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Sábado, 25 de Febrero de 2017

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Opinión

El ojo mecánico | De películas y otras anotaciones de un cinéfilo empedernido

“Y el Óscar es para…” (I)

“Y el Óscar es para…” (I)
- Foto: AP

Baste este modesto ejercicio de imaginación para avizorar lo que seguramente no pasará en la gala de los Óscar. He aquí un palmarés muy personal en las categorías de Actriz y Actor de Reparto, Guion Original y Adaptado, y Película de Habla No Inglesa

Ya es común que la decisión final de los más de 6.000 miembros de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Estados Unidos, responsables de la adjudicación de los premios Óscar, no siempre coincida con las películas favoritas de críticos y cinéfilos. Esto, por supuesto, no es impedimento para que cada quien, desde su propia valoración, arme su galería de ganadores, quizás, desde afuera, basándose en los aportes formales y conceptuales de sus filmes preferidos, y a conciencia de que, puertas adentro de la Academia, pesan factores extracinematográficos, como el poder de las campañas de promoción de las nominadas, la presión de grupos de poder dentro de la industria (el team de los Weinstein; el del rey Midas Steven Spielberg; la comunidad artística afroamericana, etc.), y hasta la situación política estadounidense.

Pero dado que la temporada de los Óscar ha pasado desde hace años a ser un asunto de interés mundial, es perfectamente previsible que quienes tenemos al cine como mucho más que una afición o una distracción, nos aventuremos a inventariar una particular premiación sustentada esencialmente en la perfecta integración de la forma y el contenido y en la pertinencia de un discurso frente a la realidad, frente al actual estado de las cosas.

En esta columna, que responde más al “yo desearía” que a “lo que será” se otorgará una estatuilla simbólica a las obras que, desde la mirada de un cinéfilo irredento, son las más destacadas de la preselección hecha por la Academia. Sabemos que fuera de ese lote quedaron montones de obras que por no encajar en el mainstream podrían conformar un inmenso listado de “películas invisibles”. Comencemos…

Y el Óscar a la Mejor Actriz Secundaria es para… Viola Davis por Fences. Y es que esta intérprete es lo menos teatral de la película que dirige Denzel Washington a partir de la obra homónima de August Wilson. Pese al carácter afable y hogareño que aporta al personaje de Rose Maxson, Davis hace progresar su papel de amante y dedicada esposa de un exbeisbolista frustrado y alcoholizado, al de una mujer frustrada y a punto de mandarlo todo al infierno. La escena en la que Rose se enfrenta a su marido Troy (Washington) para echarle en cara que la ha anulado es una magnífica demostración de su capacidad para manejar emociones extremas sin que sus parlamentos terminen ahogados en sus propias lágrimas.

No se lo doy a Michelle Williams (Manchester frente al mar) por la brevedad de su personaje dentro de la historia y, por ende, porque casi no hay un arco dramático en él; ni a Nicole Kidman por su retrato bastante prefabricado de una mujer australiana que adopta niños huérfanos del tercer mundo. Tampoco premio a Octavia Spencer porque su interpretación carece de matices emocionales, es demasiado esquemática. En cualquier caso, la más cercana competidora de Viola Davis sería Naomie Harris, quien en Moonlight se muestra convincente como ese despojo de mujer y de madre en la que la ha convertido su adicción a las drogas y a los amantes ocasionales.

Y el Óscar como Actor Secundario es para… Mahershala Ali, de Moonlight, por su encarnación del impasible distribuidor de drogas Juan, el único personaje del que el protagonista del filme, Chiron, recibe un afecto sincero, a pesar del acoso de que es objeto, del entorno violento en el que crece y de su inconfesable homosexualidad.

El más fuerte competidor de Ali en esta categoría sería Michael Shanon, quien da vida en Animales nocturnos al retorcido detective Bobby Andes, un personaje casi indescifrable que reacciona de las maneras que el espectador menos espera: a veces cínico, a veces compasivo. Su interpretación recuerda a la que Dennis Hopper hizo para Terciopelo azul; una extraña combinación de demonio angelical o ángel demoníaco.

