En los tres bloques de la Páez sigue brillando el sol de Catia La Mar, pero opacado por centenares de duelos. Germán Machado muestra la ventana de su apartamento en el bloque 1 mientras un gato negro con una herida en la pata maúlla en el que fue su hogar y José Pernalete ve cómo su vida entera se marchó en menos de dos minutos. En el bloque 2, Rodolfo Liendo enseña el que fuera el apartamento de su hermana, destrozado por los terremotos y, encima, saqueado. En el bloque 3, un pequeño altar creado en las ruinas -con fotos y flores- recuerda a algunas de las personas desaparecidas por el colapso de las letras A y B.
Los tres edificios serán demolidos. Es lo que han informado las autoridades. Quienes ocuparon los 450 apartamentos no ponen en discusión el dictamen. «Esto es insalvable», admite Machado. Pero esa certidumbre da pie a nuevas preocupaciones. ¿Qué pasará con las casitas de las veredas cuando ocurra la demolición? ¿Qué sucederá con los animales comunitarios, mayoritariamente gatos, al momento de la implosión (si se define ese sistema y no otro)?
Hay preguntas que todavía no tienen respuestas. La comunidad espera que se diluciden las opciones mientras trata de mantener una rutina en carpas. «Es un hacinamiento bárbaro y 24/7», señala Liendo. Rememora que las carpas se recibieron varias semanas después de los sismos; mientras llegaban, les tocó estar a la intemperie. Ya consiguieron organizarse, e incluso -gracias a la buena visión de Miriam, esposa de Liendo- construyeron un baño que emerge como un faro de dignidad en la incertidumbre: con su ducha, con su poceta y su limpieza.


En el estacionamiento del bloque 2 se instalaron 37 familias en una comunidad de carpas; más de la mitad son de esa estructura que hoy tiene etiqueta roja y de la que todavía hay habitantes sacando objetos. Como Pedro Pérez, quien este jueves a las 10:00 de la mañana esperaba que dos hombres bajaran algunos muebles de su hermana: una silla, una cama. Pérez asume la tarea de ayudarla, pero si empieza a hablar de los terremotos y de los familiares que perdió, se aparta para llorar.
Todo por consenso
Cuatro propuestas del Estado se han recibido en este lugar, detalla Liendo. La primera: que el Estado pague el alquiler de una vivienda (500 dólares) mientras definen qué hacer. La segunda: la compra de una vivienda mediante el crédito hipotecario. La tercera: compra en el mercado secundario mediante asignación directa de 30 mil dólares (pero en bolívares). La cuarta: esperar el estudio de factibilidad de suelos, que se haría una vez que concluyan la demolición y la remoción de escombros.
Las soluciones son individuales, aclara el vocero. «Nosotros tenemos un nieto de 11 años y no queremos que crezca aquí» en una carpa. «No hay opción de volver a los bloques, porque están inhabitables». A su juicio, lo más sensato sería que el Estado entregue asignaciones directas, pero en divisas, porque en bolívares no alcanza. También, el crédito hipotecario.
«No podemos decir que lo que hemos propuesto no nos han escuchado», afirma. «Hemos tenido comunicación con el secretario de gobierno», y además «las autoridades están claras de que no se hará nada si no es en consenso con la comunidad».
Quiere quedarse en La Guaira, pero su esposa no está de acuerdo. ¿Cómo va a querer marcharse si sus primeros años fueron en casa de su mamá, en el bloque 1, hasta que pasó a su apartamento en el bloque 2?
Entre gatos y béisbol
Dayerling Mujica vivía en el bloque 1 de la Páez. Hoy, se acomoda en otro espacio y sigue atendiendo a la manada felina que quedó a la deriva con los terremotos. Calcula que hay entre 150 y 200 gatos, entre comunitarios y abandonados. La angustian las demoliciones. «No queremos que se los lleven a refugios que ya están colapsados», precisa. Ha pedido que alguien los resguarde, ha solicitado apoyo con kennel, pero no es suficiente para tantos mininos. Por lo pronto, los alimenta y sigue pidiendo ayuda. Su teléfono: 04123899101.


Ni el descalabro que causaron los sismos desanimó a Luis González, instructor de béisbol: su trabajo era en la escuela de béisbol José Monzón, de Playa Grande, pero Playa Grande fue bombardeada por las ondas sísmicas. Este jueves, González se dedicó a entrenar a Lucas, un niño de ocho años animado por este deporte. Ambos se acompañan, ambos conversan, ambos juegan con el bate. Al instructor le inquieta que el derribo de los bloques traiga más desolación: espera las explicaciones de quienes van a ejecutar la demolición.


Un altar para quienes ya no están
El bloque 3 de la Páez fue escenario de una actividad febril tras los terremotos. La búsqueda de sobrevivientes, primero, y de cuerpos, después, se mantuvo de día y de noche. El fallecimiento de dos ucevistas entre cabillas y concreto movilizó a sus compañeros de la UCV. Sin embargo, este jueves reinaba el silencio. En un murito de escombros se instaló un pequeño altar con los nombres de las personas desaparecidas, ramos de flores, velas y objetos para recordar a quienes se marcharon súbitamente.


Varios árboles y otra tropa de gatos forman parte de esta comunidad. ¿Qué sucederá con ellos cuando se registren las demoliciones?
Germán Machado comenta que se cayeron las letras A y B del bloque 3; señala las casitas de los alrededores y confirma que de allí también se adueñó la muerte. El fin de estas estructuras de más de 60 años está cerca. Lo que viene después, el tiempo lo dirá.





