Dice que sanó por la ciencia y la fe y que vio en sueños al “médico de los pobres” en los momentos más difíciles de la radioterapia. Sócrates Aristóteles Serrano se puso en manos del maestro coreógrafo Miguel Issa, para narrar sus miedos y angustias por la enfermedad. El resultado de este acto de amor se llama “Gregory, canal de fe”, y se presenta este domingo 3 de noviembre en el Teatro Chacao.

Tiene 50 años, pero nació hace poco más de un año, cuando –más que curarse, palabra riesgosa cuando se trata de cáncer- las células malignas desaparecieron de su cuerpo de caraqueño nacido en 1969.

Al pie de su cama, a contraluz, varias veces y en sueños. Así vio Sócrates Serrano a José Gregorio Hernández. La presencia del “médico de los pobres” ocurrió cuando la radioterapia era una mordida en ese vientre tomado por el cáncer. “Yo tuve una ‘quimio leve’, entre comillas”, pero “la radioterapia me afectó muchísimo”, recuerda Serrano.

Sócrates no es solo Sócrates, el actor guapo y querido del teatro y la televisión. Es, también, el hijo de un papá y una mamá que le pusieron dos nombres para que nadie los olvide: Sócrates Aristóteles. Es el psicólogo clínico, el hombre racional que, sin ser ateo, tampoco era creyente. Su camino se cruzó con el de José Gregorio Hernández, el Venerable que transita la ruta de la beatificación, cuando su hermana Serge lo llevó a la iglesia de la Candelaria, donde se guardan los restos de Hernández. “Vístete, que vamos a ver a Gregory”, fue la invitación. “Yo no entendía; pensé que era un vecino de mi mamá”. Serge lo llama Gregory, pero también le dice José Gregorio y Goyito, y todos los nombres llevan al mismo camino: al de un médico fallecido hace 100 años que –según sus devotos- puede curar si se le reza con devoción.

De esa vivencia –trabajada con el coreógrafo y director Miguel Issa, como un recorrido de dolor y de esperanza- surgió la obra “Gregory, canal de fe”, que vuelve este 3 de noviembre al Centro Cultural Chacao, en una única función a las 4:00 pm.

“A mí me diagnosticaron el 26 de diciembre de 2017”, rememora Sócrates. Todos los recuerdos dejan marcas en la piel, pero unos son más recuerdos que otros y sus huellas son más severas. Como los de este cáncer que llegó de pronto, aciago presente de Año Nuevo. Pocos días después ocurrió el encuentro con Hernández, en esa misa con Serge y su mamá. En ella “sentí una energía muy especial”.

Hijo de una mamá muy católica y un papá agnóstico y de izquierda, Sócrates comenzó, a partir de esa visita a la iglesia de la Candelaria, a conectarse con José Gregorio.  “Me regalaron estampitas, figuras de madera”. El “médico de los pobres” fue ocupando un espacio en su vida, como el amor.

El preámbulo de la radioterapia –en el Instituto Médico La Floresta- fue difícil. “Estaba muy asustado, pero me sentí acompañado. Me acordé de lo que había vivido en la iglesia y empecé a imaginármelo, y eso me dio mucha tranquilidad”. Todavía lo habla a la espera de que su interlocutor lo mire con incredulidad, con la reacción que el psicólogo Sócrates Serrano, pudo tener en el pasado. Para él, ese tiempo de razón quedó atrás. “Uno de mis grandes aprendizajes es la fe, el creer, entregarse, y este es mi gran ejercicio en este viaje tan intenso que he realizado”.

“Nunca vi a José Gregorio Hernández directamente, aunque me hubiese encantado”, comenta. Lo ha sentido, posteriormente, en los ensayos del teatro, y también cuando la obra pasó de un trabajo solo con el cuerpo, a sumar las palabras.

-¿Crees que él te curó realmente?

-A mí lo que me pasó fue una mezcla de ciencia y fe. Creo que me curaron la ciencia y la fe.

Sócrates estuvo en manos de varios Hernández. Las de Rubén Hernández, su cirujano oncólogo, un hombre de ciencia “que siempre me hablaba de porcentajes y probabilidades” y que en la consulta solo le daba 35% de probabilidades de no perder sus capacidades, “que era lo que más me atemorizaba”. También, de José Gregorio Hernández, el santo popular. Y de un tercer Hernández: Carlos Hernández, uno de los médicos de la radioterapia.

Si es verdad que los caminos de la divinidad son insondables, pues entonces los de José Gregorio Hernández se expresaron de muchas formas. Por ejemplo, Rubén Hernández decidió no irse por la vía radical, sino por cirugía, radioterapia, quimioterapia y la observación profunda. Resolvió teñir el tumor, procedimiento que le legó a Sócrates otro momento imborrable.

Miguel Issa sabía de Sócrates Serrano lo que puede conocer todo el mundo: que era actor de teatro y televisión, “un referente en la actuación” que entre otros roles desempeñó el de Carlos Gardel. Sus caminos se cruzaron cuando Issa estrenó Me llaman La Lupe, montaje que Sócrates confiesa “me voló los tapones”.

Miguel intuyó que algo pasaba con la salud del intérprete al leer los mensajes que le dejaban a Sócrates en el Instagram, pero la confirmación la tuvo cuando el actor lo abordó en La Caja de Fósforos y le planteó hacer algo con su experiencia.

La forma de trabajar de Miguel es como tener un lienzo en blanco que se permite ser pintado por el director. Para Sócrates fue lanzarse a un mundo desconocido que empezó a dibujarse en la pastelería Doris –en noviembre de 2018- con los diarios del escritor Rafael Castillo Zapata. “Sócrates, mira esto”, le solicitaba Miguel. También le entregó textos de Ramón Sampedro, el escritor español con tetraplejia que murió por suicidio asistido. “Abrimos un Pinterest que se llamaba Gregory, privado, al que le iba mandando fotos de lo que se me parecía el trabajo”, confía, para así “ir armando el imaginario visual”.

Miguel Issa, el coreógrafo, desmontó el trabajo corporal que traía Sócrates Serrano comoi un equipaje, su forma de estar en el escenario. “Él es un galán, bello. No es que lo iba a poner feo; lo quería poner bello de otra manera”, describe. “Le pedí que me contara cómo sentía en su cuerpo la ansiedad, la angustia, y me encargué de ir entretejiendo esas nuevas palabras corporales”.

“Gregory, canal de fe” se convirtió en un acto de amor entre ambos, que ambos mostraron en una presentación previa al estreno de la obra y que fue “como exponernos desnudos a las 12 del mediodía en la plaza Miranda”, ilustra Miguel. Hoy, afrontan el seguir trabajando juntos. Porque la obra es una pintura que siempre puede tener un nuevo trazo.