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martes, 03 febrero, 2026
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Así viví el ataque del #3Ene: «El siguiente misil cae aquí, voy a morir hoy»

Por dos horas escuché los aviones, sin saber que pasaba ni a que le estaban dando, pero sabía que era lo que estaba viviendo

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Desde hace un mes, el venezolano vive en dos tiempos: antes y después del tres de enero. A medida que ha pasado el tiempo y hemos regresado a cierta “normalidad” me he ido reencontrando con personas que no veía desde el año pasado. Todas preguntan lo mismo: ¿Cómo fue? ¿En dónde te agarró?


De todos los relatos que me han contado, una de las cosas más repetidas es que mucha gente pensó que los misiles eran fuegos artificiales. Quizás como parte de la negación. Yo no, yo supe exactamente lo que era. El destello en mi ventana, el sonido agudo antes del desastre, el retumbar del suelo ante la destrucción. Dos golpes contundentes me levantaron de la cama ipso facto. Yo siempre supe que esto iba a pasar. Jamás tuve duda.


En el pasillo encontré a mi papá. Lo abracé. Más bien, me aferré. Me arrojó al suelo junto él mientras me cubría la cabeza. Lloré en sus brazos, como llora un niño cuando se raspa la rodilla y busca consuelo. ¿PAPÁ QUÉ ESTÁ PASANDO? ¿PAPÁ, QUÉ ES ESTO? «Tranquila, mi amor, tranquila…«. De repente, dos misiles más. Ahí los pude escuchar bien, 100% despierta. No es como nada que hubiese escuchado en mi vida. De repente… Calma.


Bajamos corriendo al garaje. Mis padres, mi hermana de doce años y yo. Nos acurrucamos los cuatro en una esquina y entonces los pudimos oír. Los aviones fueron la peor parte. En ese momento ya no estaba llorando, pero cada vez que sentía que volaban más bajo, mi cuerpo temblaba. Por primera vez en la vida mi hermana estaba sin palabras. Escuché a mi madre rezar un ave maría. Y yo, que la religión no llena ningún espacio de mi vida, me sentí a merced de los que en ese momento habían llegado. Durante esas dos horas en la que no sabíamos bien lo que estaba pasando, ni cuál era el objetivo del bombardeo, mi único pensamiento fue: “El siguiente misil cae aquí, voy a morir hoy”.


Pensé los peores escenarios posibles, escuchando el sonido de las metralletas a lo lejos; después me enteré que era Fuerte Tiuna. Pensé en Gaza y me sentí tan molesta. Me preguntaba: ¿Porqué tuvimos que llegar a esto? Estaba aterrada, porque he leído suficiente como para saber que esto no es bueno. Independientemente de cómo resultara.


Cuando el olor a quemado nos llega y los aviones se escuchan un poco más lejos, salimos del escondite. Decidimos no usar los teléfonos. Prendemos la radio. Nada. Mi papá llamó a mi tía por el teléfono fijo, ella sí lo vio todo desde su casa. Hasta el día de hoy no lo ha olvidado.


Es difícil para mí recordar el orden de los acontecimientos. Fue intenso. Pero lo que sí recuerdo es que me acerqué al nacimiento, donde el niño Jesús yacía entre San José y la Virgen envuelto en una Kufiya, un pañuelo tradicional palestino. Símbolo de su resistencia. Yo misma lo arropé, el día de Navidad. El pañuelo lo había traído de un viaje. Una mujer que conocí en la calle me lo regaló, como acto de solidaridad. No pedí su contacto, no la volví a ver, pero recordé lo que me había dicho: “Espero que todo mejore para ustedes”.


A pesar de las distancias, los pueblos del sur global tenemos algo en común: Sabemos lo que es ser aplastados. Desenvolví a Jesús y me puse el pañuelo encima. Salí al patio y me senté en una silla de plástico junto a papá. Esa noche el perro del vecino no ladró, como siempre lo hacía, pero la luna salió.


Cada vez que alguien me pregunta como lo viví yo, suelo responder: “Estaba en la casa. Sonó durísimo”, hago chistes y cambio de tema. Casi nunca digo que esa madrugada enfrenté mi peor miedo, desde que entiendo cómo funciona el mundo. Que más tarde ese día, lloré en las faldas de mi abuela, sintiendo que me habían dado en algún lugar de las entrañas, pero sin saber exactamente dónde. Que esa noche tuve mucho miedo de morir, y al mismo tiempo de vivir en una situación como esta.


No he dormido desde entonces, y cada vez que cierro los ojos escucho aviones. Abrazo a cada uno de mis seres queridos como si fuera la última vez que los voy a ver y siento, muy en el fondo, que esto no ha terminado y que está lejos de terminar. Cuando estoy completamente sola, me angustia pensar que este es el país que le dejamos a mi hermana. El país en el que decidí quedarme, el que he vivido con mucha angustia.

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