En este 14 de enero, la visita número 168 de la Divina Pastora a Barquisimeto no es solo una movilización masiva, sino el escenario donde miles de personas se reencuentran con sus creencias más profundas. A lo largo de los kilómetros que separan el pueblo de Santa Rosa de la Catedral, el paisaje urbano se transforma en un testimonio vivo de agradecimiento y compromiso personal.

El sacrificio de los promeseros
El motor de esta procesión son las historias individuales que se agrupan bajo el concepto de la promesa. Entre la multitud destacan figuras que encarnan el sacrificio, como los Nazarenos, quienes visten túnicas moradas y cargan pesadas cruces de madera.

Para estos fieles, el esfuerzo físico de recorrer el trayecto bajo el sol, muchas veces descalzos o con coronas de espinas, es la forma de honrar un favor recibido o pedir por la salud de un ser querido. Es un acto de fe que se siente en el silencio de sus oraciones y en la firmeza de sus pasos.

Tradición y relevo generacional
La fe larense también se manifiesta a través de los más pequeños, quienes participan activamente en este acto de identidad cultural. Es común observar a niños vestidos con el liquiliqui tradicional y sombreros de cogollo, arrodillándose con respeto al paso de la imagen.

Esta estampa refleja cómo la devoción se transmite de padres a hijos, asegurando que la tradición de la Divina Pastora permanezca vigente. Mientras tanto, otros devotos elevan pequeñas réplicas de la Virgen, buscando una conexión directa y personal con la imagen que avanza lentamente en su trono de flores.







