El temor que le quedaba por agitarse a Luisa Navarro se despertó el domingo en la noche, con las lluvias y tormentas que engalanaron el cielo; y la madrugada de este martes, con un nuevo terremoto de magnitud 4 que Funvisis registró a 10 kilómetros al noroeste de La Guaira y que movió camas y muebles. La angustia que ella ya había experimentado con los sismos del 24 de junio se revivió de nuevo, porque para su hogar significa mayor agrietamiento.


El 26 de julio, el ingeniero y profesor Sergio Silva, jefe del grupo de inspectores enviado por la UCV a Carayaca para evaluar los daños causados por los sismos del 24 de junio, estudió la situación de la comunidad El Cohete, formada por 11 casas al borde de la carretera Carayaca-Tarma. Su conclusión: hay un desplazamiento en masa que va empujando las viviendas. Por eso, decidió colocarles la etiqueta roja e insistir en que las autoridades deben darles una solución que no puede esperar. Son entre 60 y 70 personas las que hoy están en la incertidumbre.


Navarro es dirigente del Consejo Comunal El Cohete y de la comuna agroturística El Cohete en Revolución. Afirma que hay otras zonas de La Guaira en peor situación y con mayores necesidades, pero reitera que ellos se pueden convertir en una emergencia sin quererlo si los sismos o el agua empujan aún más la tierra. El terreno sobre el que se levantan es un relleno inestable que se transformó en una amenaza. La casa de una de sus hijas y la de su hijo se levantan debajo de la suya y tienen paredes con sus propias cicatrices. Han tratado de repararlas, pero la base es más terca y vuelve a moverse.


Ese 26 de julio el profesor Silva puso una cinta amarilla para indicar que, en la parte trasera del hogar, no se debe pasar, y que urge quitarle peso. Pero Navarro muestra que se sigue sentando a trabajar en esa zona, a pesar del riesgo que corre, porque es el sitio donde puede contemplar las nubes y el mar mientras escribe. «El hogar, para mí, es poder ver el mar», asevera esta mujer que ha empezado de casi cero varias veces.
Las grietas se han agrandado en las últimas tres semanas. Lo dice la familia, obligada a compartir sus noches con la rotura que dejaron en las paredes los terremotos y el movimiento de tierra. «Todos los días se está desplazando. Vivo aquí y sé que se está desplazando», remarca.


Las filtraciones los perjudican hace tiempo, como lo diagnosticó Silva durante su recorrido. Los terremotos del 24 de junio los golpearon. Las lluvias aumentan el riesgo. Y el nuevo sismo de las 3:07 am los alarmó aún más. «Ahora tengo los bolsos y los papeles armados: partida de nacimiento, cédula. Esto es por si hay que salir corriendo», describe Zulkary Aranda, una de sus hijas. Quiere estar preparada para cualquier contingencia.
El problema se repite en la zona. Un recorrido por la casa de Flor Mayora permite constatar que esa frase «mis dos cuartos se rajaron» es verdadera. «Se rajó y va para abajo», indica Mayora. No necesita ser ingeniera para entender que algo sucede, y que si no actúan, ese «algo» se incrementará. Vale, también, para la sala.


Luisa Navarro espera, en primer lugar, la visita de un ingeniero patólogo que haga la evaluación correspondiente, y de un geólogo que les informe cómo va el desplazamiento de tierra y si ese lugar al que se sienten tan conectados puede aguantar el tiempo o va a descender montaña abajo. «Falta el estudio de suelos para saber de dónde a dónde está el movimiento del terreno», precisa.
También necesitan carpas y colchonetas para dormir en los porches, y todo lo que pueda ser de utilidad para afrontar lo que venga. La lideresa quisiera que las 13 familias pudieran permanecer en Carayaca, y para lograrlo está buscando terrenos donde construir con el apoyo del Estado.





