El conflicto es esencia misma del ser humano y en algunos casos ha sido el motor de su evolución. En otros casos ha estancado las relaciones entre los actores de una sociedad que, entrampándose en la diatriba, han terminado negando la posibilidad del diálogo y la complementariedad.
“Toca reconocer, no suprimir el conflicto. Las diferencias, la pugnacidad existen, porque somos diferentes, porque la política justamente es eso. El tema es como yo las canalizo dentro de un marco que no nos rompa esa convivencia que todos queremos, la política también es orden”, afirma el politólogo y sicólogo social Ricardo Sucre.
El pasado 19 de marzo, en uno de los recesos de la segunda cita del ciclo de las Mesas de Convergencia, promovido por el Foro Cívico, conversamos con el profesor universitario que hace «seguimiento de cerquita» a la realidad política venezolana.
-Usted afirma que la política es consenso y pugnacidad. ¿Cómo hacer que prevalezca el consenso sobre la pugnacidad?
-Lo que pudiera servir para ayudar, porque siempre van a existir diferencias, es un proyecto común. Al final del día… ¿qué nos une? Y en ese que nos une: ¿cómo lo podemos traducir en un proyecto? Si eso no existe, vas a tener una pugnacidad permanente.
Sucre señala que “más allá de ser venezolano”, en la Venezuela de los años 20 a los años 60, había objetivo común que era “un proyecto de modernizador, que tocó a todo. Tocó a las democracias y tocó a los autoritarismos”.
“Había un proyecto de modernización que se traducía en, por ejemplo, tener una universidad como la Universidad Central de Venezuela (UCV). Todos de alguna manera aportaban para eso. Otro elemento fundamental también es el conocimiento de la persona. Las élites venezolanas se conocieron y ese intercambio permitió saber cómo era cada uno. En la medida en que eso ocurra, también puedes cerrar las diferencias”, indicó en su argumentación el politólogo.
Insiste en que “la pugnacidad siempre va a existir, porque pensamos diferente, tenemos experiencias diferentes, pero si hay un proyecto común, hay también un conocimiento de quienes son tus interlocutores políticos. Esa pugnacidad se puede llevar, se puede manejar, se puede canalizar”.


-Pero… ese proyecto común no se ha construido.
-Esa es la pregunta. ¿Qué une los venezolanos hoy? O… ¿qué los mueve? Honestamente, si tú me lo preguntas, yo lo saco por lo que veo en Tik Tok: La plata. El dinero.
-¿El tema económico?
-El tema económico sí, pero muy básico. Es decir “yo quiero tener plata, yo quiero ganar dinero”.
-¿Qué debe hacer el liderazgo?
-Construir sobre eso y a lo mejor sobre eso podemos tener algunos consensos. Podemos tener alguna forma de reducir la pugnacidad. Podrías darle un sentido a la vida de las personas más allá de “quiero tener plata, quiero sacar plata de todo”. También se ha construido ese discurso de la resiliencia y la supervivencia, pero con eso no vas a tener ese proyecto.
-¿Vivimos un momento político nuevo? ¿Usted lo cataloga como un nuevo momento político?
-Para el día de hoy yo diría que es un nuevo momento político, pero siento que se está perdiendo la oportunidad de plantear cosas. Siento que la inercia se está imponiendo. Pero sí, es un nuevo momento político, evidentemente. Lo sientes en la calle. La misma dinámica, las discusiones, los temas, Pero de nuevo, eso lo hace también la sociedad y eso lo hace a través de un lenguaje. Voy a decírtelo en criollito, estamos como achantados.
-El lenguaje nos trajo hasta este momento. Se llevó por delante el 80 % del Producto Interno Bruto. Una guerra de palabras nos ha costado incluso muertos. ¿Cómo hacer que ese lenguaje pueda construir espacios de diálogo ahora?
-Es complicado. Es un proceso que va a tomar tiempo, justamente por lo que tú has dicho: aquí tuvimos una especie de conflicto civil de lenguaje. No llegamos a las armas, pero efectivamente hubo muertos. Retroceder eso, yo te diría que tendría varias etapas.
