En la acera donde Wilmer vende caramelos la gente va y viene. Pocos se paran a hurgar en el cartón que sirve de mesa para su mercancía. «¿Te gusta de coco? ¿Y este? Es de patilla. Fresa y limón», ofrece. Hace poco más de un año decidió montar su tarantín en ese lugar, en vista de que se quedó sin la otra ocupación informal que desarrollaba.
Su vida no es fácil. «Todos los días sube el precio del caramelo, porque el dólar sube, y sube el caramelo. La única persona que vende esos caramelos a 20 bolos soy yo». Pasó de trabajar en el Hipódromo durante 22 años, a buscarse la vida en la calle. «Me arreglaron, estoy pensionado, pero de ahí no trabajé más porque hoy día, para conseguir un trabajo, debes tener, como muy mayor, 40 años. Si tienes 55 o 60 años, y 70, ni que estés ‘palanqueado’. Aquí estoy de lunes a viernes. Entre mi señora y yo nos bandeamos».
En un país que todavía se jacta de la juventud de su población aunque ya no sea tal, que una persona como Wilmer tenga casi 78 años es casi un pecado. La asociación civil Convite registra el edadismo como un fenómeno real en el país.
En el estudio más reciente realizado por Convite se hizo la pregunta sobre la percepción que tienen las adultas y los adultos mayores acerca de la discriminación por edad. «Un 35 % de la muestra habla de edadismo en el mercado laboral. Es decir, personas adultas sienten que la barrera etaria para acceder al mercado laboral ha ido bajando», explica Luis Francisco Cabezas, director de la asociación civil.
En el ámbito corporativo ya no solo se descarta a una persona de 60 años o más. «Es que alguien de 40 años ya empieza a afrontar dificultades para conseguir empleo, y la principal razón no declarada, pero presente, es la edad», refiere Cabezas.
Esta es una de las razones que lleva a las personas adultas a trabajar en el mercado informal. Como Wlmer. «Si bien se puede generar una fuente de ingresos alterna que permita compensar la precariedad de la pensión y del bono, no siempre se hace en las mejores condiciones, no siempre se hace de manera segura», detalla Cabezas. Es decir, son trabajos esporádicos que no garantizan estabilidad.
Según la Organización Mundial de la Salud, «el edadismo se produce cuando la edad se utiliza para categorizar y dividir a las personas provocando daños, desventajas e injusticias. Puede adoptar muchas formas, como prejuicios, discriminación y políticas y prácticas institucionales que perpetúan creencias estereotipadas». La propia OMS refiere los datos obtenidos en una encuesta realizada a más de 80 mil personas en 57 países, de acuerdo con los cuales «una de cada dos personas tiene actitudes moderada o altamente edadistas (es decir, estereotipos y prejuicios)».
Esto tiene que ver, apunta Cabezas, «con estructuras sociales que hemos establecido, con la edad como una especie de estigma social. La jubilación se convierte no solo en una especie de cese laboral, sino de cese de la creatividad y la innovación».
La visión que exalta lo joven «está anclado en una sociedad que ya no somos», señala el investigador. Venezuela fue un país con población mayoritariamente joven, «pero ya no es una nación de jóvenes. Ya comenzó un proceso de envejecimiento. Ya tenemos una tasa de fecundidad de 2,3, muy cerca de comenzar a ser negativa y de estar por debajo de la tasa de reemplazo (la tasa de fecundidad de reemplazo, para que una población se reemplace exactamente de una generación a la siguiente, necesita 2,1 hijos por mujer, según un análisis publicado por los Institutos de Salud de Estados Unidos).
«La migración incrementó aún más el porcentaje de personas adultas mayores, y no luce probable que haya un refrescamiento de nuestra pirámide poblacional, tomando en cuenta que la migración se llevó a nuestra población económicamente activa y a las mujeres que podrían tener hijos», razona Cabezas. En consecuencia, no parece probable que cambie la pirámide poblacional.
A escala global, tal como lo expone la OMS, «se necesita urgentemente un decenio de acción mundial concertada sobre el Envejecimiento Saludable. En el mundo hay ya más de mil millones de personas que tienen 60 años o más, la mayoría de ellas en países de ingresos bajos y medianos. Muchas de esas personas no tienen siquiera acceso a los recursos básicos necesarios para una vida plena y digna. Muchas otras se enfrentan a numerosos obstáculos que les impiden participar plenamente en la sociedad».
https://www.who.int/es/initiatives/decade-of-healthy-ageing
Wilmer, con la humildad de sus caramelos en la mitad de la acera, percibe que la sociedad no es la misma. «Debemos entender que la sociedad cambió, que debemos redefinir un nuevo pacto social. Necesitamos una sociedad para todas las edades. Los adultos mayores tienen más alfabetización tecnológica» y preparación, y más autonomía e independencia, remarca Cabezas. «A esa población no puedes decirle ‘muchas gracias por todo’. No. Por el contrario, hay que generar mecanismos para incluirla».






