“No estábamos ni estamos preparados” para el coronavirus y la cuarentena, afirma el filósofo y profesor de la Escuela de Letras de la UCV. “La pandemia encuentra a millones de personas en una gran debilidad institucional y política, con bajísimos estándares de vida”, advierte. La filosofía ayuda a la gente “a no entregar su cabeza, a erguirse ante quienes quieran doblegarla”

Dibujos de murciélagos en tiempos en los que los murciélagos son vistos como “los malos de la partida” por algunas personas. Transmisiones en vivo por Instagram para reflexionar sobre la soledad, mientras un toque de queda no decretado hace más pesadas las noches en Caracas. Ilustraciones en las que el coronavirus, el mismísimo malvado del año 2020, habla y critica a los seres humanos… Carlos Ortiz, filósofo y profesor de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela (UCV), se ha especializado en ser incómodo, en convertirse en una “piedrita en el zapato” que cuestiona lo que hubo y lo que hay. Su premisa parece ser: si la pandemia y la cuarentena atacan a los seres humanos, entonces hay que confrontarlas. Y confrontarlos. Nada queda en pie.

Tan acostumbrado a nadar contra la corriente que incluso -al mejor estilo europeo- abrió las puertas de un consultorio filosófico para ayudar a las personas a emprender un “vivir consciente”, Ortiz decidió poner al servicio de la gente sus comentarios acerca de la pandemia y la cuarentena. Lo hace en su cuenta en Instagram: @mecanicaexistencial.

En entrevista con contrapunto.com mediante whatsapp, Ortiz sostuvo que, en pandemia y cuarentena, “uno de los dramas más duros que enfrenta la gente es el miedo a que la vida que ha tenido hasta ahora se haya acabado y no sepa cómo recuperarla”.

-Siguen teniendo vigencia las viejas preguntas de la filosofía durante la pandemia y luego de la pandemia?

-Tengo la impresión de que se ha reactualizado la pregunta por el sentido de la vida y el significado de nuestras obras. Muchos memes, videos, audios, cadenas, algunos incluso de forma muy explícita llaman a revisar la manera en que entendemos la vida y el modo en que nos comportamos con nuestro prójimo y con el planeta. Ese énfasis en el cómo estamos actuando es muy importante, porque lo más probable es que la vida no tenga sentido sino que estemos en la Tierra para dárselo. Entonces, es imperioso que tomemos conciencia del impacto de nuestros actos, que reflexionemos acerca de hacia dónde nos llevan. El sentido de la vida es vivir sin perderla, sin que se nos pierda. Hoy, uno de los dramas más duros que enfrenta la gente es el miedo a que la vida que ha tenido hasta ahora se haya acabado y no sepa cómo recuperarla.

-Qué preguntas nuevas surgen para la filosofía por la coronavirus y la cuarentena?

-Me gustaría leerlas o escucharlas todas a medida que se hagan públicas. Las que hasta ahora se avizoran son inquietantes. Por ejemplo, la reflexión de Byung Hul-Chang a propósito de lo que él ha llamado “biopolítica digital” plantea la cuestión de si la sociedad abierta realmente puede garantizar la seguridad de la gente sin derivar hacia una gestión autoritaria de la big data y las tecnologías de vigilancia. A su vez, Giorgio Agamben plantea que la pandemia ha dado pie para extender a escala global el estado de excepción y la limitación de la libertad como “paradigma normal de gobierno”, con el pretexto de restituir la seguridad de la sociedad, reclamada por ciudadanos a quienes, según su visión, se les ha venido induciendo el miedo hasta el punto del pánico colectivo.

También surge una pregunta crucial y de especial interés para la filosofía: ¿a qué llamamos economía, de qué se trata? Tal vez con la economía esté ocurriendo algo similar al cambio climático y estemos en una suerte de tiempo de descuento para evitar nuestra autodestrucción. No creo que el capitalismo haya recibido un golpe mortal, como sostiene Slavko Žižek, ni que se vaya a propagar el “virus ideológico” de pensar colectivamente en una sociedad alternativa, pero es válida su advertencia de que la forma en que se hablado de la necesidad de salvar la economía pareciera identificarla con los mercados, especialmente los de capital, y con los intereses globales del statu quo financiero. Estas son dos cuestiones vitales para la democracia activa, cuya estabilidad real depende mucho de que la economía y la seguridad públicas sean realmente un asunto político, abierto a la esfera ciudadana.