Sucre describe una primera etapa en la que los actores, “los que de alguna manera tienen el lenguaje y ese poder de incidir, tienen que reconocer que tenemos un conflicto que se llevó el 80% del PIB y eso supone que se pregunten: ‘¿Cómo hago yo en términos del lenguaje para poder bajar ese conflicto?”
“El segundo paso sería construir unas ciertas reglas, porque el discenso lo hay, y el discenso es necesario. El punto no es vamos a eliminar el discenso. El punto es determinar cuáles son esas reglas”, indica el politólogo y sicólogo social .
En tercer lugar señala que “vendría lo que pudiera ser el producto. Es decir, cómo yo lo comunico a la sociedad. Veamos el periodismo que es un oficio que tiene que interpelar, evaluar, profundizar. ¿Lo voy a suprimir porque eso, algunos dirán, atenta contra la paz? Yo te diría que no. Pero entonces surge la pregunta: ¿cómo canalizo ese periodismo?»
Sucre reflexiona y reitera que deben construirse reglas y “que el punto de arranque es cuando los actores comienzan a decir cosas, sus diferencias, pero en un lenguaje que no degrade, que no cree estereotipo, que no deshumanice”.
Se detiene un momento y revisa en la gavetas de su intelecto y sentencia: “El primer paso es reconocer que el lenguaje contribuyó, que las palabras no son al viento; que no nos podemos quedar con “lo que se dijo, se dijo y ¡ya!”. No, las cosas ya no son así.
Agrega que “los venezolanos vimos una realidad política en la que tuvimos una suerte de poder decir todo sin consecuencias. Pero ahorita no. Ahora lo que tú digas, si eres un actor político, tiene consecuencias y el mundo también lo está viviendo”.
“Me toca reconocer, no suprimir el conflicto. Las diferencias, la pugnacidad existen, porque somos diferentes, porque la política justamente es eso. El tema es como yo las canalizo dentro de un marco que no nos rompa esa convivencia que todos queremos, la política también es orden”, acota Sucre.


-Y en este momento donde tenemos un actor externo que pesa tanto dentro de las decisiones… ¿cómo manejar esa realidad?
-Pienso que la manera para manejar esa realidad es justamente que los Estados Unidos vean que los venezolanos tenemos capacidad. En este momento están en el conflicto de Irán, eso los distrae y posiblemente los lleve a su objetivo inmediato que es el tema energético. Pero la idea es que los Estados Unidos vean que tenemos capacidad, que nosotros podemos manejar nuestras diferencias. Mientras no lo vean, intervendrán o dejarán eso así.
-Los actores políticos están dando demostraciones de eso… ¿cómo lo ve usted?
-Siento que en Venezuela, en general hay falta de ambición, de ganas de innovar. Es como si el país y su élite se conforma con arreglar una cosita y ya.
-¿Están en un área de confort? ¿No salen de ahí?
-Están en un área de confort dentro de un conflicto. Falta esa ambición de impulsar. Esas ganas de un proyecto. Yo no viví lo que sucedió entre los años 20 y 60, pero las he leído, no puedo decir que las he estudiado. Al revisarlas sientes la emoción de un proyecto, de un país que buscaba un destino. Yo no siento ahorita eso. Esperan que en su zona de confort “nos vamos a entender, vamos a estar bien”. Vamos a bajar el lenguaje, no nos digamos cosas, pero hasta ahí. No hay claridad de a dónde queremos ir con la Ley Hidrocarburos, con la Ley de Minas. No hay claridad hacia dónde yo quiero llevar esto. Si quieres que Estados Unidos te respete, tienes que hacer eso.
-¿No estamos en un proceso de transición entonces?
– Hace un mes o dos meses, yo te hubiera dicho sí, sin dudar. Yo diría que seguimos. Lo que pasa es que siento falta de impulso. Eso hace que ese proceso de transición pueda ser un proceso no solo de transición, sino de transformación dentro del sistema, que es lo que yo siento ahorita. O sea, yo diría que hay una tensión entre transición y transformación .
«La transición en politología es simplemente pasar de un estado A a un estado B, desde el punto de vista del poder. Esa es la definición básica y clásica. Otros estudiosos ponen condiciones, que si la liberalización primero y otras consideraciones. Pero yo te diría estamos ahí hoy: partimos en la transición, pero ahorita siento que estamos en una transformación del sistema.






