Los días 24 y 25 de julio será posible encontrarse con Elvira, una mujer dividida entre su hija que se fue y su hija que se queda. “Uno tiene una historia en un país -hecha de amigos, vecinos, anécdotas, pasado, muertos en el cementerio- con la que tienes que romper”, explica la actriz y dramaturga

Podría haberla elaborado ayer. Pero lo hizo en 2014, cuando el país no había descendido al foso y la migración era grande pero no masiva. Lupe Gehrenbeck escribió Ni que nos vayamos nos podemos ir mucho antes de los caminantes, las fronteras cerradas y los pasaportes ausentes o impagables. Hoy, su obra vuelve a las tablas, y lo hace en el Centro Cultural Chacao los días 24 y 25 de julio a las 11:30 am.

“Es una mamá que se debate entre quedarse con todas las razones que tiene para quedarse, o irse con todas las razones que tiene para irse. Esas dos razones además las pongo en la carne de sus dos hijas: hay una que está afuera, que la necesita; y otra que está aquí, que la necesita también”, describe Gehrenbeck en una entrevista por zoom a la que un bajón eléctrico le cortó la voz y el rostro.

-¿Qué cosas cambiaron en estos siete años?

-Aparte de lo numérico, que expresa lo fáctico, son más de 6 millones siendo prudentes en el cálculo, y eso se debe a un agravamiento de la situación económica de la gente; inseguridad de todo tipo: alimentaria, física, jurídica. La gente se ha visto forzada a salir del país con poco o con mucho. Eso ha cambiado un poquito las cosas. Sin embargo, ver el fenómeno de la migración desde el centro de una casa, desde el corazón de una familia, sigue siendo el mismo tema desde 2014, e incluso antes. Porque es un asunto muy doloroso: para los que se quedan y para los que se van.

-¿Por qué es doloroso para el que se va, que va a empezar una nueva vida?Las cas

-Para el que se va es doloroso porque Venezuela es un país lleno de razones para quedarse. No solamente el color del cielo y la temperatura de la brisa, sino la calidad de su gente, las relaciones afectivas, que son lo que a uno lo constituyen como persona. Uno tiene una historia en un país -hecha de amigos, vecinos, anécdotas, pasado, muertos en el cementerio- con la que tienes que romper. Unas maneras, unos usos, unas costumbres; una manera de relacionarte con los otros, de besar en el cachete, de desayunar, de caminar, que entonces tienes que empezar a negociar en una tierra ajena donde los significados no son los mismos. No es fácil, ni siquiera cuando es gente que emigra por dinero y con posibilidades.

Siempre es traumático, agrega, porque “tienes que cambiar tus costumbres, tienes que cambiar tus afectos y eso siempre duele”.

También es duro para el que se queda porque “además de sufrir la misma distancia del afecto, sufre la casa llena de ausencia, sufre ese vacío”. Hay muchos viejitos “que están tratando de conseguir la manera de seguir viviendo con calidad de vida, pero la ausencia es una cosa que duele desde que amanece, hasta que te acuestas: la ausencia de hijos, amigos, de la gente que quieres”.

Las casas, afirma, “se han vuelto casas del abandono, del olvido; hay muchas casas abandonadas, las calles también resienten eso. Un país al que se le va su gente es un país que está herido”.

-Desde 2014 a 2021 se ha agravado la herida.

-Yo diría que se ha agravado porque es más gente la que se ha ido. Escribí una primera obra, en 2007, que se llamó Nos vamos o nos quedamos, cuando empezó el efecto de la emigración. Lo asumí como esa conversación que abres el periódico y dices “¿será que nos vamos a tener que ir?”. Esa conversación que presumes que hay en muchas casas, que es la inquietud porque a fulanita la secuestraron, a zutanito le mataron al hijo, la carestía. Pero esa primera obra fue una comedia; la hicieron Tania Sarabia y Natalí Cortés en tono comedia. Una señora que se enamoraba de un supuesto francés que se la iba a llevar a las Europas, y el francés la dejaba esperando en Maiquetía, y en Maiquetía se encontraba con otra que también había sido novia del francés. Era una comedia, cuestionando esa cosa que tiene el venezolano de que nos encanta un musiú y siempre pensamos que lo de afuera es mejor.  A partir de allí comencé a elaborar el tema que nos estaba empezando a mortificar, el tema de la migración. Pero 10 años después, cuando escribo “Ni que nos vayamos nos podemos ir”, ya no es menos de un millón de emigrados, sino más de seis millones. Por eso, aunque la obra ofrece muchas oportunidades para la risa, porque eso es una cosa innegociable de nuestro carácter –afortunadamente-, es una obra que lo asume desde otro ángulo; desde un sentimiento más herido.

