Editorial Dahbar ha resistido la debacle y la pandemia con “cuatro personas que hacen de todo” y “trabajamos con las uñas, en un ambiente de devastación económica”, con “altos costos de producción y mínimos ingresos por ventas en bolívares”, describe el periodista y editor. “Si hay una mesa para dialogar y si hay libros en esa mesa, hay civilización. Hay futuro. Todo lo que se encuentra antes del libro es tribal y nos retrotrae a la barbarie”

Sergio Dahbar parece estar hecho de papel, pero de un papel muy fuerte que aguanta la tinta y soporta los golpes. Se ha abierto paso como periodista y como editor con palabras y no con puños, con argumentos y no a tiros. En la Venezuela malandra de ayer y de hoy el coraje vale lo que pesa, y eso a Dahbar no le falta, y sin gritos o groserías mal puestas.

Como periodista escuchó de todo (hasta psicópatas defendidos por sus seres queridos), y como editor y creador de Editorial Dahbar también ha visto unas cuantas cosas, no todas para narrar en público (como la compra de la edición completa de un libro, otra forma de gelatinosa censura). A las preguntas de contrapunto.com por WhatsApp respondió a su manera: no con voices, sino con un texto digno de su legendaria pluma.

La COVID-19 es, para el negocio editorial venezolano, como caerle a patadas a un hombre que agoniza. “Venezuela había mermado su fuerza editorial debido a la crisis
económica. 2019 fue un año desastroso. Mucho antes, con la desaparición del dólar subsidiado, dejaron de importarse libros y el mercado se quedó básicamente con lo que se producía internamente. Ya fueran libros de autores locales, o de extranjeros impresos por grandes casas en el país”, subraya.

Sus detalles son la mejor descripción de lo sucedido: “A medida que la crisis se agravaba, el país se fue disminuyendo. Creció el desabastecimiento de alimentos y medicina, aparecieron dificultades para tener acceso a recursos como la electricidad y el agua y el gas, se destruyó y se saqueó la industria petrolera, y se paralizó el aparato productivo. Los ciudadanos aprendieron a vivir una existencia agónica para satisfacer las necesidades esenciales: una medicina, un repuesto de automóvil, un electrodoméstico o harina pan… En ese contexto los libros no son una primera necesidad”.

En medio de la catástrofe “pensar en libros fue imposible. Muchas editoriales aguantaron bastante tiempo, pero al final se fueron del país. No podían repatriar lo que ganaban cuando vendían un libro. La cadena de producción de libros se vio afectada sensiblemente porque muchos de los actores fundamentales de esa cadena desaparecieron con la emigración: diseñadores, traductores, correctores, infógrafos, ilustradores, artesanos”.

Dahbar registra el réquiem a las librerías en la emergencia humanitaria compleja. “Las librerías (venta al detal) fue uno de los sectores más afectados. De tener cadenas de librerías que eran legendarias y habían sido poderosas y ejemplos notables en el continente, pasamos a tener (con mucha generosidad) 10 librerías reales en Caracas. Y muy pocas en el interior. Una de las cadenas de librerías más grande cerró sus puertas, liquidó sus muebles. Las ferias del libro desaparecieron. La explosión del coronavirus en diciembre de 2019 se encontró con esta Venezuela…”.

Este era el país antes de marzo de 2020, cuando oficialmente comienza la pandemia en Venezuela. “Si ya quedábamos pocos, la cuarentena hizo que finalmente el resto emigrara o residenciara sus negocios en el exterior”.

Sin embargo -y hay mucho de orgullo en su aseveración- Editorial Dahbar no bajó la santamaría. “Editorial Dahbar ha resistido. Quizá por una terquedad, quizá porque no había otra posibilidad. Pero aquí estamos y seguimos trabajando. Siempre aclaro que quizá nuestro secreto es que somos pequeños. Cuatro personas que hacen de todo. Trabajamos con las uñas, en un ambiente de devastación económica, sin posibilidad de distribuir como ocurría en el pasado, teniendo que apelar a la venta directa, que es mínima en un país donde las urgencias no dejan espacio para pensar en libros. Con altos costos de producción y mínimos ingresos por ventas en bolívares. El peor escenario posible”.

Con el estómago vacío es difícil pensar en libros. Aunque, reflexiona Dahbar, “es probable que en algunos sectores pequeños que tienen resueltos temas básicos de vida cotidiana estimulen la lectura”, lo cierto “es que la pandemia remató una industria que venía herida de muerte”.

Como tantos sectores, los libros “podrán revitalizarse el día que cambien las condiciones económicas del país”, cuando la gente “vuelva a tener un sueldo que tenga sentido y que le permita consumir holgadamente. Los que hoy consumen no compran libros”.

En Venezuela “se han desplazado valores como formación, educación, aprendizaje… Todos nos hemos convertido en cazadores de oportunidades. Cuando eso ocurre, en lo último que pensamos es en un libro”.

