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Sábado, 18 de Agosto de 2018

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Opinión

Generación NoMo | Una mirada al universo de la mujer moderna

Una nueva mirada el séptimo arte: la época de las grandes heroínas llegó

Una nueva mirada el séptimo arte: la época de las grandes heroínas llegó
Imagen tomada de http://lanacion.cl -

Sobre un tópico nuevo que brinda a lo femenino la posibilidad de mirarse desde una perspectiva desconocida y con toda seguridad perdurable

Sin duda, el cine ha demostrado ser una forma de comprender la época que intenta reflejar. Un símbolo poderoso, que no sólo traduce en forma más o menos sencilla las visiones, opiniones y reflexiones sobre la cotidiana e incluso las grandes preguntas existencialistas universales, sino también un acercamiento a las tensiones, dolores y temores de la cultura a la que pertenece. Pero más allá, el cine como industria es una caja de resonancia sobre las pulsiones de lo contemporáneo y sus implicaciones. Por ese motivo, es evidente que el cine — la industria que sostiene esa gran expresión artistica — modula las pulsiones y análisis de nuestra cultura con una precisión casi doloroso. Hace unos años, la actriz Maggie Gyllenhaal contó a la web norteamericana “The Wrap” que había sido rechazada para un papel donde encarnaría a la amante de un hombre de cincuenta y cinco años. ¿La razón? La nominada al Oscar contó que el director de casting no tuvo tapujos en explicarle “que era muy mayor para el papel”. Gyllenhaal no sólo descubrió la cara oculta de Hollywood y su manera de discriminar al género femenino sino además, lo que es lo que es un secreto a voces: la vida de los actrices en la meca del cine es efímera. “Primero me sentí mal, después me enfadé y finalmente me eché a reír”, confesó la actriz al contar su experiencia “pero es evidente que algo está muy mal en todo. Hay algo en la estructura del qué se vende al público y se toma por real que necesita un cambio urgente”.

Por supuesto, lo ocurrido con Gyllenhaal no es la excepción ni mucho menos un caso aislado de la percepción general que tiene Hollywood sobre la mujer, la belleza y la juventud. Hace menos de un año, el crítico de cine A.O Scott, se refería al mismo tema en un extraordinario ensayo publicado por el The New York Times hace unos años, donde se refería a lo que llama “las cifras patriarcales”. Scott, que analiza la cultura occidental a través de los mensajes y metamensajes de la televisión y la cinematografía actual, insistía que la edad de los personajes principales — masculinos y femeninos — en series y películas de alta factura se ha reducido drásticamente en la última década. Para el crítico, esa disminución en los estereotipos de referencia — la visión del líder cultural y social, el apoyo de historias y nudos narrativos — parece sugerir que el hombre y la mujer actual se consideran cada vez más jóvenes, a pesar de la biología. En otras palabras, la juventud se asume como necesaria, inevitable, estrechamente relacionada con el éxito y sobre todo, como elemento indispensable de una interpretación sobre nuestra imagen social muy específica. No obstante, la percepción sobre la juventud ideal comienza a formar parte de un debate general sobre la imagen y la percepción del cine como reflejo de la presión estética, a medida que los grupos de poder y el activismo que promueven la concepción del cine como una herramienta poder y de divulgación, han creado toda una nueva visión sobre la mujer y el hombre desde su capacidad para envejecer y mostrar una percepción corporal más cercana a la realidad.

