La casa de Vicente Romero, en el sector El Añil de la carretera Carayaca-Tarma, alarmó de tal manera a los inspectores voluntarios de la UCV que decidieron ponerle la etiqueta roja. Romero, pensionado de 85 años de edad, dijo que intentaría hacer algunas reparaciones, y reiteró que no estaba dispuesto a irse a un refugio. Cuando los expertos se retiraron, se quedó mirando la calcomanía largamente.
De las 15 inspecciones post sismos realizadas este 25 de julio en Carayaca por el equipo de ingenieros dirigido por Pedro Durán, la de Romero fue la primera que culminó con una etiqueta roja; es decir, que quien resida en ese lugar está en riesgo de muerte. «¿Para dónde me voy?», preguntaba. «Tengo que buscar la forma de hacerlo yo mismo con la pensión y el bono de guerra».


Otra situación difícil enfrentaron Durán y su equipo -los estudiantes Jesús Ávila y Miguel Figueroa- cuando intentaban poner una etiqueta roja en casa de la señora Alida -también en San Judas Tadeo- debido al riesgo geológico en el borde perimetral: la señora Rosaura Alemán, jefa de calle, intervino para solicitar que le evaluaran su casa. De nada sirvió la promesa de acudir en un nuevo operativo, o de solicitar el apoyo de otro de los grupos de voluntarios. Los ánimos se caldearon, Durán le respondió «vamos a tu casa» y los tres inspectores subieron las escaleras hechas de tierra y cauchos hasta llegar al hogar de lata de Rosaura, su marido y su hijo pequeño.
El grupo de inspectores liderado por el arquitecto Charles Grillo, Gabriel Piñero y Christian Martini pudo concretar 11 inspecciones. La última fue en casa de Teófilo Alemán, dirigente de la comunidad, que reside con su familia (esposa y dos hijas) en un recinto levantado con láminas de zinc que se halla a más de 100 escaleras de la carretera. Grillo le pegó la etiqueta amarilla, porque los sismos no causaron mayor afectación, pero su hogar sería calcomanía roja si se midieran las condiciones socioeconómicas, los apremios, las carencias. Alemán es docente y comunicador social, y su prioridad es ayudar a los demás. «Ahora te toca recibir», le planteó el arquitecto.


Los viejos y nuevos terremotos
Veintiún ingenieros y arquitectos voluntarios y cuatro trabajadores sociales, todos coordinados por el profesor Sergio Silva (de la escuela de ingeniería civil de la UCV), salieron de Caracas el 24 de julio rumbo a Carayaca para inspeccionar más de 200 viviendas en un sector de La Guaira del que se habla poco o nada en relación con el movimiento telúrico. Silva se ha dedicado a formar el voluntariado para las inspecciones rápidas post sismo, y «la casa que vence las sombras» se comprometió a apoyar a las comunidades más alejadas de La Guaira, como Naiguatá y Carayaca.
Luego de la primera jornada del viernes con la comuna 28 de Julio, este sábado 25 de julio le tocó a la comuna Tirima Socialista, con 767 familias. Mayerling Esquea, lideresa de la sala de autogobierno comunal, montó una olla de sopa para atender a todo el voluntariado y organizó la jornada con el profesor Silva. Tres equipos se trasladaron hasta el sector de San Judas Tadeo, el de mayor vulnerabilidad. Otros se diseminaron por las cercanías de la sala de autogobierno. «La comunidad que no ha sido abordada ni por primera vez es la de San Judas Tadeo», indicó Mayerling, e instó a no dejarse llevar por las fachadas de los hogares.


La primera visita que hicieron Grillo y su equipo fue a la casa de Sandra Pereira, en El Añil. Allí viven seis personas en tres pisos, en lo que parece una construcción consolidada. «Estamos para aconsejar. Mi consejo es demoler esa parte que se desplazó», planteó el arquitecto. Sandra relató que esa casa es propia y que se la dejó su esposo: «Enviudé a los 29 años».
La primera inspección de Durán, Figueroa y Ávila se materializó en la vivienda de Andrés Mayora, albañil. La revisión se tradujo en una etiqueta verde. «Verde es bueno», celebró. La siguiente verde de este equipo fue en casa de la señora María Magdalena. No corrió con la misma suerte la residencia de la señora Baudilia Oropeza (80 años), a la que calificaron con etiqueta amarilla por la pared de su habitación. Ávila golpeó con el martillo esa pared que le quita el sueño. «Esta amarilla es porque tienes que hacer reparaciones moderadas», detalló Durán. Los ingenieros de este voluntariado actúan como consejeros y paños de lágrimas. «Es darle valor a la vida y valor a tu casa».


En estas visitas cada quien tiene una historia. Mateo Aponte les narró a los inspectores que en la zona de Caribe (después de Camurí Chico) se murió su hermano y una cuñada, y que solo lograron recuperar una cabeza y una mano. «Desde arriba rompimos platabanda por platabanda. Explotó la cocina y se quemaron». Como maestro de obras, Aponte dio su diagnóstico del por qué de algunos colapsos estructurales: «Las cabillas que tienen esas construcciones no son las adecuadas».
Otro habitante de este sector, Pablo Oropeza, no quiere acordarse del terremoto. «No quiero bajar. Me da nervios», aseveró. Su casa pasó el examen de Grillo y su equipo. «Es verde», concluyó. También lo aprobó la vivienda que ocupa Orialis Adrián con sus hijos. «La casa no se movió», aseguró la muchacha mientras cargaba a su bebé y cuidaba a otro hijo, un niño de menos de dos años.
La vivienda de Félix Albarráez, ubicada al lado, se ganó la etiqueta roja por encontrarse al lado de una quebrada, por problemas estructurales y por áreas inseguras. «Me han dicho que me vaya de aquí. ¿Para dónde me voy a ir?», se interroga. Es operado de riñón y una de sus hijas está damnificada en Las Tunitas. Está solo, y no tiene -según su visión- ninguna razón para salir de allí.
Teófilo, dar hasta lo que no tiene
Llevó a los ingenieros a inspeccionar todas las viviendas de El Añil que estaban en riesgo y no pidió nada para él. Charles Grillo le dijo que visitarían su casa, y comenzó a subir las primeras escaleras hechas por el consejo comunal, y el resto de camino de tierra. Finalmente, el grupo llegó al hogar que Teófilo Alemán levantó con lata y piso de tierra. Un sofá sostenido en bloques, recuerdos familiares pegados del zinc, como el recuerdo de bachiller de su hija mayor, Eleidi, la muchacha que hace animé; y el diploma de Britanny, su hija menor. La etiqueta amarilla le dejó las puertas abiertas a una vida mejor. Al menos, esa es la expectativa de Grillo.
Cuando ya no había más etiquetas, y Mayerling Esquea esperaba a todos los equipos para servirles la sopa con su comando de mujeres, todavía Pedro Durán se montó en una moto para revisar la casa de una señora que más temprano se lo había pedido. «Le di mi palabra», justificó. En esta jornada el tiempo no alcanzó para tantas emergencias: las de antes y las de ahora.





