Miembros de Cofavic y familiares de las víctimas del Caracazo, quienes este miércoles participaron en la misa en conmemoración a los caídos durante el estallido social de 1989, narraron parte de sus experiencias

El capítulo del Caracazo, explosión social que estalló un 27 de febrero hace 30 años, aún no llega a su final. Y es que los familiares de las víctimas y quienes sufrieron la represión en carne propia, a mano de los cuerpos de seguridad en ese entonces, se niegan a escribir las últimas líneas de ese hecho.

Tal como lo denunció la fundadora de Cofavic, Liliana Ortega, ONG que hoy planificó una misa para conmemorar a las víctimas “la deuda humana del Caracazo sigue aún pendiente. No hay detenidos ni se han identificado los restos hallados en La Peste hasta la fecha”.

Aunque Cofavic nació de la iniciativa de quienes perdieron a sus seres queridos durante los también llamados “saqueos del 89”, el expectro de la ONG se extendió a otros casos marcados por la violación a los derechos humanos.

Quienes acudieron a la misa este miércoles, en la iglesia Nuestra Señora de La Candelaria, comentaban que la lucha es por tener respuesta, a pesar de los años transcurridos, sobre los abusos y excesos policiales y/o militares cometidos durante el estallido social.

Tal es el caso de Aura Lizcano, cuyo hermano, José Miguel Lizcano, de 21 años para ese año, salió a hacer deporte en la Cota 905. “Salió después de las 6 pm. Una hora después tratamos de salir a buscarlo pero la policía no los impidió. Al día siguiente salimos a buscarlo en todos lados y, hasta la fecha, no sabemos qué ocurrió con él”, lamenta.

Aura Lizcano, perdió a su hermano en la Cota 905

También está el testimonio de Gregoria Matilde Castillo, quien se encontraba en el sector Escalera de Mesuca en Petare (Miranda), llegaba del trabajo y trataba de llegar a su casa, cuando ella y una prima que la acompañaba junto a un grupo de personas fueron sorprendidas por militares apostados en unos edificios cercanos.

“Comenzaron a dispararnos y tratábamos de guarecernos. Perdí una pierna a raíz del ataque y la prima que estaba conmigo murió en ese sitio”, contó.

Gregoria Matilde Castillo, sobreviviente de la masacre de Escalera de Mesuca, en Petare