El quinteto lagunero no necesitó la participación de su máxima estrella para conquistar, y de forma bastante ostentosa, la casa de los Warriors

Los Warriors pasan su peor temporada en muchísimos años, justo después de dominar la NBA y de cambiar, para qué engañarse, conceptos básicos del baloncesto a nivel mundial. Ahora les toca taparse y esperar a que amaine la tormenta. 

Esta semana regresa Stephen Curry, pero más como rodaje y aproximación que como algo que deba ser tenido muy en cuenta. A los de Kerr, les visitaban unos Lakers en un punto muy alto, recogiendo quizás el testigo de equipo que amenaza a toda la conferencia con su mano de hierro. Cambio de plano, traspaso de peso. Se notó que están en dos niveles considerablemente diferentes: por 30 puntos ganaron los Lakers y sin contar con su gran estrella, LeBron James. 

Durante la primera parte, dio la sensación de que se jugaba con el freno de mano puesto. Los Lakers, sobre todo. La realización televisiva se centraba más en lo que hacía James en el banquillo, bromeando con sus compañeros, que con lo que acontecía dentro de la pista. Había poca chicha hasta que se volvió de los vestuarios para la segunda parte. 

Avery Bradley, se alió con McGee y Davis para sembrar el terror al inicio de la segunda mitad, los Warriors se relajaron todavía más en defensa, y pese a los esfuerzos en ataque de Eric Paschall (23), la diferencia se fue abriendo poco a poco. Ese tercer periodo ya mató el partido. 17-40 de parcial. Se vio algún destello de Rondo, muy motivado, y Kuzma, con ganas de agradar. Luego la distancia se iría hasta los comentados treinta puntos para cerrar el marcador en un sonrojante 86-116 que deja a los Lakers más líderes de la Conferencia Oeste.