Otro tanto podría decirse de la participación de la mujer en la industria, tema álgido sobre todo en tiempos de un activismo enfocado en la búsqueda de la visibilización del talento y el poder femenino en la meca del cine. Hay pequeñas señales que quizás, el poderoso mecanismo de Hollywood comienza a replantearse aspectos muy concretos sobre la identidad comercial de género que hasta ahora ha sostenido como esencial. La lucha de mujeres como Meryl Streep — la actriz con mayor cantidad de nominaciones al premio Oscar en la Historia — representa un hito sobre lo que esa percepción sobre el deber ser en la meca del cine. Streep, que posee una enorme visibilidad y sobre todo, un considerable poder dentro del mundo del cine, se ha propuesto modificar las reglas no escritas sobre el hecho de la participación de la mujer de manera relevante dentro de la industria, signada por un tipo de machismo lo suficientemente agresivo como para limitar la participación femenina en industria a niveles preocupante. A partir del escándalo Weinstein, la percepción sobre el machismo y las trabas a la que se enfrenta la mujer dentro de la industria del espectáculo son más evidentes. Streep ha dado un paso concluyente en defensa de la representatividad femenina alejándose de etiquetas y luchando lo mejor que ha podido contra el hecho de alinearse con ideas feministas. De hecho, más de una vez ha dejado claro que su labor en la búsqueda del equilibrio es una idea racional y humanista, antes que un planteamiento político en sí. La actriz muestra gestos de apoyo a líneas y argumentos muy precisos y es ese punto de vista lo que hace su lucha sustentable: hace tres años aplaudía de manera muy visible el discurso reivindicatorio de Patricia Arquette durante la entrega de los Oscar, dejando claro su posición al respecto. Después, creó la iniciativa Writers Lab, en un intento de incrementar y apuntalar el trabajo de mujeres guionistas mayores de 40 años en la industria del cine. Para completar el trabajo arduo y a la sombra, en junio del mismo año enviaba cartas a congresistas estadounidenses para apoyar la Enmienda por la Igualdad de Derechos. Para Streep la lucha es de conceptos basado en hechos. Una argumento sencillo pero contundente sobre la igualdad que comienza a rendir algunos pequeños pero significativos frutos.

“Tenemos por delante un nuevo día y cuando finalmente amanezca, será gracias a muchas mujeres, muchas de las cuales están en esta sala, y muchos magníficos hombres que van a luchar unidos para garantizar que llegue el momento en el que nadie tenga que decir, nunca más, ‘yo también’” dijo Oprah Winfrey durante la 75º edición de los Globos del Oro, que se celebró hace menos de dos meses salón de eventos del Beverly Hilton. El discurso de la productora y actriz, puso en evidencia que la industria Hollywoodense, tal y como la conocemos, es muy probable esté a punto de cambiar para siempre. Después de todo, la entrega de premios, sirvió de marco a un evidente y muy directo reclamo sobre la desigualdad de género en medio de un sistema en que los grandes grupos de poder, con frecuencia aplasta cualquier tipo de participación basada en la diversidad. Con actrices vistiendo trajes negros y con discursos públicos que dejaron muy claro el hecho que una nueva generación de mujeres había tomado el poder dentro del Hollywood actual, resultó evidente que la constante presión de movimientos como #TimeUp y #MeToo había logrado convertir no sólo a la Gala sino a la relevancia del evento en un interlocutor válido para expresar ideas muy concretas sobre la necesidad de una reivindicación de la mujer en la Industria del espectáculo, una idea que hasta hace menos de dos años habría resultado no sólo incómoda, sino quizás, impensable.

El efecto colateral de lo que ahora mismo ocurre en la Meca del Cine, parece extenderse a todas las finas líneas que convierten la Industria en centro neurálgico de nuestra cultura. Como ejemplo, la notoria tendencia de las grandes cadenas televisivas en adecuarse a las nuevas exigencias de la audiencia y que sin duda, parecen favorecer a la mujer y su representatividad. En 2017 de alrededor de 70 pilotos de futuras series, apenas siete fueron siete dirigidos por mujeres. Un año después, de los 66 pilotos encargados por diversas cadenas y productoras, más de 27 han sido escritos y producidos por mujeres o productoras, dirigidas por mujeres o con una importante representatividad femenina. “La cultura es un reflejo de lo que sucede en la sociedad. Me sorprendería que no existiera esta capacidad de respuesta con todo lo que está pasando, teniendo en cuenta además que ha sido dirigida a través de la comunidad artística”, dijo a Variety Stacey Schulman, ejecutiva de estrategia y análisis del grupo mediático Katz.

