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Sábado, 25 de Febrero de 2017

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Y por tu Píritu

Y por tu Píritu
Laguna de Píritu - Imagen tomada de http://www.bitacoraplayera.com/

Mucha guitarra, muchas ausencias y el reencuentro con la familia y amigos en Puerto Píritu

En memoria de Aurora

Y tía Carmen

Viajando desde el jueves 9 y sin acceso a internet desde entonces. Desconectado. No muy pendiente de las noticias: imagino que si terminan de dar el golpe de Estado me enteraré gracias al incremento exponencial de uniformes militares y de corte fascista marca Columbia en todos los ámbitos, sueños y entre líneas. Entretanto la única prensa que he leído es un Quinto Día comprado en un kiosco junto al cementerio de Campo Lindo; mi viejo quería Últimas Noticias –es uno de los tres o cuatro chavistas que quedan en la familia–, pero solo había un representante de la prensa nacional, este semanario de seis páginas y quinientos bolos, en el que destacaba el hecho de que Venezuela es el único país donde los sobornos de Odebrecht no han producido al menos un detenido –porque primero habría que quitarle el mazo, desmazarlo pues–, y el dato de que no soltarán a Baduel, que está por cumplir su condena, porque van a acusarlo de conspirar desde la cárcel para dar un golpe de Estado.

¿Se han fijado que en este país todo se maneja desde una celda? Los pranes extorsionan a los chinos, coordinan secuestros, controlan minas y hasta participan en la farándula y la política desde la cana, chirona, o “espacio humanitario y bolivariano habilitado para la privación de libertad”. ¿Leopoldo López supuestamente no cometió un poco de asesinatos estando encerrado en Ramo Verde? ¿Y no habrá sido Chávez el que inició esta moda cuando dirigió el segundo golpe del 92 desde su calabozo en Yare? Por eso las cárceles del país están abarrotadas por gente sin condena y a menudo hasta sin delito, porque es donde se vive mejor y donde se bate el cobre, o se cocina la pasta italiana que les llega en las bolsas del CLAP.

Si yo fuera Diosdado haría como aquel otro narco, Escobar, y comenzaría a construir de una buena vez la prisión desde donde seguiría exprimiendo a este país que nunca lo ha querido.

Pero mi padre no lee Quinto Día, lo considera escuálido, y la idea de encontrarnos en Puerto Píritu es evitar hablar de política, y despedirnos; no nos veremos por un buen tiempo y esta ciudad, fundada por misioneros (como las de Guayana), es lo más parecido en la familia desde hace algunos años a un centro entre Caracas, Margarita y la Gran Sabana.

Imagino que toda familia tiene un centro geográfico y emocional. El nuestro fue durante muchos años Maracay, pero ya no.

Temperamos en este puerto desde hace más de veinte años, cuando los francocanadienses dominaban la arena y los numerosos restaurantes del bulevar permanecían abiertos el 24 y la noche de año nuevo. Alguna vez pensamos vivir aquí. Me gustan su iglesia, algunas calles estrechas y la laguna, llena de flamencos, cotúas, tijeretas, gaviotines y canoas como bateas, impulsadas con largas varas para lanzar redes destinadas a capturar camarones. Queríamos montar un rancho en la playa y vender canoas de mariscos: media piña rellena con calamares y camarones en salsa bechamel.

Estoy casi seguro de que este plan es anterior al de adquirir con Rubi Guerra un peñero para vender hielo en alta mar a la flota pesquera venezolana, entre Paria y Trinidad; y el de comprar con Néstor Azuaje un terreno en Turgua para sembrar grama y venderla a viveros y constructores.

Pero el deterioro creciente del país espantó a los quebecuás y fueron reemplazados por trabajadores de Jose (así sin acento, es el complejo petroquímico de PDVSA que envenena a toda la región), y en Píritu se agudizó el problema con el agua y el servicio eléctrico, la inseguridad de todas las playas nacionales, aunada ahora a la escasez y el encarecimiento de lo poco que hay.

Permanece el mar color guarapo de caña, debido a la boca de la laguna que, por cierto, cosa que mucha gente no sabe (yo sí porque tengo un hermano que me cuenta esas cosas), fue creada por los españoles al desviar un brazo del río Unare para inundar una salina y así fastidiar un negocio entre los holandeses y los cumanagotos.

Con todo, mi familia ha mantenido algo de presencia en esta ciudad de un modo u otro, sobre todo en los últimos diez años, y se hizo nuestro centro porque es una distancia que se puede recorrer en un día bien aprovechado desde Santa Elena, a poco más de mil kilómetros (pero a novecientos años luz de las Tres Marías), y un viaje desde Caracas al que mis viejos ya están acostumbrados, que no iba a pesar a la familia de Maite ni a mis otros hermanos y hermanas de Caracas, Puerto Ordaz y Margarita.

Mucha guitarra, muchas ausencias y el reencuentro con un amigo de Santa Elena que ahora vive en Barcelona. Comer, beber, algo de playa. Un arco etario entre los cinco meses de nacido y los noventa años bien llevados. Mucho cariño.

Pero los puertos fueron hechos para partir, ¿verdad?

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