Quedan por fuera en este palmarés, Jeff Bridges (Hell or High Water), que de ser premiado estaría recibiendo un reconocimiento a su toda carrera y no al magnífico sheriff que encarna en la cinta de David Mackenzie; Dev Patel, cuya interpretación en Lion resulta más edulcorada que creíble, y Lucas Hedges, un buen y joven actor en Manchester frente al mar, pero del que todavía hay mucho más que ver.

Y el Óscar al Mejor Guión Original es para… Taylor Sheridan por la película Hell or High Water, de David Mackenzie. El también autor del guión de Sicario (Denis Villeneuve) escribe un wéstern contemporáneo sin desperdicios, mordaz, crítico implacable del sistema financiero de Estados Unidos, con un humor de efecto sulfúrico y unos personajes –todos, desde los protagonistas hasta los figurantes– tan bien delineados que, en conjunto, ofrecen una radiografía muy realista del ser estadounidense: ambicioso, de ética acomodaticia, violento y hasta de pésimo gusto.

A Damien Chazelle (La La Land) lo dejo por fuera debido a su complaciente visión del Hollywood actual; a Kenneth Lonergan (Manchester frente al mar), por la simplista resolución que le da al drama de carácter épico que cuenta en más de dos horas, y a Mike Mills (20th Century Women) por apegarse a un romanticismo que empaña su clara visión del mundo femenino durante los liberales años setenta.

Si la estatuilla pudiera en repartirse en dos, además de Sheridan, le debería tocar una mitad al realizador griego Yorgos Lanthimos, por su increíble visión de una humanidad incapacitada para amar, tal como se plantea en La langosta.

Y el Óscar a Mejor Guión Adaptado es para… Barry Jenkins, de Moonlight, por la simpleza, la honestidad y la poesía con la que tradujo al lenguaje cinematográfico la historia escrita por Tarell Alvin McCraney. Una historia sobre lo duro que es alcanzar la libertad personal en un país que, precisamente, defiende la libertad como el mayor de sus valores. De no ganarlo Jenkins, en su lugar, este 26 de febrero, debería subir al escenario del Dolby Theatre, de Los Ángeles, Denis Villeneuve (La llegada) por el sentido filosófico que le dio al relato de Ted Chiang.

Y el Óscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa es para… The salesman, del realizador iraní Asghar Farhadi, pero no en compensación a las prohibiciones migratorias del presidente Donald Trump, y que le harán imposible asistir a la gala de los Óscar, sino por esa manera tan suya y contundente de hacer de una anécdota aparentemente fútil –la mudanza inesperada de una joven pareja del apartamento donde vive en un edificio en peligro de colapsar– una exploración profunda de las relaciones humanas. La suya es una obra que hay que leer entre líneas, pues más allá de su argumento, hay un duro cuestionamiento a un sistema de creencias, de códigos sociales e imposiciones políticas cuyo propósito no parece ser otro que el de humillar a sus ciudadanos.

¿Su mayor contendiente? La alemana Toni Erdmann, de Maren Ade, una realizadora de refinado sentido del humor que pone en entredicho la nueva aspiración del ideal germano: salir a la conquista financiera de Europa, aun a costa de la desintegración de los lazos familiares y de los afectos verdaderos.

El resto de candidatas –Un hombre llamado Ove, de Suecia; Tanna, de Australia, y Land of Mine, de Dinamarca– no hacen más que ajustarse a los gustos de Hollywood a través de historias inspiradoras enmarcadas en culturas diferentes, es decir, que idealizan el amor, que se rinden ante el exotismo de las últimas comunidades aborígenes y que recrean historias de sobrevivencia en tiempos tan difíciles como la postguerra, respectivamente.


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