La primera explosión se produjo antes de las 2:00 am del 3 de enero; se fue la luz en zonas de Caracas. Algunos caraqueños pensaron que se trataba, todavía, de las fiestas de Año Nuevo. Otros exclamaron «nos invadieron» y abandonaron la cama a toda carrera. Soldados de élite de Estados Unidos (EEUU) bombardearon varios puntos de Caracas y se llevaron por la fuerza al mandatario Nicolás Maduro y a su esposa, la diputada Cilia Flores. «Nunca olvidaré ese sonido en mi vida», afirma un residente próximo a la base militar de La Carlota, al describir el zumbido de las armas.
En un país polarizado, lo sucedido generó reacciones encontradas: hubo celebraciones y brindis, como cuentan que ocurrió en un club en La Guaira; hubo lágrimas, pesar y oraciones, como las de una maestra que ha militado en el chavismo durante años; hubo estupor y desconcierto. El luto ensombreció más de 130 hogares (incluidas las familias de 32 agentes de seguridad de Cuba que estaban a cargo de la seguridad de Maduro).
Después se supo que EEUU había utilizado armas como el descombobulador, que afectó físicamente a los soldados, desconectó las comunicaciones y paralizó la defensa militar de la nación.
«La República Bolivariana de Venezuela rechaza, repudia y denuncia ante la comunidad internacional la gravísima agresión militar perpetrada por el Gobierno actual de los Estados Unidos de América contra territorio y población venezolanos en las localidades civiles y militares de la ciudad de Caracas, capital de la República, y los estados Miranda, Aragua y La Guaira», protestó el ejecutivo venezolano. El gobierno decretó el estado de conmoción, con un conjunto de implicaciones para la vida civil.
El presidente de EEUU, Donald Trump, compareció ante los medios de comunicación horas después de los ataques y lanzó otras «bombas»; esta vez, políticas. «No queremos que nadie más tome el poder […] Así que vamos a gobernar el país hasta que podamos llevar a cabo una transición segura, adecuada y sensata», indicó Trump, según El País de España. El mandatario también descartó el rol de María Corina Machado para esta coyuntura: «No tiene el apoyo [suficiente] dentro del país, no tiene el respeto dentro del país».
Lo que nadie puso en duda es que el país se encaminaba a una situación distinta ante la ausencia de Maduro y de Flores.
Un mes como una década
El despliegue militar estadounidense en el mar Caribe que comenzó en septiembre pasado costó más de 100 vidas e implicó la voladura de más de 30 lanchas con el pretexto de la lucha contra el narcotráfico. Parecía el preludio de una acción mayor en Venezuela, que algunos nunca vieron como una posibilidad y otros sí la incluyeron en el horizonte.
La madrugada del 3 de enero «pasa a la historia con un acontecimiento lleno de dolor y muerte, y también deberá ser entendido ‘más temprano que tarde’ con la demolición de un conjunto de mitos con los cuales se viene construyendo la identidad nacional del venezolano», reflexiona Armiche Padrón, profesor de sociología en la UDO-Sucre y dirigente del PCV-Dignidad.
Enero ha sido un mes largo para las venezolanas y los venezolanos. Un dictamen del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) encomendó a Delcy Rodríguez, vicepresidenta ejecutiva, asumir la presidencia encargada de la República. El país comenzó a recibir recursos por la venta de petróleo, que -de acuerdo con la información oficial- han sido inyectados a la economía.
En su mensaje a la nación, Rodríguez solicitó a la Asamblea Nacional aprobar una reforma de la Ley Orgánica de Hidrocarburos y propuso otras normas, como un texto legal que simplifique los trámites. La reforma fue aprobada.
El pasado viernes 30 de enero, durante la apertura del año judicial 2026, la presidenta encargada anunció una amnistía general para todos los delitos vinculados con el conflicto político desde 1999. Y dijo más: el cierre del Helicoide, la cárcel denunciada como centro de tratos crueles, inhumanos y degradantes.
Decisiones veloces
De no haber sido por el 3 de enero «nada de esto estuviera ocurriendo, o por lo menos, no con estas características», subraya Roberto Marrero, ex preso político y dirigente en el exilio. «Ahora el Helicoide lo van a cerrar, tenemos una representante de Estados Unidos; un director de la CIA se reunió con Delcy Rodríguez y con el jefe de inteligencia de Venezuela y se fue sin problemas».
Eso habría sido impensable antes del 3 de enero, estima Marrero al ser consultado por contrapunto.com. Incluso, considera que hay «subordinación al poderío militar de Estados Unidos» y la califica como absoluta. «Lo paradójico es que todo el mundo está contento por eso, no ves a las personas molestas».
Para Gloria Pinho, abogada y excandidata a la elección primaria que celebró la oposición en 2023, «lo más notorio ha sido la velocidad de las decisiones. En apenas un mes hemos visto liberaciones y, sobre todo, ya está sobre la mesa la Ley de Amnistía que tanto he venido solicitando. Pero esto nos lleva a una interrogante obligada, sin ánimos de confrontar, sino de entender: ¿Por qué ahora sí son posibles estos avances y antes no?».
Pinho recuerda que, durante años, «se nos dijo que las sanciones eran el muro que nos tenía estancados, pero hoy vemos que, aun en este contexto tan complejo, se están dando pasos. Entonces, ¿realmente eran las sanciones el único obstáculo o faltaba voluntad política? Es una reflexión que nos debemos todos».
Algo, a juicio de Padrón, «se niega a morir. Y no nos referimos a las vacías consignas antimperialistas en medio de rumbas o «cadenas de oración» multireligiosas. Nos referimos al Estado Gomecista. Ese que se formó a principios del siglo XX encriptando con grilletes el andar de los trabajadores venezolanos, y por otro lado desarrolló una ponzoña que se insertaba en la Renta Petrolera para vivir de ella a pleno pulmón. Un Estado que nació bajo la necesaria represión política y social para «estabilizar» una sociedad que debía abocarse a extraer petróleo y dejarse de pensar en otra cosa».
Amnistía y otros cambios
Marrero explica que, según lo que ha visto, «la gente lo que quiere es venganza, quiere que paguen». Reporta que ha encontrado más resistencia a la amnistía «en la gente opositora que en el propio madurismo».
Como ex preso político, reafirma su acuerdo con la amnistía: «Yo sí creo que hay que avanzar, y en todo caso, habría que haberlo pensado mejor. Pero ha cambiado todo mucho. Sin esa acción militar no habría ocurrido nada».
Para Padrón, las expectativas que se generan alrededor de la ley de amnistía «solo pueden ser consideradas como fantasiosas y de corto aliento», por «la naturaleza del sistema capitalista y sus necesidades inmediatas y la vigencia de una cultura soberbia».
Pinho, quien celebra la reapertura de la Embajada de EEUU en Caracas, propone analizar el nuevo camino: «Más allá de analizar la acción militar en sí, hay que ver la ventana de oportunidad que se abrió. Pero quiero ser muy clara y tajante en esto: ningún cambio será sostenible sin la reestructuración inmediata del Poder Judicial. Sin eso, el país no avanza. Podemos tener amnistías y acuerdos económicos, pero si no hay seguridad jurídica, todo va a generar desconfianza. La justicia debe dejar de ser un instrumento político para convertirse en la garantía de que estos cambios sean reales para todos, sin distinción de colores».






