«En el Carnaval todo es alegría»: la gente montó su gozadera en Los Próceres

Textos, fotos y videos: Vanessa Davies y José Gregorio Yépez

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Las comparsas de las parroquias de Caracas se cruzaron con disfraces comprados o hechos a mano, máscaras, papelillos, agua y algo de «tángana»

A la 1:43 pm de este lunes 3 de marzo salía una inequívoca canción del camión de Fundarte: «Ni en Madrid, ni en Beirut ni en París». Era «Caracas en el 2000», un himno de la nostalgia para los migrantes, pero que en el Carnaval de Los Próceres sonaba a fiesta. Porque quienes acudieron a pasar el lunes festivo con familiares, vecinos y amigos lo hicieron convencidos de que la vida es para gozarla en tiempo presente.

El sol poco les importaba a las centenares de personas que caminaban de un lado a otro para mostrar sus disfraces.

La temperatura, según los teléfonos celulares, era de 29 grados, y lo más sencillo era sentirse derretir por el calor. Pero debajo de las pelucas negras o plateadas solo había rostros sonrientes.

Negritas, rumberas, niños araña de disfraz comprado y de traje casero se juntaron con hombres con senos de papel, señoras con vestidos abiertos hasta el muslo y caminantes que se escondían detrás de una máscara.

La subida hacia La Bandera se convirtió, este lunes, en una pasarela por la que circulaban las carrozas, como la del cunaguaro o la de la Candelaria.

En cada esquina había un artista, una banda, un grupo de personas con disfraces. Y mucha música, tanto de banda show como de grupos comunitarios que salieron a dar lo mejor.

El que no tenía disfraz rápidamente podía resolver uno, porque los vendedores ambulantes tenían desde lo más pequeño, como piedras brillantes para los ojos; hasta lo más grande, como los gorros.

En medio del bululú, Dayana ofrecía extensiones, lacitos, «medias locas», cintillos. El precio de su mercancía comenzaba en dos dólares y terminaba en cinco.

Sobre las carrozas había sorpresas. Próceres con sus trajes del siglo XIX, reinas de belleza encaramadas en sus tacones y bailarinas como Shalimar Urbina, que sentó cátedra en menos de un minuto.

Nadie pudo bailar como Shalimar, que de nuevo demostró que la edad no es un asunto de cédula sino de actitud.

La fila de carrozas ultimaba los detalles antes del desfile vespertino. Selfies, ensayos, retoques del momento e indicaciones para hacerlo mejor recorrían cada vehículo.

Había de todo para las «comprar nerviosas» de Carnaval. Papelillos a dólar, tángana grande en cuatro dólares y mucho más para hacer de estos días una verdadera fiesta inolvidable.

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