Para varias generaciones, incluida la nuestra, Mario Moreno fue una referencia del humor sencillo y simple, con un humor casi que infantil hacia los chistes de lo obvio que era imposible de condenar por los más severos regidores de aquella época en que éramos niños.

El padrecito, fue una película que marcó un hito dentro de esta idea. Terminaron el rector, el prefecto de disciplina, teólogos y estudiantes de filosofía del seminario, asistiendo y disfrutando juntos en el cine de Táriba, de las ocurrencias, de las situaciones jocosas y serías de aquella película que vimos en los años sesenta.

En la actividad de trabajo en Ciudad de México, donde estamos cerca de cumplir dos años, pudimos conocer, al hacer la visita de cortesía al Embajador de Irán, en la Avenida Reforma, la que fue una casa de Mario Moreno y ahora es residencia del representante diplomático de ese país.

El recuerdo viene al caso por la enseñanza que nos dejaron aquellas situaciones vistas para nuestro aprendizaje de vida. Entre la alegría y las diversas situaciones que presenta Cantinflas, uno piensa en un ser humano, predicador y practicante de lo de lo obvio, de lo lógico, de lo diario nuestro, dispuesto para mostrar el cauce de lo vivible en paz y de sacudir las “normas” hechas para y por intereses que solamente afectan a la gente en su vida necesariamente sencilla, a fluir con la verdad diaria.

Por eso Samuel Robinson en Simón Rodríguez. Su sentencia de leída “quise convertir la vida en un paraíso para todos y la he convertido en un infierno para mí”. Las escenas de tristeza y soledad, que describe Galeano, Rodríguez con Manuelita Sáenz en Amotape, que sentimos en la lectura de memorias de fuego, en el capítulo de “juntos los dos”.

Pienso que Cantinflas y Simón Rodríguez, en su tiempo, son Quijotes de la vida diaria. Oír, disfrutar, pero sobre todo vivenciar aquellas enseñanzas, dichas como chistes, que de seguro lo hacía también Rodríguez, se convierte en la sencilla revolución diaria que debemos practicar para ser un poco seres humanos en la vida diaria.

Exigirnos mucho, juntar la palabra con lo que hacemos, luchar a diario con nuestro lastre de egoísmo y de ambición, de personalismo, para sencillamente servir con alegría en el espacio donde estamos. Esa es la revolución en nuestra casa, en nuestro trabajo, en nuestras relaciones de cada momento.

Es precisamente un poco de ese humor y lucha diaria lo que nos corresponde hacer. Lo que tratamos de hacer en la misión que nos ha correspondido en la tarea con nuestros diplomáticos en México, hacer que nuestra gente, de todas las ideas y de todas las creencias se sienta en su casa y perciba que les atendemos sin distintos, que buscamos la forma de resolverles sus requerimientos. Con la alegría ya de Cantinflas y con la inventiva de Simón Rodríguez, que debió ser muy alegre también.