Este artista de la piel puede pasar horas dedicado a sus creaciones. Tiene 21 años, proviene de una familia de artistas y no ha dejado de trabajar en cuarentena. Está por abrir su propio estudio en La Trinidad, en Caracas

Leonardo es Larry Tattoo, y el Rincón de su apellido y la voluntad de seguir convirtiendo los cuerpos en la mejor obra de arte siguen tan vivos como antes, en ese antes en el que no había coronavirus y la única limitación para tatuarse era el miedo a las agujas o el gusto particular.

Larry sigue tatuando y sigue poniendo esperanzas en un futuro no muy lejano, en el que la existencia sea sin tapabocas y el gel antibacterial sea una elección y no una obligación. Se mantiene activo, con todas las medidas de seguridad que impone la COVID-19, y trabaja en la apertura de su propia tienda en Caracas.

Tiene 21 años y decidió dejar atrás la carrera de Comunicación Social en la Universidad Monteávila, para caminar su sueño. Tatúa formalmente desde hace tres años. Viene de una familia de artistas, de una abuela y un tío que pintan, de un primo que dibuja.

“Siempre me han atraído los tatuajes. Desde chiquito he dibujado… Toda la vida”, cuenta Larry. “Dibujo desde que tengo uso de razón”. Pasó su racha de lo que llama “error tras error”, y así creció. “A una sola persona le desgracié la vida: Le hice una luna y eso quedó bastante feo, de pana, de pana. Quizá me odia, aunque yo se lo advertí”.

En la tienda Poison Tatoo comenzó como aprendiz. “Poco a poco fui dándole hasta llegar donde estoy”, agradece.

Se siente más cómodo con el blanco y negro, pero no se niega al color. “Creo que me gusta el blanco y negro porque desde chiquito he dibujado con lápiz y marcador”, para mejores volúmenes. Para tatuar debe pasar a la máquina y tener conocimiento de los dibujos.

Larry afirma que el tatuaje es arte corporal: “Son cuadros que van en la piel. Una obra de arte” que además te vas a ver todos los días en un brazo, por ejemplo. “Es como admirar una pieza de arte” en un museo.

Un tatuaje es “para toda la vida. Toda tu vida lo vas a ver y te tiene que gustar”, explica. Le gustan las líneas, el microrealismo para que se vean más detalles.

El tiempo más extenso al que se ha dedicado a un tatuaje: Once horas, porque era grande y necesitaba detalles. No le gusta tatuar las palmas de las manos, la planta del pie y dentro de la boca. Sin embargo, insiste: “Todo el cuerpo se puede tatuar”.

A Larry lo tatúan sus amigos en la tienda. Algunas partes de su cuerpo ha sido campo de prácticas de otros. Y justamente por la experiencia prefiere no tatuar a quien “cada tres segundos esté cambiando el diseño” o poniendo peros.

Por la cuarentena está tatuando en su casa con un protocolo de seguridad: “Dejar los zapatos afuera, desinfección de manos, todo el tiempo se usa el tapabocas”.

Por supuesto que tatuar con una mascarilla es un fastidio. “Me tengo que parar, quitármelo, respirar un poquito”, admite. Pero no por eso se ha paralizado.

“Estoy trabajando para montar mi propio estudio”, anuncia. Solo falta decorar el espacio para comenzar. La inauguración formal de este espacio, ubicado en La Trinidad, se dejará para otro momento.