El Holocausto es una tragedia que también tocó la puerta de Venezuela. Priva Zabner de Oziel es hija de Baruch y Rifka, dos personas que perdieron a sus parejas e hijos en campos de exterminio y que se encontraron en Caracas para vivir una nueva historia de amor y hacer nueva familia. “En mi casa hubo mucho dolor, pero también hubo esperanza, nuevas oportunidades, amor y compasión”, subraya

Priva Zabner de Oziel debe haber tenido muchos días grises, pero se encarga de que quien la escuche solo la recuerde por los días soleados. Personas como ella recuerdan que el Holocausto es una tragedia para también pensarla en Venezuela, pero confirman que la mayor victoria ante la inhumanidad es, justamente, anteponer la felicidad. Hasta el poder más tiránico hoy está y mañana no está, y no hay que dejar de vivir.

“Yo soy hija de sobrevivientes de la Shoá. No puedo ser otra”, refiere la inmunóloga en conversación con Contrapunto. El Holocausto estuvo siempre presente en su casa, hasta el punto de que su mamá se sentaba “y le contaba su historia a todo el que iba”.

“En mi casa no hubo silencio; en mi casa hubo divulgación. En mi casa hubo esperanza. En mi casa hubo mucho dolor, pero también hubo esperanza, nuevas oportunidades, amor y compasión”, confía.

Rafael Briceño Sierralta

Una de las cosas que vio en su hogar es que “hay que seguir adelante, lo aprendí de mi mamá. Las experiencias pasadas son para aprender de ellas y superarlas, no es para quedarse pegado. La inmunología tiene mucho que ver con eso: Qué hago con lo que tengo para hacer lo mejor desde lo mejor de mí”.

La experiencia de la familia no ha sido razón de amargura, aclara, sino “fuente de inspiración”.

Baruch Zabner, el papá de Priva Zabner, polaco, estuvo en el campo de concentración de Auschwitz. En ese lugar perdió a su primera esposa y dos hijos. Después lo llevaron a otros centros marcados con el mismo espanto. Sobrevivió y llegó a Venezuela en 1946. No se le olvida el número que los alemanes le asignaron a su padre: B5381.

A la mamá de Zabner, Rifka Faidengold, la tragedia la tomó en Rumania. También perdió a su primer esposo y a su primer bebé, y la llevaron por varios centros de trabajo forzado. Le raparon la cabeza, no tenía qué comer y caminaba “sobre montañas de muertos”. Pudo llegar a Venezuela en 1946.

Rafael Briceño Sierralta

Baruch y Rifka se encontraron en la pensión Diamante, en El Conde. “Se conocieron, se enamoraron. El segundo amor de sus vidas. Se casaron, hicieron familia y nacimos mi hermano mayor, mi hermana y yo”.

La enfermedad se llevó al padre a los 51 años de edad. Y su madre dijo: “Si yo sobreviví a la guerra, yo voy a echar pa’lante. Siempre puede ser peor”.

El Holocausto “está presente todos los días, porque fue un acontecimiento sin parangón en la historia, un crimen con muchas consecuencias, y de eso nos debe quedar un aprendizaje para que nunca jamás vuelva a ocurrir algo semejante”, afirma Zabner.

Priva Zabner estudió inmunología, que es “una ciencia fascinante”. Esa es “mi pasión científica, porque también tengo la artística, que es el ballet”. Hoy tiene 66 años. Es esposa de Marcos Oziel, con quien tiene dos hijos.

Para ella hablar del Holocausto es tener en la memoria a los judíos, pero también, a los gitanos, los homosexuales, las personas con discapacidad, los comunistas, fieles de otras religiones. Zabner los nombra uno por uno. “En honor a ellos nosotros debemos divulgar el aprendizaje para que eso no vuelva a ocurrir”.

Rafael Briceño Sierralta

La gente creyó que, con el fin del nazismo, terminaba la pesadilla. Pero no es así, y sobre esa i pone el punto la doctora Zabner. “Que cada quien desde su mirada entienda, analice y tome las acciones” para que no suceda de nuevo, subraya.

Es imposible dejar de lado que la sociedad alemana no se atrevió a hablar, o hizo como que no sabía ante el horror.

Por eso para ella, la promoción de valores como la solidaridad, el respeto por el diferente, la responsabilidad individual, la coexistencia y la resolución de conflictos es lo que permite “construir una mejor sociedad”.

Hay gestos de valentía moral –así los llama Zabner- como los que hicieron posible que se conozca el horror del gueto de Varsovia. Pero también hay una persistencia de la muerte y la persecución, evidente en los genocidios que han ocurrido después del Holocausto.

Como colaboradora de Espacio Anna Frank, remarca que del Holocausto y otros genocidios –causas, contexto- se debe hablar en todos los niveles educativos venezolanos. También explica que el Espacio desarrolla más de 30 programas, que incluyen charlas y exposiciones. Priva Zabner colabora con el programa “Anna Frank, una joven como yo, va al aula”, dirigido a niñas y niños de 9 años en adelante a quienes se les cuenta la historia del diario y se les deja en libertad para que le escriban una carta a la adolescente que murió en un campo de concentración en 1945.

“Las historias son infinitas”, subraya. “Los sobrevivientes ya no están, queda la segunda generación y es una responsabilidad moral con la memoria, con el pasado, el presente y las futuras generaciones”, enfatiza.