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domingo, 30 marzo, 2025
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Un cura de barrio lucha contra el hambre en Plan de Manzano y confirma por qué apoyar a las misiones es invertir en la gente

Texto, foto y videos: Vanessa Davies

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El padre Jean Carlos López es profeta en esta tierra de pobres. El párroco de Santo Cristo de Plan de Manzano dirige, con el dinero recogido gracias a las Obras Misionales Pontificias, un comedor que garantiza tres comidas a la semana para 50 a 60 personas. Este domingo 23 de octubre es el Domund, la jornada de recolección que garantiza la continuidad de estas obras sociales. El padre Ricardo Guiļlén, director de las OMP, destaca su importancia

En una misma sala de la parroquia Santo Cristo de Plan de Manzano se alimentan el espíritu y la carne: El templo de la tarde es el comedor al mediodía. La mesa en la que el padre Jean Carlos López oficia las misas a las 5:30 p.m. es la base sobre la que se colocan las ollas de la alegría tres mediodías a la semana (de martes a jueves).

López, un cura de barrio que nació en Carabobo y que se hizo sacerdote hace ocho años, es el rostro de los misioneros que optaron por los miles de Jesucristos sembrados en Venezuela.

Aterrizó en Plan de Manzano en 2017, después de haber pasado por El Junquito y por la Iglesia el Carmen de la avenida Sucre. A los pocos meses decidió lanzar las ollas solidarias «por la necesidad de la zona», e iniciarse con 40 litros de sopa una vez a la semana. El programa creció, y con el respaldo de un amigo sacerdote radicado en Alemania pudo garantizar «la proteína».

Los días amanecen temprano para este hombre que se ata al mástil de la oración. En la mañana el padre empuña el pico y la pala, cerca del mediodía ayuda a servir la comida en los envases, en la tarde se dedica a las tantas tareas que hay en una comunidad absolutamente empobrecida. Este espacio en el que -como lo aseguran las voluntarias- el alimento siempre alcanza, pertenece a las Obras Misionales Pontificias de Venezuela. Anteriormente existió un centro de salud; hoy los locales son usados para asuntos pastorales.

Este domingo 23 de octubre se realiza el Domund (domingo mundial de las misiones), y el dinero que se recoja en todo el planeta ayudará a que este espacio de Plan de Manzano siga siendo un punto en el mapa de la fe universal. El padre Ricardo Guillén, director de la OMP Venezuela, destaca que recursos de todo el mundo han hecho posible el sostenimiento de los comedores, e incluso, soñar con hacer más.

Para llegar a la parroquia hay que avanzar por la carretera vieja Caracas-La Guaira, observar cómo la gente camina de un lado a otro en busca de agua, ver pasar caucheras improvisadas en los recodos de la vía.

Un equipo de las Obras Misionales acompaña a contrapunto.com a una visita al comedor, y el GPS no apunta al lugar. El otro GPS, un vecino que camina por el barrio, es la mejor guía.

Después de abrir el portón negro perros y gatos dan testimonio, con sus costillas salidas y las tetas colgantes en el caso de las perras, de la depauperación de esta zona.

En el viaje es Magdalena Ilija, administradora de las Obras Misionales, la que relata que en todo el país mantienen 34 comedores en los que son atendidos 6 mil niños y niñas de cinco a 10 años de edad. Estos comedores -que funcionan en la casa parroquial o en algún colegio que trabaje con la parroquia- comenzaron a operar como tales hace unos seis años, cuando la miseria hincó sus dientes con más fuerza. La inversión por comida al día es de 1,50 dólares. Con lo que tienen, puntualiza, intentan que el almuerzo sea bañanceado: proteína, carbohidratos y algún vegetal.

En Plan de Manzano lo que comenzó como una olla solidaria se transformó hace un año en un comedor que atiende a quienes se encuentran en peor condición nutricional.

El padre explica que tienen espacio suficiente para que el comedor funcione como tal, pero por el temor a la pandemia han preferido que los beneficiarios busquen el alimento y se retiren.

Esta obra misionera es la palabra de dios para 50 a 60 familias.

Un médico se encarga de pesar y medir a las niñas y los niños, para identificar a los que están en mayor vulnerabilidad e incorporarlos a la entrega del almuerzo.

El padre de barrio quiere atender a por lo menos 110 niñas y niños. Para eso «se necesitaría un poco más de recursos», detalla.

El Domund es importantísimo para poder sostener lo que se hace y crecer aún más. El comedor es un muro de contención que le planta cara a la pobreza, y los recursos que se recauden permitirán darle más fuerza a la labor.

Cerca de 10 voluntarias se encargan de cocinar y de ponerle sazón a lo que el padre Jean Carlos compra en el mercado de Coche y en Tazón. Entre ollas de arroz y lentejas Belkis Fórnica, Yudeima Cáceres y Rosa Rivas agregan un ingrediente fundamental: la sonrisa.

Las ollas se llevan al templo, doblemente bendecido con la palabra y con las calorías. Belkis, Yudeima y Rosa cocinaron este jueves arroz blanco, lentejas y plátanos.

Madre soltera de cuatro hijos, Cemadad Yépez solo pronuncia palabras como agradecida, gracias, agradecimiento para referirse al comedor. Es de Plan de Manzano, al igual que sus pequeños. Endy Abraham, de seis años, es uno de sus niños, y dice -sin dudarlo- que le gusta todo lo que le dan.

«Esto es mucho para nosotros», afirma María, pensionada de 66 años. Vive «de la pensioncita» y se ayuda como puede. Por lo menos come tres de los siete días. Los otro cuatro «recurro a lo que haya, y si se puede, se puede, y si no se puede, nada. Me he quedado sin comer, pero uno resiste».

Bajo la cruz ocurre uno de los milagros: hacer que el hambre retroceda. Poco a mucho, es una derrota que el padre, que las obras misionales, logran infligirle.

Por eso el Domund es determinante: porque de las colectas depende que más estómagos se sacien. Pronto abrirá sus puertas un comedor en Casalta, en el que esperan poder ayudar a 200 niñas y niños. Pequeñas como Keisy, de nueve años de edad, que busca la ración para ella y para su hermano. Keisy estaba este jueves con su vianda, y no en el salón de clases en sus clases de quinto grado, porque la maestra no fue al colegio.

Como administradora, Ilija pone los números: un comedor como el que dirige el padre Jean Carlos López necesita no menos de 12 mil dólares al año para entregar una comida tres veces por semana. El heroísmo de este sacerdote no tiene precio.

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