Olvídense del tango que Gardel murió. En América Latina, el futuro político electoral estará debatido de ahora en adelante por un nuevo bipartidismo, que ya no se distingue entre liberales y conservadores, no, en lo sucesivo, las dos fuerzas políticas en disputa serán derecha e izquierda.

Los liberales y conservadores deberán amalgamarse en sus coincidencias y hacer a un lado sus diferencias para hacerle frente al auge de la izquierda en la región. Un auge que lleva las dos décadas del siglo XXI consolidándose y que, al menos que las desigualdades y las injusticias sociales no disminuyan, resulta difícil que termine.

La izquierda lleva la bandera de las reivindicaciones sociales y la derecha la del desarrollo económico. Ambas no debieran negarse, pero se empeñan en eso. Para los candidatos de la izquierda los números solo sirven si están al servicio de la gente, y para los opuestos la gente debe trabajar en función de las cifras. Ambos tienen un poco de razón y ambos tienen un poco de culpa.

Pueblos vs cifras
Los recientes resultados de las elecciones en Perú constituyen una muestra fehaciente de la polarización latinoamericana entre dos corrientes ideológicas que quizás no hayan entendido todavía que América Latina, su gente, sus pueblos de lo que más urgidos están es de probidad, eficiencia y vocación de servicio por parte de su clase dirigente. La retórica reivindicativa exalta ánimo,s pero no resuelve problemas. Los PIB al alza deben tener propósito social o no garantizarán estabilidad.

Los dirigidos no tiene el deber de sufrir la democracia, tiene el derecho de vivir con estándares mínimos de calidad de vida, entonces lo que hace falta es trabajar sí, para los números y para que el objetivo de esos números sea ayudar a la gente a alcanzar la anhelada meta de vivir decentemente.

Solo el divorcio absoluto de estas dos visiones ha hecho posible esta polarización política en la región. Solo así se explica que, pese a lo bien portados económicamente hablando que han sido los gobiernos de Perú y Chile, sus pueblos estén tan descontentos. El crecimiento de sus números positivos no iba acompañado de más calidad de vida para sus habitantes y estos se fastidiaron.

La región vuelve a buscar en la izquierda lo que la derecha no le proporcionó y la derecha se empeña en no reinventarse, en sabotear sus éxitos concentrándolos en muy pocos y por lo general los mismos de siempre.

Será que resulta tan difícil y cuesta arriba entender que el epicentro de la vida son los humanos (o mejor: todos los seres vivos y su medio ambiente), que sin ellos no hay ganancias qué disfrutar, ni superávit que nos salve. Que las empresas y sus productos y servicios, que las industrias y sus procesos solo sirven a la especie humana y que nunca puede ser concebido al contrario.

En la región más desigual del planeta, es aún más increíble que estas dos corrientes ideológicas no sean capaces civilizadamente de entender que sus pueblos necesitan lo mejor de cada uno de sus teorías para hacerle frente a la crisis postpandemia y la ya inmensa crisis prepandemia.

Esa polarización solo sirve para el desencuentro y la arrogancia política entre vencidos y vencedores, pero si no existe un plan común, creíble y a largo plazo sobre a dónde queremos llegar como región y cómo lo queremos lograr, cada quinquenio vamos a estar jugando a voltear las culpas y deshacer avances, a rehacer proyectos, a estancarnos en debates interminables y a defraudarnos nuevamente.

Que la izquierda haga su trabajo sin excluir a nadie, especialmente a los talentos que necesite. Que la derecha haga lo propio y voltee su mirada a los pueblos, que todos exijamos por igual, y sin sesgos, eficiencia y decencia a quienes gobiernen y que quienes cumplan reciban el premio del reconocimiento colectivo.