El rescatista panameño que vino a La Guaira a salvar vidas y asegura que a veces “no entiende los designios de Dios”

José Gregorio Yépez

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No es experto en café. Sabe de salvar vidas.

Es la mañana del 30 de junio el sol es abrasador en La Guaira.

En el aire flota una especie de tristeza mezclada con esperanza.

En donde antes había unas torres de la Misión Vivienda hoy solo hay escombros. Están rodeados de lo que parecen los esqueletos de edificios muy grandes, similares a los caídos, que solo sirven de referencia para ver el tamaño de la tragedia y el desastre.

Allí está él con aspecto malencarado. Serio, con su vestimenta de trabajo, un tapaboca, casco, luces, lentes. Está al frente de cuatro hombres que forman parte de su brigada. Él se llama Juan Valdez y viene de Panamá.

“¡Silenciooooo!” se escucha a lo lejos y quien grita explica con un megáfono: “¡No se muevan! ¡Vamos a colocar un dispositivo para ver si detectamos víctimas debajo de los escombros!”.

Se levantan las manos y se cierran los puños: es señal de que pasa algo y en este caso es la solicitud de silencio.

A él le suena el radio que carga y atiende rápido y explica que no puede hablar. Cierra el canal de comunicación.

Transcurren unos minutos. Ya la gente habla en voz baja acercándose al oído de su interlocutor.

Una señora morena de contextura fuerte, una típica mujer de nuestras costas del Caribe y con voz suave pero firme le pregunta: “Ustedes están trabajando en este edificio”.

Miro alrededor y me doy cuenta que estoy en medio de los escombros y loque la señora llama edificio es un amasijo de concreto, cabillas, marcos de puertas.

La rudeza del rostro de Juan Valdez, cambia parece otro cuando mira a los ojos a la señora y le responde también en voz baja: “Nosotros vamos hacia allá. Nos toca el trabajo en aquella parte”.

La señora insiste: “¿Y no sabe si van a trabajar aquí?”

Con la sutileza de quien ha visto de cerca mucha desgracia junta y sabe reconocer el dolor en la gente le dice: “Vamos hacia aquella parte a ayudar. A eso vinimos”.

La voz de la señora se quiebra: “¡Es que mi mamá vivía aquí!”

La señora le toma las manos para apoyarse y Juan con un tono de voz firme, pero que se deslizaba como un plumero sobre los cristales de una joyería le dice: “Nosotros tratamos de salvar vidas y vamos a tratar de llegar a las personas que todavía podemos rescatar”.

En medio de un llanto aguantado la señora le dice: “Es verdad. Mamá ya no está, lo sé, pero quiero ver su cuerpo y enterrarlo”.

“A veces hay que aceptar los designios de Dios, aunque no los entendamos” le responde el bombero panameño.

“¡Liiiiistoooo!”, se oye la voz del megáfono: “¡Ya podemos seguir!”.

La señora se va.

Vuelve la rudeza al rostro de Juan y grita: “¡Tráete a Jou!”, y un perro ladra a lo lejos.

Mientras espera a sus compañero lo abordo.

-¿Cómo se llama amigo?

– Juan. Juan Valdez.

-Cómo el café colombiano.

-Pero no lo soy. Si fuera el dueño tendría a mis cuadrillas aquí.

-¿De dónde son? Cuando llegaron?

-Hace cuatro días. Somos panameños.

-¿Han logrado encontrar a alguien con vida?

-No. Ninguno y eso es muy triste.

-¿Y a cuántos muertos?

Por primera vez se le nota conmovido. Dice con voz queda: “A demasiados para mi gusto”.

Toma una de las botellas de agua que le ofrecí porque cargo una caja y ando repartiendo en “esa zona cero” del sector Caribe de La Guaira.

Llegan sus compañeros. Se me acerca, me toca el hombro y me dice: “Vinimos a salvar vidas y a veces no entendemos los designios de Dios”.

Allá siguió con su equipo trepando la montaña de escombros al lado de Jou, el perro mestizo que lo ayuda en las labores de rescate lejos del istmo que los vio nacer.

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