La madrugada del 3 de enero estaba viendo una serie y finalmente me dormí como a la 1:30 am, la serie con la que me dormí en la cabeza tenía ruidos extraños y escuché los ruidos y pensé que estaba soñando.
Mi hermana fue hasta el cuarto y dijo: «Está pasando algo…». En ese momento no teníamos ni idea de qué era. Solo escuchábamos ruidos extraños. Acto seguido revisé mi teléfono y sí, efectivamente, estaba pasando algo.
Empezaron a llamar más familiares, pero seguía sin entender exactamente qué estaba pasando. Revise el grupo del trabajo y ya entendí un poco más todo: Nos estaban bombardeando. En mi cabeza esto era una locura, nunca pensé que pasaría.
Mi hermana que estaba en el 23 de enero lo confirmó y una amiga en Higuerote dijo lo mismo. El miedo se apoderó de mí. Me sentía extraña, ansiosa. Mi mamá entró en una crisis muy fuerte, las noticias no paraban de llegar.
Los mensajes del grupo del trabajo llegaban tan rápido que algunos eran imposibles leerlos, la incertidumbre y un silencio extraño se apoderaron del país, de Caracas sobre todo. Los mensajes para preguntar: ¿Cómo están? ¿Saben qué está pasando? llovían de familiares y amigos.
Prendí mi laptop y de una me fui a X (Twitter) pensé que era la red social donde podía conseguir más información. Mi hermana y yo nos comunicamos con susurros o por WhatsApp (estábamos en la misma casa), pero la crisis de mi mamá no nos permitía hablar del tema como queríamos, ella estaba nerviosa.
Finalmente se confirmó que en el bombardeo se habían llevado a Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores.
Yo, la verdad, no lo creía. Me parecía surrealista aunque muchas cosas indicaban que pasaría. Los Estados Unidos habían desplegado su flota en el Caribe hace meses, pero es algo impactante y algo histórico.
Vivir esto es algo que nunca olvidaremos.
Sigo hablando con mis familiares, mis compañeros de trabajo y mis amigos del tema y siempre surgen nuevos detalles.






