Por iniciativa de la profesora Verónica Zubillaga, socióloga e investigadora de la violencia, Contrapunto.com recoge -en una serie de conversaciones- la opinión de integrantes de la Red de Activismo de Investigación por la Convivencia (Reacin) acerca del manejo de la pandemia que han hecho las autoridades venezolanas. Comenzamos con Keymer Ávila, seguimos con la propia Zubillaga, continuamos con el psicólogo clínico Francisco Sánchez y esta vez presentamos al también psicólogo Manuel Llorens.
“Estamos ante un sistema que no cuida a la población, sino cuida su poder; un poder que no escucha, lo cual es una fórmula terrible para gestionar una pandemia que amenaza a todos, pero sobre todo a los que están en situaciones de mayor vulnerabilidad psicosocial”, subraya

De Manuel Llorens se puede afirmar que es psicólogo clínico, y es cierto. También se puede decir que es escritor, y es tan verdad como lo anterior. Esa mezcla de sensibilidades que lo convirtieron en psicólogo y escritor las pone al servicio del análisis de la gestión que ha hecho el Estado venezolano de la epidemia de COVID-19.

En esta entrevista, hecha por correo electrónico y por iniciativa de Reacin, Llorens sostiene que ante la vulnerabilidad se puede recurrir a la omnipotencia como mecanismo de defensa. Eso podría explicar, en algunos casos, la participación en las llamadas “coronaparty”.

También critica la lógica militar con la que se ha abordado la crisis, y la analiza como una consecuencia de la política cívico-militar

-La COVID-19 genera incertidumbre. ¿Qué impacto tiene esa incertidumbre en las comunidades populares venezolanas? ¿Nos creemos invencibles ante la enfermedad? Por ejemplo, ¿Por qué siguen las fiestas, las reuniones, los encuentros si son espacios de riesgo?

-En primer lugar, preguntas sobre por qué siguen las fiestas a pesar del riesgo, y si algunos se sienten “invencibles” ante la enfermedad. Ciertamente es un fenómeno muy interesante porque entre las diversas reacciones que han tenido las personas ante el riesgo que representa la pandemia, una ha sido desestimarlo. La pandemia nos coloca frente a la experiencia de vulnerabilidad. De poseer organismos frágiles, vulnerables que pueden enfermar. Esa es una experiencia emocional que puede ser intensa. No es tan agradable sabernos vulnerables, y eso produce angustia. Se han levantado encuestas amplias que demuestran que ha habido un repunte de ansiedad ante la pandemia Las cifras de consumo demuestran que ha habido aumento de venta de licores. Todo lo cual refleja las reacciones que tiene la gente ante la amenaza. Pero otra de las reacciones que hemos podido también observar es la omnipotencia. La omnipotencia es un mecanismo de defensa, es decir, es algo que hacen las personas para lidiar con las amenazas de manera subjetiva. Hay personalidades que tienden a la omnipotencia. No por casualidad, muchos políticos son personas guiadas por ese funcionamiento.

No por casualidad hemos visto a muchas figuras poderosas responder al COVID-19 con omnipotencia. Como Bolsonaro en Brasil, que desestimó el virus diciendo que los brasileros se bañan en
alcantarillas y no les pasa nada, o López Obrador en México, quien durante semanas siguió asistiendo a actos públicos y llamando a la gente a continuar abrazándose, como desafío al virus, o Trump que solo recientemente accedió a usar la mascarilla. En Nicaragua, donde se negaron a detener las ligas deportivas, el narrador de fútbol quizás más conocido, Pepe Ruiz, exhibió omnipotencia y machismo (una combinación frecuente) declarando que el virus era “maricón”, porque podía ser liquidado “con espuma de jabón”. La omnipotencia conduce a desestimar el riesgo. En todos estos casos, los poderosos han tenido que ceder una vez que la realidad del riesgo se ha impuesto en sus países. Pepe Ruiz falleció hace unas semanas, como producto del coronavirus que había desestimado.

La omnipotencia, señala, “va de la mano de la negación, hacerse fuerte es, como dije, una manera de negar la vulnerabilidad: lo que llamamos los psicólogos, un funcionamiento maníaco. La manía se caracteriza por la omnipotencia, la negación y el desprecio”.

“Las “coronaparties” en EEUU y, en general, la desestimación del riesgo en las fiestas que hemos observado en Venezuela son respuestas maníacas ante la incapacidad de registrar la vulnerabilidad”.

-¿Qué consecuencias tiene la violencia del Estado, en la atención de la COVID-19, en las comunidades populares? ¿Cuál es el rol de un organismo como la FAES en la contención de la pandemia? ¿Qué gana la administración de Maduro al generar miedo, terror en la población con las medidas de contención de la epidemia? Restricciones, controles, barreras con el pretexto de la epidemia… ¿Qué propósito tienen en el actual contexto político?

-Me preguntas también cuál es el rol de la FAES en la contención de la pandemia y qué gana Maduro generando miedo y terror. Sé que has hablado con Francisco Sánchez de los efectos deletéreos de la violencia en las comunidades, y cómo esta ha dejado una secuela terrible de desconfianza y fragmentación. Pero me quiero remontar un poco más atrás para darle un poco de sentido a lo que estamos observando actualmente. Debemos recordar que la gestión militar de procesos ciudadanos ha sido la política del chavismo desde el comienzo. La promesa de una “unión cívico-militar” dio entrada del aparato militar a la gestión de todos los rincones del Estado.

