Es dirigente político progresista en Venezuela y, evidentemente, no vive de la política. Hace ocho años, Benito decidió emprender. Su negocio: producir alimentos deshidratados. «Empecé montando los deshidratadores como una nueva aventura económica, pero me fue muy mal. Después vendí los deshidratadores grandes y me quedé con uno pequeño», explica. Su pareja le informó que una empresa les pedía muestras de sus productos, y ese fue el punto de partida: «Todo fue creciendo y ya tenemos ocho años, con altibajos y con todos los rollos. Cuando necesitas deshidratar tomates, no hay tomates; los picos de precios son una locura». Su lucha, en las últimas semanas, ha sido con la albahaca, por el costo y el tiempo.
Se vio obligado a reducir su emprendimiento al mínimo. «Nosotros tuvimos empleados, pero no pudimos seguir con ellos, y nos quedamos mi compañera, un señor que nos ayuda y yo», detalla Benito.
Su historia es similar a la de otras emprendedoras y otros emprendedores. El estudio Radiografía del emprendimiento en Venezuela, realizado por una alianza entre la UCAB y el IESA y presentado este miércoles, mostró que entre 2023 y 2025 salieron unos 5 millones de emprendedores del sistema; eso equivale a quitar a la población del estado Zulia, comparó Luis Lauriño, investigador de la UCAB. La tasa de actividad emprendedora temprana se redujo a 7,7 %, y además, solo 1,9 % llega a la consolidación.
Lauriño detalló algunas de las dificultades que han desinflado el boom del emprendimiento que experimentó el país en 2023. Una de ellas, que el emprendedor actúa en bolívares pero compra insumos en dólares. Otra, que el acceso al crédito en Venezuela es uno de los más bajos del mundo, con 2,7 % del PIB. Un 19 % de los emprendimientos cierran por falta de financiamiento.
El profesor estimó que para comenzar un negocio el capital inicial en el país varía entre 5 mil y 20 mil dólares, y ese capital proviene de ahorros, amigos, remesas y venta de propiedades. A esto hay que sumarles las inversiones en autogeneración eléctrica, pozos de agua y combustible.
No es un secreto para nadie que el gasto de las familias se restringió a lo básico: Lauriño calculó que 60 % del presupuesto del hogar se destina a alimentos. En 2025, al menos 18.300 millones de dólares se dedicaron a comida y medicamentos. Para los emprendedores, esto implica que si el bien o servicio no resuelve necesidades básicas, la probabilidad de venta se reduce a la mínima expresión. Otro detalle, y no menor, es que casi 6 de cada 10 consumidoras y consumidores están dispuestos a cambiar de local de compra y de marca si el producto es más barato.
Estos elementos suman en contra de los emprendimientos, por lo que seis de cada 10 emprendedores se encuentran en la fase naciente y solamente uno de cada cuatro llega a establecerse.
Sin embargo, y a pesar de todos los factores en contra, la voluntad de emprender es, como se diría coloquialmente, «más fuerte que el odio». El economista Luis Crespo, profesor de la UCV, explicó que en las familias venezolanas «se impone la informalidad, el emprendimiento para ampliar la mayor cantidad de fuentes de ingreso para satisfacer las necesidades».
La investigación del IESA y la UCAB confirmó que la intención de emprender pasó de 11,8 % a más de 20 %, a pesar de las dificultades del entorno. Cabe destacar que el emprendimiento es la estrategia de supervivencia individual ante la falta de empleo formal. «Al ser una necesidad absoluta, el miedo a fallar deja de ser un obstáculo», comentó. No importa cuánto se fracase, porque esa es la alternativa. Además, el venezolano exhibe confianza a pesar del riesgo del fracaso, hasta el punto de que solo uno de cada tres teme perder; y 79 % cree tener el conocimiento necesario para emprender.
Benito ha logrado mantener su pequeño negocio. No es la mayoría. Pero la necesidad y la ilusión siguen siendo un combustible para continuar.






