“Ya habían avisado por la televisión y otros medios que iban a suspender las garantías y a lanzar un toque de queda a partir de las seis de la tarde. En ese momento ya eran casi las seis, cuando le sugerí a Wolfang quitarnos de la ventana porque iba a comenzar el toque de queda”

“Nuestra hija tenía en ese momento tres meses de nacida. Hoy día tiene 30 años, la misma cantidad que cumple El Caracazo este año. Ella estaba bebé, y a pesar de haber perdido a su papá en ese año, en el 89, lo recuerda con cariño, como si siempre lo hubiera conocido. Ella merecía crecer con su padre al lado”, cuenta Yris Medina, una de las fundadoras de la ONG Cofavic (Comité de Familiares de Víctimas del Caracazo), quien recuerda, como si hubiera ocurrido ayer, el momento en el cual perdió a su esposo a causa de un proyectil disparado por las fuerzas de seguridad del Estado.

“El 27 de febrero yo regresaba del médico a eso de las 5 pm. El consultorio estaba en Capuchinos, y al salir me di cuenta de que algo andaba mal. Las calles estaban llenas de basura y la gente corría por todos lados”, refiere Medina al iniciar el recuento de su dolorosa experiencia.

Esa noche se resguardó en su casa junto a su hija recién nacida, en la parte baja del barrio El Guarataro, al centro de la ciudad capital. Pero no así Wolfang Quintana, su esposo, quien trabajaba para ese momento en una librería ubicada en el sector San Martín.

“Tuvieron que cerrar la santamaría porque la gente quería entrar a saquear. Le preguntaban a la gente si tenían hambre de libros, si querían comer libros, porque era lo único que tenían. No tuvo más remedio que pasar la noche allí. Pero yo, desde el ventanal de mi casa veía los disturbios, escuchaba los disparos y los gritos de la gente. Mi angustia por no entender todavía qué pasaba era terrible”, dijo.

Al día siguiente, el 28, luego de que Quintana llegara por fin a casa, decidieron ir a comprar en el mercado de Quinta Crespo. Luego de abastecerse se retiraron a casa.

Según Medina, permanecieron en el ventanal observando cómo se desarrollaban los acontecimientos en esa zona al oeste de la ciudad, y conversando sobre las experiencias que ambos habían tenido un día antes.

“Ya habían avisado por la televisión y otros medios que iban a suspender las garantías y a lanzar un toque de queda a partir de las seis de la tarde. En ese momento ya eran casi las seis, cuando le sugerí a Wolfang quitarnos de la ventana porque iba a comenzar el toque de queda”, relata la mujer.

Justamente se apartaba de la ventana y su esposo estaba a punto de seguirla, cuando escucharon una detonación. “La bala le perforó el pecho y salió por la espalda, para terminar impactando una pared. Gracias a Dios, a la niña no le pasó nada”, recordó.

Comenzó a gritar y a pedir ayuda, los vecinos la ayudaron y sacaron a Wolfang a la calle. Pero mientras buscaban un vehículo para trasladarlo a un centro asistencial, se desangraba.

Medina compara lo vivido en los siguientes minutos con una película apocalíptica: “Lo llevamos a una clínica que era de la Policía Metropolitana en la avenida José Ángel Lamas, pero no lo quisieron recibir porque ya estaba muerto. Íbamos entonces vía a la morgue de Bello Monte, pero cuando pasábamos por la avenida Baralt, a la altura de la plaza Miranda, nos detuvieron un grupo de militares. Cuando vieron el cadáver no los quitaron y nos ordenaron irnos a casa, porque había órdenes de disparar contra todo lo que se moviera a esa hora. Nos decían también que había muchos muertos, que tuviéramos cuidado”.

El 29 de febrero, temprano, comenzó la búsqueda del cuerpo de su esposo. Junto a los familiares de él, se trasladó hasta la morgue. Pero fue a las 2 pm cuando un hermano lo pudo ubicar. “Le costó divisarlo por la cantidad de cadáveres que había”, explicó la activista de DDHH.

Medina asegura que hicieron la denuncia y acudieron a cuanto organismo podían ir para exigir justicia por esa muerte. Todo en vano, porque nunca obtuvieron respuesta. “No hubo detenidos ni presos, nunca supimos quiénes estuvieron detrás de ese proyectil disparado por un fusil FAL. Es que ni siquiera hubo un expediente, el cual nos cansamos de buscar. En la fiscalía tampoco nos dieron información nunca”, lamenta todavía hoy, a 30 años de ese hecho, la misma cantidad que hoy día tiene su hija, Yris Medina.