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Miércoles, 19 de Septiembre de 2018

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Mensaje sin destino | Reflexiones a la luz del humanismo cristiano

Una nota sobre el Cantar de los Cantares

Una nota sobre el Cantar de los Cantares
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Yo soy para mi amado y su deseo tiende hacia mí

Durante muchos años, la Iglesia católica ha sido señalada de perseguir hasta la aniquilación al deseo como si fuera un enemigo de la felicidad humana. Recientemente nos recordaba el Papa Francisco en su exhortación Amoris Laetitia que Dios ama el gozo de sus hijos. No debería extrañarnos que muchos miren con sospecha este tipo de afirmaciones de Francisco debido a las consideraciones poco afectivas que despierta en algunos sectores dentro de la Iglesia. Sin embargo, ya antes había arrimado algo Benedicto XVI en su Carta Encíclica Deus Caritas Est cuando afirmaba que la Iglesia, fiel a las Escrituras, no rechaza al «eros» como tal, “sino que declaró la guerra a su desviación destructora, puesto que la falsa divinización del eros […] lo priva de su dignidad divina y los deshumaniza”. La máxima del Sirácida: “No te prives del bien del día y no dejes pasar la parte de goce que te toca” (Eclo 14,14) confirma, de alguna manera, lo expuesto. Las Sagradas Escrituras, en más de una oportunidad, revelan al hombre el rasgo positivo del deseo, de hecho, muchas comparaciones evocan los deseos más ardientes: “Como el ciervo desea las aguas vivas” (Sal 42,2), “como los ojos de una sierva están puestos en la mano de su señora” (123,2), “más que espera la aurora un centinela nocturno” (130,6), “dame a sentir el son de la alegría y de la fiesta” (51,10). Aun el anciano, al que Dios ha “hecho ver tantos males y aflicciones”, no debe renunciar a esperar que venga todavía a “alimentar su vejez y a consolarlo” (Sal 71,20).

Lógicamente, también es presentado al hombre, en una segunda instancia, la perversión de ese deseo. La experiencia de la «tentación» a lo largo de los escritos sagrados empieza con Eva que pecó al dejarse seducir por el fruto del prohibido que era “bueno para comerse, hermoso a la vista” (Gen 3, 6) y así se convierte en el arquetipo de mujer que, por haber cedido a su deseo, en adelante será víctima del deseo que la impulsa hacia su marido sufriendo la ley del hombre. Este deseo desencadenado es la apetencia o “concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos, soberbia de la riqueza” (1Jn 2,16. Sant 1,14s) y su reino en la humanidad es el mundo. A este deseo es el que la Iglesia rechaza, ya que, entre otras cosas, degrada la dignidad de los esposos hasta cosificarlos como meros objetos de placer que, una vez usados, son descartados, arrumados en un rincón oscuro y frío del corazón y la memoria.

Uno de los textos sagrados que nos brindan luces sobre el deseo humano es el Cantar de los Cantares, texto paradigmático en la relación deseo – eros donde se marcan unas nuevas formas de acercarse a lo sagrado. Un libro controversial que ha generado no menos comentarios controversiales, pero que, sin duda, negar la profundidad de su belleza sería un acto de deshonestidad infalible. De entrada, al ubicarnos en su contexto histórico, tenemos una primera sorpresa. El trato sublime que recibe la mujer en las líneas del texto contrasta radicalmente con el trato que recibían en ese tiempo. La mujer era concebida como simple objeto para alcanzar poder, trepar posiciones o demostrar fortuna. Concepciones que desvalorizaban el amor, la familia y la pareja y por supuesto la mirada hacia la mujer. Viéndolo desde esa óptica, parece que no ha sido mucha el agua corrida de allá hasta aquí. Cuando entramos en el dulce terreno de sus páginas, el Cantar de los Cantares, propone un modelo de amor distinto.

Los poemas del libro van describiendo la relación entre una pareja de jóvenes humildes que se aman con fidelidad hermética, tan hermética, que entre ellos no hay espacio para un tercero. En la actualidad, en especial en ciertos sectores de la sociedad, reconocer como aspectos para ser digno de amor la mezcla entre popularidad y sex-appeal. Frente a esa frivolidad y superficialidad de las parejas que presenta el mundo como modelos dignos a imitar, el Cantar propone, por medio de expresiones como «huerto cerrado», «fuente sellada», la importancia del amor profundo y fiel de la pareja, cuyo culmen parece ser la frase: “Yo soy para mi amado y su deseo tiende hacia mí” (7,11). ¿Por qué resulta paradigmático este verso?, pues porque debido al pecado de Adán y Eva, Dios había castigado a la mujer diciendo: “Hacia tu marido irá tu deseo, y él te dominará” (Gn 3,16). Lo cual significaba que la atracción sexual de la mujer era vista como una condena y, por lo tanto, debía someterse a su marido sin derechos ni reconocimientos a su sexualidad. La feminista Phyllis Trible sobre esto señala algo para nuestra reflexión: “la primera pareja (Adán y Eva) pierde su unicidad por desobediencia. Consecuentemente, el deseo de la mujer se convierte en dominación del hombre. La segunda pareja (la del Cantar) afirma su unicidad a través del erotismo. En consecuencia, el deseo del hombre es placer para la mujer. Puede ser también otras cosas, pero el Cantar de los Cantares es un comentario a Génesis 2-3. El paraíso perdido es un paraíso ganado de nuevo”. Idea que también sostiene el teólogo Karl Barth.

