El año recién empezaba y ya estábamos en pleno fin de semana. No estaba en mis planes tomar el 2 de enero, pero surgió la posibilidad, salí y la tomé. Regresé a casa cerca de las 10 y media de la noche. Producto de las birras, que ya me habían pegado en el ‘coco’, decidí acostarme más temprano de lo usual un viernes en el que al día siguiente no tenía nada que hacer. Ya estaba entrando al sueño profundo cuando mi hermano, con voz nerviosa comienza a llamarme: «¡Kerlin!», exclamó repetidas veces hasta que logré tomar conciencia de que me estaba llamando.
Entre medio dormido y medio despierto, pensaba que me estaba llamando porque quizás había una desagradable cucaracha merodeando los alrededores de la cama. En ese momento mi mamá entra al cuarto y mi hermano dice que se escuchó una explosión y el estruendo sacudió las ventanas. Yo seguía sin entender nada, intentando asimilar para que me despertaron.
Una vez que caigo en cuenta detallo que se escuchan bastante fuerte unos helicópteros y a los segundos: ¡Boom! Otra explosión, la segunda que escuchaba mi hermano y la primera que yo escuché. Fue en ese momento cuando entendí que estaba pasando algo serio. Comienzo a revisar mi celular y en efecto. Varios mensajes de compañeros de trabajo y de mis mejores amigos confirmaban que estábamos en presencia de una situación irregular dentro del país.
Por mi mente lo primero que pasó fue: «¡Verga! ¿Será un golpe de Estado?». Pasados varios minutos me levanté hacia la computadora para monitorear lo que pasaba en redes sociales, ya que los canales nacionales no tenían nada. Comenzaron a salir varios videos de lugares bombardeados y fue en ese momento cuando consideré que tal vez sí habían sido los gringos.
Rumores y más videos alimentaban la incertidumbre y pasadas las 3 o 4 de la mañana salió el primer comunicado del Gobierno, sin membrete y con una foto de su momento de redacción, que aseguraba que Estados Unidos realizó una operación militar en el país. Ya para ese momento no se escuchaban helicópteros sobre el cielo de mi espacio caraqueño.
Con la confirmación del ataque estadounidense a objetivos militares, continué monitoreando la situación un rato más y al no notar más novedades, decidí volver a la cama porque el cansancio y el sueño hacían mella, esto pasadas las 5 y media de la madrugada. Volví a acostarme y me levanté nuevamente pasadas las 9 de la mañana, fue difícil conciliar el sueño ante tal situación.
Al revisar mi teléfono lo primero que veo es que: «Donald Trump confirma la captura de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores». Noticia que salió unos minutos después de yo haberme ido a acostar. Totalmente incrédulo ante lo que pasaba, mi día sábado fue pegado a las redes sociales y a las noticias para ver, tratar de entender y asimilar lo que pasaba, y apoyar a mis compañeros de trabajo, porque ese día cambió la historia de este país para siempre y como periodistas, nuestro deber era registrarlo.
En las calles de La Candelaria reinaba el silencio.
De mi casa nadie salió a la calle a nada, pero ya veíamos que en varios lugares se hacían largas colas para abastecer de comida sus respectivos hogares. Si los comienzos de año son lentos para la actividad económica, con estos bombardeos, el comienzo sería aún más lento.
El 3 de enero ya es uno de los capítulos más surreales de la historia del país.
Nos dejó un presidente preso, la asunción de la primera presidenta de Venezuela, una Fuerza Armada que no fue capaz de dar respuesta defensiva, el inicio de nuevas relaciones diplomáticas con Estados Unidos y el recuerdo de una agresión sin precedentes sobre un país no bélico, pero que abrió la esperanza para una nueva etapa.






