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domingo, 01 febrero, 2026
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Ganadora del «Oscar Verde» llama a los productores agrícolas a coexistir con los jaguares: «Es un animal majestuoso»

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Yara Barros, directora del Proyecto Onças do Iguaçu, insiste en que es necesario convencer a productores y residentes de que un jaguar «no está esperando en medio de la selva para atacar»

La brasileña Yara Barros, ganadora del premio Whitley por su trabajo en favor de los jaguares de la triple frontera entre Brasil, Argentina y Paraguay, dijo a EFE que la clave para preservar a esos grandes felinos es «transformar el miedo en fascinación».

Barros fue una de las cinco personas galardonadas este año con el llamado ´Óscar verde´, otorgado por el Fondo Whitley para la Naturaleza (WFN) y en su caso por los treinta años que ha dedicado a la protección de especies en peligro de extinción en diversos biomas brasileños.

Primero fueron los guacamayos azules de la Caatinga, una región semiárida del noreste del país, donde se volcó a la preservación de esas pequeñas aves que el cineasta Carlos Sandanha popularizó en el mundo con su película Río (2011).

Hace casi una década dirige un proyecto en la triple frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay, que ha comenzado a recuperar la población de los jaguares, también conocidos como ‘onças’ o yaguaretés.

Barros explicó a EFE que en esa zona fronteriza, que abarca unas 600.000 hectáreas e incluye el Parque Nacional de Iguazú y sus majestuosas cataratas, hace diez años había una decena de jaguares, pese a que esa región fue desde siempre su hábitat natural.

«Hoy se calcula que son 25 del lado brasileño y 94 en Argentina», y aunque faltan datos precisos sobre Paraguay se sabe que también ha aumentado la población de felinos, indicó.

Cooperación internacional para felinos sin fronteras

El ‘Proyecto Onças do Iguaçu’ (POI) mantiene desde hace años un programa de cooperación con el ‘Proyecto Yaguareté’, que tiene un trabajo similar en territorio argentino.

«La cooperación con Argentina es antigua», pero «nunca se pudo implicar mucho a Paraguay», dijo Barros, pero aclaró que se trabaja para expandir hacia ese país el trabajo de «unos proyectos unidos por las onças», que circulan por la región e ignoran fronteras.

Una de las vertientes más importantes es la promoción de lo que califica como «una red de coexistencia» entre los productores rurales que habitan la región y los felinos.

«No se puede cuidar a las onças sin cuidar a las personas» y es necesario convencer a quienes viven esa zona de que un jaguar «no está esperando en medio de la selva para atacar» ni se entromete en una propiedad rural para alimentarse de otros animales, si estos están debidamente resguardados, explicó.

«El riesgo real de que una onça mate es muy bajo, pero la percepción y el miedo son muy altos» y eso es lo que se intenta explicar a los productores, a los que el POI enseña a construir corrales adecuados para proteger a sus animales y a manejar correctamente ciertos residuos, explicó.

«Los errores en el manejo» son frecuentes, dijo Barros, quien citó como ejemplo que «un productor mata un cerdo para hacer salami y luego lanza las vísceras en la selva», alrededor de su propiedad, y acaba atrayendo a los jaguares.

Educar para preservar

Para impedir esos episodios, el POI mantiene programas de apoyo a los productores y promueve prácticas que ayudan a la preservación de los felinos, sobre los que mantiene una vigilancia permanente mediante dispositivos electrónicos insertados en collares que les son colocados durante capturas momentáneas.

Barros confiesa que el momento de la captura, cuando el jaguar es ubicado y se le aplica un somnífero para estudiarlo y colocarle el collar, «siempre da un poco de miedo», pues «se está provocando al animal» y este reacciona.

Pero junto con el miedo llega la «fascinación» que siente cuando examina a esos felinos. «Los toco con una absoluta reverencia, es un animal majestuoso», asegura.

Barros admite que algunos niños la ven como una suerte de heroína y piensan que está «siempre vestida de ‘Indiana Jones’, en medio de las onças».

Pero el trabajo del POI va más allá de la selva y tiene flancos sociales que también promueven la preservación.

Como ejemplo, el proyecto ‘Crocheteiras da Onça’, que forma artesanas que crean jaguares de ganchillo vendidos en hoteles y comercios, lo cual genera ingresos para las familias rurales y ayuda a «transformar el miedo en fascinación».

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