-Los seres humanos estamos preparados para un shock como el que han implicado el coronavirus y la cuarentena?

-En la medida en que vivir es, en términos “normales”, tener expectativas de plenitud y de autorrealización en un contexto social sano y próspero, lo habitual es que no estemos preparados para el infortunio. Esto no niega que haya personas, colectividades o sociedades con recursos psíquicos y éticos para afrontar este tipo de situaciones. Pero en términos generales, creo que no estábamos ni estamos preparados para esto. Y como dijo Fernando Savater, ni siquiera estábamos dispuestos a creer que esto nos pudiera ocurrir. Lo triste es que, en muchísimos casos, no estamos preparados para ello objetivamente. Es decir, la pandemia encuentra a millones de personas en una gran debilidad institucional y política, con bajísimos estándares de vida, sumida en la desigualdad tecnológica y comunicacional, subalimentada, agobiada y herida de antemano por una precariedad que enferma su espíritu.

-¿Por la COVID-19 se van a exacerbar fobias y temores? Cuáles?

-Antes de que la ciencia le diera nombre propio, la infamia bautizó al VIH como “cáncer gay”. En tiempos de la Peste Negra, por allá por el siglo XIV, no faltó quien señalara a los judíos de servirle de medio al Diablo para propagarla. Al parecer, entre ellos era menor la incidencia, cosa que hoy se le atribuye simplemente a que se bañaban. Hoy tenemos el “virus chino”, uno de los pocos éxitos comunicacionales de Trump. Las fobias sociales son las peores. En cuanto a los temores que pueda exacerbar, sin duda están el miedo a la soledad y a la muerte. Y un nuevo temor: el de la gente mayor a ser considerada prescindible o sacrificable por razones de utilidad pública. Creo que este asunto es complejo y exige serenidad y seriedad a la hora de discutirlo desde un punto de vista crítico, pero si me pongo en el lugar de una persona de 80 años, imagino la mezcla de tristeza y sensación de amenaza que la puede embargar.

-Hay pensadores que dicen que el mundo será mejor después de esta crisis. ¿Hay algún indicio de que será así?

-Para que sea mejor, el sistema socioeconómico y político tiene que ser mejor. ¿Qué significa eso? Le toca a la filosofía abrirse paso en esa discusión, que concierne de forma muy concreta a las prácticas sociales y políticas. Ya a finales de los años 70, Michell Foucault advertía que el optimismo epistémico y programático del neoliberalismo podía llevar a plantearlo no solo como el modelo económico global por excelencia, sino a imponerse como un modelo global de existencia. Ahora, la gente puede ser y hacerse mejor si toma una conciencia más ética de su finitud, de sus límites y de eso que llamó Martha Nussbaum “la fragilidad del bien”. Entender que vivir es aspirar al bien como una realización personal que es también social, pero que ese bien está permanentemente amenazado por el infortunio. Y que por eso hay que cultivar la entereza de espíritu, que es una virtud y, como toda virtud, es pública, se ejerce en la relación con los otros.

-¿Por qué usted consideró necesario hablar sobre filosofía durante la cuarentena y la crisis de la COVIOD-19?

-En la Escuela de Filosofía de la UCV tuve la suerte de contar con profesores que me ayudaron a entender que la filosofía es también una vocación de servicio. Yo diría que es un servicio político de carácter espiritual que, así como incordia al poder a fuerza de preguntas y repreguntas incómodas, alienta a la gente a ejercer conscientemente su libertad, a cultivar la responsabilidad de ser autónomos. Y también a no entregar su cabeza, a erguirse ante quienes quieran doblegarla. Y lo más importante, a confrontarse consigo misma, con el miedo, con la adversidad. Entonces, en una situación como esta, consideré que debía contribuir a pensar en el problema que vivimos con serenidad y en los términos más razonables posibles, en buena medida para saber qué hacer.