Definitivamente, el mundo del espectáculo está reflejando lo que parece ser un cambio social de envergadura. Hace unos años, Susan Sarandon comentó que apenas cumplió los treinta años, comenzó a recibir guiones para ser la “madre de…” en lugar de “la hija de…” y que el trabajo comenzó a escasear, un fenómeno que parecía traducir la opinión sobre la mujer de una industria, controlada mayoritariamente por hombres “Llegué a una frontera que nadie en Hollywood sabe muy bien como manejar: La madurez femenina” comentó con cierta ironía en una entrevista que publicó la revista Variety hace un par de años. Un cambio durísimo — pero inevitable — que todas las actrices de Hollywood deben afrontan en algún momento de sus carreras. Porque la vida útil de una actriz al parecer está directamente relacionada con su capacidad para evocar un tipo de belleza cristalina, atemporal, única. Más allá, el terreno se hace borroso, insustancial y también muy duro de afrontar. En una entrevista para Vogue Australia, la magnífica Cate Blanchett confesó que temía “los cambios de la edad” y que le aterrorizaba que sucedería cuando “ya no pudiera fingir era más joven de lo que realmente era”. Incluso Meryl Streep suele contar con su habitual buen humor, que continúa actuando porque “insisto en que sólo haré de mujer sexagenaria, blanca y aburrida”. Durante décadas, la imagen hipersexualizada y trivial de la mujer pareció una visión sobre lo que ocurría detrás de bambalinas: mientras Harvey Weinstein abusaba de mujeres bajo su nómina o directamente bajo su influencia e instauraba en Hollywood una percepción retorcida sobre la posibilidad del abuso, las mujeres en la pantalla grande eran cada vez más superficiales, banales, secundarias. Mujeres con una apariencia física que respondía a un peligroso patrón de idealización y que además, parecían dejar muy claro la opinión prejuiciada sobre lo femenino sometido al escrutinio del espectáculo. Un pensamiento complicado si analizamos la idea que la mayoría de nuestra cultura, es una reinterpretación de esa otra comprensión de la realidad y la historia cotidiana a través del arte que crea y sustenta el inevitable ciclo de referencias.

Pero, una vez derrumbado el mito Weinstein y sus implicaciones, el camino parece abierto para una transformación que sin duda, cambiará el cine y la televisión para siempre. De hecho, esa nueva visión sobre la mujer como figura del arte y el espectáculo ya comenzó: En la serie de la cadena Netflix “Stranger Things” (que con su segunda temporada se consolida como una de las más populares del medio) dominan los personajes femeninos poderosos y multidimensionales: Eleven ( Millie Bobby Brown), Nancy (Natalia Dyer) , Joyce (Winona Ryder) y Max (Sadie Sink) forman un poderoso cuarteto que protagoniza la mayoría de la trama y que además, sostiene con facilidad una historia basada directamente en una noción moral familiar y casi idílica. Juntas, se muestran como una expresión de una nueva visión sobre la concepción de lo fuerte, pero también, sobre la noción del poder, que convierte a sus personajes en metáforas sobre una concepción consistente sobre lo femenino. Algo semejante ocurre con la Game of Thrones de HBO: Desde Cersei Lannister (Lena Headey), el poder detrás del trono o el espíritu indomable de Arya Stark (Maisie Williams), las mujeres de Juego de Tronos no sólo luchan contra la violencia de la guerra sino también, contra la percepción que se tiene de ellas, una batalla que no siempre ganan y que hace mucho más dolorosa sus caídas y equivocaciones. Como Daenerys Targaryen (Emilia Clarke), que llevó a la desgracia a su pueblo por una serie de equivocaciones que podrían acercarse a su llamada “naturaleza femenina” o incluso, Sansa Stark, que atraviesa una madurez dolorosa y cargada de pesares por atenerse al papel clásico que la cultura donde nació creó para ella. Todas las mujeres de la historia, parecen concebidas para la batalla y asumir su rol, en independencia del poder que ostentan o de las vicisitudes que deban enfrentar. Pero aún así, evolucionan, crecen y se hacen cada vez más poderosas. Para la penúltima temporada, el tablero de juegos de poder se concentra en los personajes femeninos y de hecho, son las Reinas quienes deciden el destino y vicisitudes del imaginario Poniente.

La revolución de las mujeres poderosas parece estar en todas partes. Desde la espléndida Charlize Theron, demostrando con un sólo brazo y una dura mirada de sobreviviente que una mujer puede liderar una película de acción sin el menor esfuerzo, pasando por la Nora Durst de The Leftovers, que durante la segunda temporada de la serie tomó una extraordinario protagonismo, la Kimmy Schmidt de Unbreakable (Protagonizada por una Ellie Kemper en estado de Gracia) a la magnífica Jessica Jones (una super heroína atípica y formidable que sobrevive en Nueva York) los roles para mujeres parecen cada vez mucho más complejos, poderosos y sobre todo, consistentes de lo que nunca había sido. De pronto, el estereotipo de la mujer frágil, víctima de las circunstancias, a la espera de ser rescatada, parece desaparecer, refundarse en una nueva mujer que asume la noción sobre quien es — y quien puede ser — con firmeza. Un tópico nuevo que brinda a lo femenino la posibilidad de mirarse desde una perspectiva desconocida y con toda seguridad perdurable.

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