más, sin servicio eléctrico. «Se va hasta dos veces por día», afirma. «Pero tenemos patria», remata con ironía. La frase del presidente Hugo Chávez, pronunciada en un contexto de dificultades personales y políticas, persiste como una fórmula para la queja.

No se ve una buseta, y los taxis escasean. Lo que sí hay, y de sobra, son mototaxis. Por un dólar te trasladan de la avenida Bolívar a La Loma (unos tres kilómetros a la cima). De noche o de día, el sonido de las motos confirma que aquí la vida es un sube y baja que avanza sobre ruedas.

Sanare no ha podido escapar de la migración, de esa fractura que rompió el esqueleto de las familias venezolanas. Elvira Ana Rojas, dueña de la dulcería Luna de Miel, recibe a los visitantes con el maquillaje puesto y el cabello alisado, tan pizpireta y tan amable que te regala el café para que lo disfrutes con las galletas que ella prepara. Pero esa sonrisa desaparece cuando empieza a hablar de la gente que se fue, en pasado, y la que se va, en presente.

En un día se marcharon 300 personas de varios pueblos cercanos, asegura Elvira Ana. «¿No ves que todo está solo?», pregunta. Cuando este es el tema de conversación, de su boca no salen sino palabras tristes. «Es abandonar a la familia». «Es como si el que se va, se muere». Su hija viajó a Argentina hace siete años. «Tiene siete años que se fue. La veo por pura videollamada», explica, y esos labios pequeños se fruncen más.

«Se van puros jóvenes. Digo que el que se va, está enfermo», agrega. «Estamos quedando los viejos». Y remata: «En el campo estamos produciendo los viejos; los que nos quedamos». Su esposo, con afecciones de salud, la acompaña en la tienda. De las manos de Elvira Ana nacen dulces de naranja, lechosa, higo, toronja, durazno y cabello de ángel, además de galletas que son medias lunas. Tanto dulce no puede endulzar la pena de las ausencias.

La crisis de la economía y la falta de horizontes son factores que atentan contra el cafecito de Sanare. Los productores de café, y los compradores de café, coinciden en que el gobierno no los ayuda con créditos, y con suerte quedan en manos del financiamiento de privados. «Los pequeños no tenemos cómo aguantar», sostiene uno de los consultados. «Es difícil competir con ellos». La palabra oligopolio sale de más de una garganta, pero puede más el temor a ponerle apellidos a ese oligopolio, que la voluntad de iluminar lo que sucede. Una conclusión parece clara: lo que les pagan a los campesinos no siempre cubre los costos de producción, pero evidentemente es un negocio para el que lo vender fuera del país.

Sanare, sin embargo, sigue siendo «lo máximo» para Ocarina Quero. Esta optometrista dejó su óptica en Barquisimeto para montar otra óptica en Sanare, y lo hizo por puro amor. Su esposo llegó primero al pueblo del café, y posteriormente ambos decidieron mudarse por completo. Ya el esposo no está, y a Ocarina le falta aprender la otra pata de la mesa del comercio familiar: la venta de repuestos de motos. «Los años aquí han sido lo máximo», reitera. Ella puede responder por qué hay tantas motos en Sanare: «Porque es el medio de transporte más fácil, barato. Para venir del campo, por el problema de la gasolina, prefieren la moto. La usan para comprar su comida, para vender café»,

Ocarina, a diferencia de Elvira Ana, considera que sí hay generación de relevo y que los jóvenes sanareños quieren prepararse. «Tengo un vecinito y veo en él un buen futuro. Está estudiando con las uñas», refiere.

Con las uñas trabaja la escuela de música Daniel Ortiz, que busca formar músicos profesionales y sacar a los muchachos del «mal camino». La escuela trabaja con el Sistema de Orquestas, y también, con autogestión, para no cerrarle las puertas a ningún aspirante. «Nosotros estamos acá para educar», subraya el director, Luis Casanova. «Somos algo grande y los muchachos nos van a enaltecer».

El mejor ejemplo lo tienen en uno de sus profesores, «que viene de una zona llamada Piedra del León», muy empobrecida, en la que los jóvenes pueden caer en las drogas o en la ratería, describe Anais Betancourt, maestra de flauta traversa. Ese profesor «no empezó en la escuela. Otros músicos lo fueron captando y dijimos ‘vamos a incluirlo’. Así ingresó», precisa Casanova. Hoy, es profesor de cuatro y maracas. «La directora de una escuela, que lo conoció cuando era chiquitico, agradece a la música y a la escuela de música que haya apoyado a ese muchacho, porque de lo contrario sería un chico más del barrio». Un chico más.

La música puede hacerse sin luz, bromea el director. Buena noticia para un pueblo en el cual el racionamiento eléctrico llega de día o sorprende de noche. La mayoría de los comercios cierran, y unos pocos deciden continuar con las puertas abiertas y las plantas zumbando.

Sanare es una mirada a la otra vida posible. A la vida de frío, paz y café sabroso que le trajo la sanación a Teresa Gómez, socióloga larense que regresó a su estado para reencontrarse con las montañas de su infancia. Pero caminar a oscuras por sus calles porque nuevamente cortaron la electricidad es, también, un recordatorio de los varios males que aquejan a una esperanza llamada Venezuela.

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