Llorens cita a la socióloga Paula Vásquez, quien “hizo un estudio minucioso del manejo de las consecuencias de la catástrofe de Vargas de 1999 donde documenta esto al detalle”. Ella “ha denominado “militarismo compasivo” al discurso chavista en que se ha utilizado el “teatro compasivo” como la herramienta discursiva para describir el sufrimiento de la población, pero a la vez, en el que se le ha dado al militarismo el protagonismo estelar. Lo que ha conducido a un manejo muchas veces contradictorio y con no pocas consecuencias negativas”.
Por ejemplo, explica el psicólogo, “la “dignificación” del sufriente ocurre en el discurso, pero este rápidamente se vuelve molesto. Como ocurrió con los damnificados de Vargas, que se fueron quedando sin respuestas en los refugios en que permanecieron tres y cuatro años relegados. De ser personas dignificadas en el discurso público pasaron pronto a ser sujetos a ser controlados e invisibilizados para no evidenciar la ineficacia del Estado”.

Lo analiza de esta forma: “El pueblo sufriente es protagonista del discurso chavista, pero la ineficacia resolviendo sus sufrimientos termina acusando al gobierno de sus enormes fallas, por lo que el protagonista se vuelve incómodo, su queja se vuelve denuncia y lo tengo que callar para evitar quedar en evidencia”.

En segundo lugar, “el manejo militar de procesos que requieren de experiencia técnica termina siendo desastroso. La lógica de tener que cumplir órdenes y resolver problemas sociales sobre la base de la imposición termina chocando con realidades mucho más complejas”.

Un ejemplo de ello, “son las consultas odontológicas que Vásquez documentó allá en el año 2004 en que los militares conducían “operativos” de salud e imponían cuotas mínimas obligatorias de atención a los odontólogos que, acosados por el poder militar, decidían extraer cualquier diente problemático para poder cumplir con las cuotas impuestas. Aquí vemos cómo priva la lógica militar sobre la del técnico, con resultados nefastos”.

Esto, recuerda Llorens, “lo hemos podido observar en la gestión de la seguridad ciudadana, en PDVSA, en las comunicaciones, etc”.

A su juicio, “algunos de los manejos del gobierno de la pandemia serían enigmáticos si no consideramos que la lógica militarista es la que prepondera. Por ejemplo, al comienzo de la pandemia, muchas de las manifestaciones públicas fueron dadas por figuras militares. El 21 de marzo el ministro de la
Defensa escribió un tuit en que manifestaba que se estaba “librando una batalla por la vida”, anunciando un despliegue de aviones militares para el día siguiente, en honor a la “batalla” contra el coronavirus”.

Como analista, subraya: “La lógica militar funciona sobre la base de la acumulación del poder; es una carrera hacia la omnipotencia, un intento de sobreponerse a los riesgos a través de la fuerza. En consecuencia, la lógica militar apunta a la negación del dolor, de la amenaza, sospecha de lo femenino, tiende a responder a estereotipos de género conservadores y machistas”.

Todo esto “podría ser muy bueno para la guerra, pero no lo es para la atención de los enfermos. La lógica del servicio de salud es todo lo contrario. Es la lógica del cuidado del otro, es el registro de la vulnerabilidad para poder atenderla, es escuchar al cuerpo sufriente, es lo que las feministas han denominado “la ética del cuidado”. Cuando se intenta ponerle por encima la lógica militar, entonces se enreda la cosa”, añade.

-Creo que, en parte por eso, el chavismo se ha llevado tan mal desde el comienzo con los médicos. La gestión gubernamental ha perseguido al aparato médico desde el comienzo. En 21 años hemos tenido 19 ministros de salud. Las manifestaciones públicas de los médicos que intentan alertar sobre los riesgos del sistema de salud o de los brotes de enfermedades han sido interpretadas por el gobierno, no como un apoyo para atender a las necesidades de la población, sino como traición a la patria. Así por ejemplo, al comienzo de la pandemia, el gobernador del Zulia amenazó públicamente al doctor Freddy Pachano por alertar sobre contagios en Maracaibo y ordenó a la Dirección General de Contrainteligencia Militar investigarlo. De nuevo, solo entendiendo la lógica del gobierno se puede comprender que una noticia como el contagio sea tema de una Dirección de Contrainteligencia Militar.

Tal como lo puntualiza, este caso es apenas uno “en un largo listado de ejemplos. La ONG Médicos Unidos de Venezuela ha hecho un registro sistemático de la persecución a la que han sido sometidos médicos y enfermeras desde hace muchos años”.

-Un último detalle enreda aún más todo este panorama. La gestión de la FAES, el uso del miedo para intentar controlar a la población, la fragmentación del territorio controlado en algunos lugares por grupos paramilitares, los videos de fuerzas paraestatales imponiendo controles de circulación por la pandemia -como los que mostró el Fiscal General en su Twitter- han generado una sensación profunda de desconfianza hacia el gobierno y a las autoridades. La gente no siente que el Estado la va a proteger o ayudar, sino que la va a matraquear o reprimir. Eso lo hemos evidenciado en una serie de registros etnográficos en comunidades de distintos niveles socioeconómicos que hemos hecho desde REACIN. Por eso la gente no ve la oferta de atención y la necesidad de hacerse las pruebas como una oportunidad para recibir ayuda, sino una amenaza. Por eso hay casos de personas que prefieren huir de sus casas para evitar ser atendidos a la fuerza por los operativos gubernamentales. Más aún, a sabiendas del enorme colapso del sistema de salud.

Su conclusión es que “estamos ante un sistema que no cuida a la población, sino cuida su poder; un poder que no escucha, lo cual es una fórmula terrible para gestionar una pandemia que amenaza a todos, pero sobre todo a los que están en situaciones de mayor vulnerabilidad psicosocial”.