Después de años de guerra, un olor a aceite de laurel emana de la pequeña fábrica de jabón reabierta por Alí Chami en la ciudad siria de Alepo, conocida por su industria jabonera

Como tantos cientos de miles de habitantes de Alepo, los fabricantes del tradicional y milenario jabón se vieron forzados a huir de la guerra fratricida que devora Siria. Seis años después, desean que los viejos zocos recuperen su aroma a oliva y laurel / Fuente: EFE

Tuvo que cerrarla en 2012, cuando los combates llegaron a esta localidad, la capital económica siria que acabó siendo uno de los frentes más sangrientos de esta guerra iniciada un año antes.

Este empresario de 44 años no soportaba verla cerrada. “Aquí fue donde empecé hace más de 30 años”, explica a la AFP.

Las jabonerías de los alrededores del exbarrio rebelde de Bab al Nayrab, cerca del centro histórico de la ciudad, están en ruinas o dañadas por los cuatro años de violencia infernal que destruyeron Alepo entre 2012 y 2016. 

Las paredes de la fábrica de Alí Chami están acribilladas a balazos. Son cicatrices de una contienda bélica que ha causado más de 370.000 muertos en ocho años. En invierno las borrascas de viento se infiltran en el edificio a través de los enormes agujeros.

En la entrada hay un portal nuevo y se han remodelado las salas de cocción y secado, pero por falta de medios Chami ha tenido que limitar las reparaciones.

Su objetivo: reactivar la fabricación y producir al menos 400 toneladas de jabón, o sea la mitad que antes de la guerra. 

En una gran caldera, cinco obreros remueven una mezcla de aceite de oliva y laurel. Cerca de allí, otros tantos cortan en cubos la pasta, una vez enfriada y endurecida, y los van apilando.

Chami no ha necesitado grandes medios ni equipamiento sofisticado para reabrir la fábrica porque este producto artesano requiere ante todo “trabajo manual, una combinación dosificada, la pasión de los habitantes de Alepo y su amor por el oficio”.

Jabón en el exilio

Después de haber huido de su ciudad natal, Ali Chami quiso importar su actividad en las ciudades en las que se refugió. Se empeñó en reproducir la receta original en Damasco y después en la localidad costera de Tartús. Pero “el jabón no era tan bueno como el fabricado en Alepo”.

“El clima de Alepo es más propicio”, dice. “Los habitantes de la ciudad dominan como nadie los secretos del oficio y los engranajes de las múltiples etapas de la fabricación”.

Chami se siente orgulloso de la herencia familiar legada por su abuelo y de una industria milenaria. El jabón de Alepo, uno de los más viejos del mundo, “se distingue por su composición a base de aceite de oliva”. El europeo “contiene grasas animales y los asiáticos están mezclados con aceites vegetales”, precisa.

Hace más de dos años que se acalló el fragor de las armas en Alepo pero la ciudad sufre una penuria de materias primas y de mano de obra cualificada, lamenta.

“Tesoro nacional”

Lejos de amilanarse ante estos problemas, decenas de productores como él han lanzado obras de renovación.

Hicham Gebaily, de 50 años, es uno de ellos. Su fábrica del siglo XVIII se encuentra en el casco viejo de Alepo. Está considerada una de las más importantes y antiguas de la ciudad.

La empresa lleva el nombre de la familia. Es un edificio de piedra de tres plantas que ocupa casi 9.000 metros cuadrados. Algunas partes están todavía carbonizadas y los pilares de madera que sostienen el tejado se desploman. Dejó de producir jabón en 2012.

“Antes de la guerra, la ciudad de Alepo albergaba unas 100 fábricas de jabón, solo quedan 12”, lamenta Gebaily.

Según él, la producción anual cayó de 30.000 toneladas a menos de 1.000 durante la guerra. Subió a las 10.000 actuales pero muchas fábricas estás deslocalizadas en Damasco, Tartús e incluso Turquía.

Gebaily recuerda con nostalgia “el olor a aceite de laurel” que emanaba de su fábrica. En Alepo “todo el que visitaba la ciudad compraba jabón” antes de irse. “Es un tesoro nacional”.

Con información de AFP