No quiso hacerle cambios al texto. Elvira, la protagonista, dividida entre sus dos hijas permite a Gehrenbeck “hablar de un país dividido, un país que se mira desde dos cosmogonías, desde dos maneras de entender un mejor futuro para todos los venezolanos”.

Hemos padecido “una pérdida de empatía a partir de la división que hemos sufrido en los últimos años, y creo que hay que restituir eso, hay que restituir la capacidad de diálogo y la capacidad de ponerse en los zapatos del otro”.

-¿Cómo se restituye la empatía?

-Justamente poniendo las dos razones frente a frente, y tratando de valorar la validez de cada una de las razones. En este caso, como son dos hijas a quienes la mamá quiere por igual, es el afecto lo que permite hacer el puente y tejer esa justicia que se hace a cada una de las hijas. Cada una tiene derecho de pensar lo que piensa y decidir lo que decide.

El resto de la entrevista se hizo por Whatsapp.

-Qué quiere visibilizar con la obra?

-El problema de la emigración normalmente se lee en cifras, cifras que en Venezuela ya tienen magnitud de titulares escandalosos en los periódicos mas importantes del mundo. Pero si el problema tiene esa magnitud de gran escala de mas de seis millones de venezolanos que han abandonado el país, también entonces podemos asumir la escala humana que nos afecta a todos, en cada casa, en cada familia que trata de remediar la distancia que la separa de sus seres queridos. Y es a esa escala humana, cuando mejor podemos aspirar a comprender qué es lo que nos está sucediendo y tal vez llegar a visionar cuál puede ser el remedio a la ausencia que se nos ha instalado en el país.

-¿Es una obra para reír? ¿Para llorar?

-Es una obra para identificarnos. Para encontrar razones y entender las de otros. Para transitar por lo sentimental del fenómeno de la emigración y permitirnos la catarsis. En nuestros términos, desde nuestra comprensión de las cosas, en venezolano, verbo y gracia, con las ganas de reír siempre intactas y con esa facilidad en el abrazo que nos distingue.

-Usted habla de ponerse en los zapatos del otro. Al hablar de migración, ¿quién debe ponerse en los zapatos de quién?

-Ambos bandos siempre, de eso se trata la empatía, de tratar de entender las razones del otro antes de tomar el atajo del rechazo o la recriminación. La incomprensión solo acarrea tristeza, para el que no comprende y para el incomprendido. De manera que es un juego siempre de dos, una dialéctica de contrarios que puede, a partir del contraste y la confrontación, encontrar una tercera manera a través del afecto y el respeto.

-¿Qué cree que caracteriza a los migrantes venezolanos?

-La resiliencia. La valentía. La creatividad. La capacidad de reinventarse que pareciera infinita. Tanto para los que se van como para los que se quedan con el vacío y no descansan en el esfuerzo de procurarse el bien vivir. El equipaje cargado de arepas, de cielo azul y las ganas de reírnos hasta de los peores días. Eso no nos lo puede quitar nadie. Eso lo llevamos a donde vamos.

-Además de estas presentaciones en Chacao, ¿harán otras en otros espacios?

-Luego de asistir al Festival Internacional de Prishtina en Kosovo, haremos temporada en Caracas a partir de finales de año y principios del año que viene. Estas dos funciones son especiales, hechas con toda la ilusión de recaudar fondos que nos permitan el viaje… para volver.