La editorial es una industria de letras, pero en la que los números son clave. “¿Cuantos libros he editado en 2018, 2019, 2020? En 2018 editamos 16 libros impresos de 1000 ejemplares cada uno. En 2019 editamos 12 libros impresos de 1000 ejemplares cada uno. En 2020 llevamos editados 6 libros de 1000 ejemplares cada uno. Es probable que editemos 14 libros este año. Todos nuestros libros se consiguen en internet, a través de impresión por demanda y en versión digital”, puntualiza.

En un país empequeñecido, en el que la palabra “interino” escuece al poder y decir “régimen” puede ser causal de hostilidades, Editorial Dahbar ha encarado problemas de todo orden. “Las dificultades son diversas. Hay gente que tiene miedo de imprimir libros críticos. Hay menos artesanos y profesionales que trabajen en Venezuela. Las imprentas desaparecen. Es un mercado que se achica y eso afecta la capacidad de producir. Los costos se elevan todos los días. No hay cómo vender libros. Porque no hay librerías y porque no hay interés en el ciudadano que antes compraba libros”, grafica.

Para hacer nacer libros hay que ser creyente y atisbar entre las tinieblas: “Venezuela siempre ha sido una usina de contenidos valiosos, que pueden ofrecerse a otras regiones del planeta mientras el país regresa a la normalidad. Hay que recuperar valores de trabajo, esfuerzo, educación para la vida cotidiana y los negocios. Este país necesita más librerías que bodegones. Este país precisa más reflexión que la desesperación que vemos en las redes sociales”.

Hay ejemplos de eso. “Pensemos en la librería Entrelibros, en Los Palos Grandes, por citar un caso. Los dueños son dos señores mayores que deberían ya poder disfrutar de una vida bien ganada. Pero ellos todavía llegan por la mañana y abren la santamaría y creen en el libro, contra viento y marea. Son dos héroes civiles, como casi todos los libreros. Unos héroes silenciosos que todos los días construyen país”.

-¿Qué cree que quieren leer los venezolanos hoy?

-Nunca ha sido fácil adivinar qué quiere leer el venezolano, pero me atrevería a decir que textos de historia, pensamiento, debate, investigaciones periodísticas, autoayuda, superación personal, libros infantiles, gastronomía, viajes, novelas policiales, filosofía… Esto no es una adivinanza mía, sino que me apoyo en las ventas tradicionales de la buena época en Venezuela.

-¿Podemos hablar de un perfil de lector en Venezuela, ahora?

-No es fácil hablar de un perfil. Yo puedo hablar del perfil de mis lectores. Educados, clase media, que valoran la lectura y el conocimiento, que están interesados en la tecnología y el desarrollo económico, y las innovaciones. Que está interesado en los viajes…

-¿Son los libros digitales una salida para los editores en una crisis como la venezolana?

-Los libros digitales se han convertido en un apoyo esencial para las editoriales en medio de este encierro que ha sacudido al planeta en 2020.

-¿Qué necesitaría, como editor, para poder trabajar en Venezuela?

-Lo que necesita todo empresario: reglas claras para trabajar, un estado de derecho que no viole acuerdos comerciales, sensibilidad fiscal para entender que las librerías en todas partes del mundo necesitan ser apoyadas porque son escuelas de pensamiento, control de la inflación, apertura del crédito, sueldos como los que tienen las personas en todo el mundo…

-¿Cuáles son las políticas necesarias para retomar una industria editorial en Venezuela?

-Hay mucho por hacer. Necesitamos promover la lectura: leer hace que desaparezcan desgracias como la delincuencia, etcétera. Necesitamos buscar oportunidades para conseguir papel que haga rentable el negocio y reduzca el precio de los libros. Necesitamos promover que se abran librerías, bibliotecas, hemerotecas, para que la gente pueda tener libros y estudiar sin costos brutales. El libro tiene que volver a estar en el centro de la preocupación de toda familia. Hay que insistir en que si una familia no tiene libros, los hijos no serán lectores. La imitación y el estímulo son claves para convertir a niños alejados de los libros en lectores consecuentes. Necesitamos gente que estimule la lectura como esos promotores que te animan a darle la vuelta al mundo porque será una aventura divertida que te dará una nueva experiencia de vida. Hay que poner los libros en la red de transporte publico, al alcance de la mano del usuario. Nada que no se haya hecho en otras sociedades con éxito. Colombia tiene una amplia tradición en estas experiencias.

-¿El libro debe formar parte de los acuerdos políticos entre los bandos confrontados?

-El libro debe estar en toda negociación sensata. Es una tradición milenaria que debemos volver a colocar en el centro de nuestros hogares. Si hay una mesa para dialogar y si hay libros en esa mesa, hay civilización. Hay futuro. Todo lo que se encuentra antes del libro es tribal y nos retrotrae a la barbarie.