Un centro de interés y respeto para todos los ciudadanos, sin distinción, que es ahora tan necesario en las dificultades que vive nuestra patria para construir y tenemos precisamente con un reconocimiento claro del Vaticano. Un ejemplo de vida, de ideales, de objetivos claros. Lo convocábamos en nuestras casas, en las más difíciles situaciones, le pedimos sin distingo en todos los rincones de Venezuela. El Beato, recién consagrado por la Iglesia Católica, José Gregorio Hernández.

De cualquier modo, con nuestras madres y abuelas hemos oído de él.  Desde niños o con nuestros hijos, viajamos alguna vez a Isnotú, su pueblo natal o al popular barrio de La Candelaria. Por miles, hemos visto las figuritas, cuadros y fotos que hablan de “favores recibidos”. Muchos de nosotros le hemos pedido su intermediación en situaciones difíciles o hemos escuchado de milagros hechos por su intercesión.

Hemos oído repetida la voz: “a mí me operó José Gregorio”. “Yo vi que entró en mi cuarto del hospital un señor de sombrero y bata blanca, José Gregorio me curó”. La fe sencilla y valiosa de nuestro pueblo, la esperanza que no se doblega del venezolano, se amarra al primer beato del país.

El milagro de la unidad de los connacionales, del respeto en las diferencias, y la alegría que es propia de nuestro pueblo caribe, ha de ser sin duda la petición que debe llevar ante Dios el beato venezolano.

Muchos nos animamos del diálogo fresco en Miraflores entre el Nuncio del Vaticano en Venezuela, Monseñor Aldo Giordano, el Cardenal Baltazar Porras y el Presidente Nicolás Maduro. Sin duda auspicioso, esperanzador para los que nos asumimos como militantes de la iglesia católica y somos parte del gobierno y respetuosos de la institucionalidad nacional.

El presidente habló con absoluta franqueza frente a los pastores de la “voluntad de perdonarnos”. Quiera Dios que quienes están ahora mismo jugando irresponsablemente a reproducir la tragedia de destrucción de Libia en Venezuela, con las alianzas más tenebrosas y riesgos para todos, oigan a la iglesia y asuman perdonar y perdonarse, pero dejar de inmediato esas actitudes contrarias a la Paz que nos llaman el Papa Francisco y José Gregorio y esperan de nosotros, los humanos de bien.

Si nos ayuda José Gregorio para ahuyentar el odio y la violencia de nuestros corazones, para seguir los caminos pacíficos establecidos en la solución de nuestras diferencias, de integrarnos para levantarnos, el papel del gobierno y la tarea de la Iglesia se hará mejor en beneficio de todos sin distinción.

Los minutos que dedicó el Sumo Pontífice a José Gregorio y a nuestra patria fueron gratificantes y llenos de sabiduría. Sólo nosotros, los venezolanos, sin intervención ni presión extranjera, podemos resolver las diferencias y echar a andar en beneficio de todas las potencialidades materiales, espirituales, intelectuales de nuestra patria.

Las palabras del presidente en el encuentro con la jefatura católica, destacando su coincidencia con el papa sobre el llamado a la reunificación nacional, el reencuentro para que Venezuela renazca, son un compromiso por el bien de quienes vivimos en la tierra bendita de José Gregorio, el médico de los pobres, y la madre de Venezuela, la Virgen de Coromoto. El milagro de la paz, la convivencia y el crecimiento económico con el esfuerzo conjunto de todos nosotros.

fariascardenas@gmail.com