En la narrativa central del cristianismo, la Última Cena ocupa un lugar determinante como antesala de la Pasión de Jesucristo y como uno de los episodios más documentados por los textos del Nuevo Testamento. Su comprensión exige situarla en el marco de la Pascua judía, el Pésaj, celebración que conmemora la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto y que, en el siglo I, convocaba a miles de peregrinos en Jerusalén.
Los relatos evangélicos coinciden en ubicar la cena en un espacio descrito como un “aposento alto”, una estancia amplia dentro de una vivienda de la ciudad. Sin embargo, la cronología precisa ha sido objeto de análisis exegético. Los Evangelios sinópticos, Mateo, Marcos y Lucas, presentan la cena como una comida pascual celebrada la noche del jueves, mientras que el Evangelio de Juan sitúa la muerte de Jesús en coincidencia con el sacrificio de los corderos en el Templo, lo que sugiere una celebración previa.
El teólogo Joseph Ratzinger (papa Bendedicto XVI), en su obra Jesús de Nazaret, aborda esta divergencia y plantea que Jesús pudo haber seguido un calendario distinto al oficial: “Jesús celebró la Pascua con sus discípulos probablemente según el calendario de Qumrán, por lo menos antes de la Pascua oficial”. Esta interpretación ha sido considerada dentro de los estudios contemporáneos como una vía para armonizar las diferencias entre las fuentes.
Los participantes
En cuanto a los participantes, los textos destacan la presencia de los doce apóstoles como núcleo del encuentro. La escena, de acuerdo con las costumbres de la época, habría tenido lugar en disposición de triclinio, donde los comensales se reclinaban alrededor de la mesa sentados en cojines. Entre ellos se encontraban figuras como Simón Pedro, Juan el Apóstol y Judas Iscariote, este último identificado en los relatos como quien abandona la reunión antes de su conclusión.
Los apóstoles presentes, según las listas canónicas, fueron:
- Simón Pedro y su hermano Andrés.
- Santiago el Mayor y su hermano Juan (los hijos de Zebedeo).
- Felipe y Bartolomé.
- Tomás y Mateo (el publicano).
- Santiago el Menor (hijo de Alfeo) y Tadeo (Judas de Santiago).
- Simón el Zelote y Judas Iscariote, quien se retiraría antes de finalizar el encuentro.
Aunque el Evangelio de Lucas subraya que “los apóstoles” compartieron la mesa con Jesús, la investigación histórica no descarta la posible presencia de otros discípulos en funciones auxiliares, sin que ello altere el carácter central del grupo de los doce.
Nace la eucaristía
El desarrollo de la cena revela una secuencia de gestos con profundo significado simbólico. El Evangelio de Juan describe el lavatorio de los pies, un acto que refleja prácticas de hospitalidad propias del contexto cultural, mientras que los sinópticos registran la bendición del pan y del vino, núcleo de lo que posteriormente se configuraría como la Eucaristía. El pasaje de Mateo recoge las palabras atribuidas a Jesús durante este momento: “Tomad, comed; esto es mi cuerpo (…) Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto”.
El teólogo protestante Joachim Jeremias, reconocido por sus estudios sobre el judaísmo del tiempo de Jesús, subraya que estos gestos deben entenderse en continuidad con las tradiciones rituales judías, reinterpretadas en un contexto de despedida. Para Jeremias, la cena se inscribe en la estructura de una comida pascual, pero introduce elementos que apuntan a una nueva comprensión del pacto.
La reunión concluye, según los relatos, con el canto del Hallel, una serie de salmos tradicionales de la Pascua, antes de que el grupo se dirija al Monte de los Olivos. Este detalle refuerza la inserción del episodio dentro del calendario litúrgico judío.
Fuentes históricas externas, como las obras del historiador Flavio Josefo, no describen directamente la Última Cena, pero sí documentan el ambiente de tensión en Jerusalén durante las festividades pascuales bajo la administración de Poncio Pilato. Este contexto permite situar el episodio dentro de un escenario histórico caracterizado por la afluencia masiva de población y la vigilancia romana.
De este modo, la Última Cena se configura como un punto de convergencia entre la tradición judía y los relatos fundacionales del cristianismo, narrada por diversas fuentes que, aun con diferencias en los detalles, coinciden en su relevancia dentro de los acontecimientos que preceden a la crucifixión.
