Detención de Martha Lía Grajales es «un punto de quiebre para el chavismo de base», afirma analista Sergio Sánchez

"El gobierno jugó sus cartas, quizás subestimando el peso de las bases chavistas organizadas o quizás dispuesto a sacrificarlas en medio de su metamorfosis hacia un gobierno de propietarios. La pregunta es: ¿qué harán ahora los movimientos organizados del chavismo, que saben que Marta no es culpable de nada de lo que la acusan?", interrogó

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La detención de la defensora de derechos humanos Martha Lía Grajales es «un punto de quiebre para el chavismo de base», afirmó el analista Sergio Sánchez.

A Grajales «la apresaron como a miles más: sin razones jurídicas, sin orden judicial, sin flagrancia; en vehículos sin identificar, con hombres enmascarados, y la desaparecieron. Fue el mismo modus operandi aplicado contra todos los detenidos, solo que esta vez la víctima era alguien reconocido en las bases chavistas. La respuesta no se hizo esperar. Diversos movimientos chavistas de base —habitualmente silenciosos ante otros atropellos— se pronunciaron, junto a quienes siempre lo hacemos desde la izquierda, el centro o la derecha, sin importar quién sea el detenido», explicó Sánchez, personalidad vinculada con la izquierda, en un mensaje en X.

Ante la presión, agregó, «el gobierno no mantuvo a Marta mucho tiempo desaparecida. Pero, fiel a su costumbre de huir hacia adelante, la imputó de todo lo que suele acusar a los detenidos: instigación al odio, conspiración, traición a la patria, etcétera. Esta acción provocará una crisis estructural en muchos sectores del chavismo. El régimen quizá no lo sepa o no le importe, pero está rompiendo la lógica tribal que lo ha sostenido».

Según su análisis, «la base de toda represión totalitaria es la deshumanización del adversario. Sin ella, no hay apoyo de masas para reprimir. Los nazis lo hicieron con los judíos y comunistas; Franco con los republicanos; Pol Pot con los citadinos; el sionismo con los palestinos; las dictaduras del Cono Sur con los comunistas; Stalin con los enemigos del pueblo; Maduro con los llamados “apátridas”. El fascismo siempre necesita un enemigo que “pone en riesgo la patria” para justificar la violación sistemática de los derechos humanos».

Esta división entre “enemigos” y “aliados” «genera solidaridad automática hacia los segundos y deshumanización automática hacia los primeros. El problema para un régimen tribal es que no puede tratar igual al adversario que al miembro de su propia tribu. Pero ¿qué pasa cuando alguien de la tribu comienza a cuestionar el trato deshumanizante al adversario? La historia muestra que lo primero que hacen los regímenes autocráticos es marcar a ese disidente como traidor. No hay espacio para reconocerle razón alguna, porque la represión es el pilar que sostiene a estos gobiernos. Abrir un debate interno sobre el uso de la represión equivale a poner en riesgo la columna vertebral de su poder».

Para Sánchez, «el gobierno jugó sus cartas, quizás subestimando el peso de las bases chavistas organizadas o quizás dispuesto a sacrificarlas en medio de su metamorfosis hacia un gobierno de propietarios. La pregunta es: ¿qué harán ahora los movimientos organizados del chavismo, que saben que Marta no es culpable de nada de lo que la acusan, y que ya no pueden sostener el malabarismo discursivo que les ha permitido callar frente a esta metamorfosis reaccionaria y fascista del gobierno?».

Marta Lía Grajales, recordó, «es una activista social, defensora de derechos humanos y militante de izquierda, históricamente vinculada al chavismo. Maneja —como la mayoría de los políticos chavistas y antichavistas— una narrativa polarizada y polarizante: ellos y nosotros. Sin embargo, la ola de detenciones arbitrarias que siguió al robo de las elecciones del año pasado la empujó, junto a muchos otros del chavismo de base, a salir en defensa del pueblo más golpeado, aquel que fue detenido sin justificación alguna».

Con valentía «Marta asumió su militancia del lado de los débiles, aunque eso implicara enfrentarse al gobierno en materia de derechos humanos. Lo hizo todo dentro de los límites de la “política permitida” por el propio régimen: se manifestó pacíficamente, habló únicamente de los derechos humanos de los detenidos, evitó retratarse con dirigentes proscritos de la oposición y mantuvo las banderas de izquierda que ha defendido toda su vida».

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