“Yo soy para mi amado y su deseo tiende hacia mí” (7,11), línea que golpea muy fuerte algunos discursos sobre la sexualidad que han decidido descansar más en los brazos del hedonismo que en los del amor. Deseo y fidelidad quedan afirmados en los labios de la Amada y en el corazón del Amado. Deseo y fidelidad que, de alguna manera, nos muestra un poco de la relación entre Dios y su pueblo, al menos, así lo destaca la tradición rabínica del judaísmo. Por ello, Juan Pablo II veía en estas páginas un camino expedito comprender mejor el signo sacramental del matrimonio. Páginas que describen de manera perfecta la cercanía entre los esposos. Por medio de esta cercanía, escribe Juan Pablo II, “el esposo vive más plenamente la experiencia del don que, por parte del "yo" femenino, se une con la expresión y el significado nupcial del cuerpo. Las palabras del hombre (cf. Cant 7, 1-8) no contienen solamente una descripción poética de la amada, de su belleza femenina, en la que se detienen los sentidos, sino que hablan del don y del donarse de la persona”. ¿Y qué pasa con la esposa? La esposa, responde Juan Pablo II, “sabe que hacia ella se dirige el "anhelo" del esposo y va a su encuentro con la prontitud del don de sí (cf. Cant 7, 9-10. 11-13), porque el amor que los une es de naturaleza espiritual y sensual a la vez. Y también, a base de este amor, se realiza la relectura del significado del cuerpo en la verdad, porque el hombre y la mujer deben constituir en común el signo de recíproco don de sí, que pone el sello sobre toda su vida”. Y es que en el Cantar de los Cantares el eros humano desvela el rostro del amor siempre en búsqueda y casi nunca saciado. El eco de esta inquietud impregna las estrofas del poema: "Yo misma abro a mi amado; / abro, y mi amado se ha marchado ya. / Lo busco y no lo encuentro; / lo llamo y no responde" (Cant 5, 6). "Muchachas de Jerusalén, os conjuro / que si encontráis a mi amado / le digáis..., ¿qué le diréis?..., / que estoy enferma de amor" (Cant 5, 9).

Efectivamente, el Cantar de los Cantares en una de las manifestaciones bíblicas que nos impulsan a pensar que Dios ama el gozo de sus hijos, pero comprendiendo la dimensión erótica del amor a partir de una perfeccionamiento del deseo. Este libro atribuido a Salomón es un canto en el cual se pone de manifiesto el significado esponsalicio del cuerpo y la auténtica dignidad del don, don de Dios que embellece el encuentro íntimo de los esposos. Un amor que admira la dignidad del otro transformándose así, el uno para el otro, en plena y limpia afirmación amorosa que nos muestra de qué maravillas es capaz el corazón humano y así, por un momento, se siente que la existencia humana ha sido un éxito. Un tanto más nos brinda San Juan de la Cruz en su Cántico Espiritual, en cuyos versos resuenan los ecos del Cantar de los Cantares. En el Cántico, al igual que en el Cantar, el amor es respuesta y no llamada, toda vez que “nosotros amamos porque él nos amó primero” (1 Jn 4, 19). Según San Juan de la Cruz, “amar Dios al alma es meterla en cierta manera en sí mismo, igualándola consigo, y así ama al alma en sí consigo con el mismo amor con que Él se ama” Los amantes del Cantar de los Cantares se aman como Dios los ama y nos ama, esa es la búsqueda que, al final, tendrían que hacer los esposos. Esa búsqueda permite a los esposos comprender la distancia entre el bien y el mal, lo cual, según el místico, es lo que imposibilita que el hombre pueda gozarse bien, incluso, dolerse bien.


Yo soy para mi amado y su deseo tiende hacia mí, dice Ella, gocémonos y vámonos a ver en tu hermosura al monte y al collado, donde mana el agua pura; entremos más adentro en la espesura. Allí me mostrarás aquello que mi alma pretendía, y luego me darías allí tú, vida mía, aquello que me diste el otro día. Entremos más adentro, responde Él, más y más adentro, allí donde nos descubramos en la última desgarradura mientras te llevo de la mano hablándole a tu corazón. Allí nos secamos de nuestras palabras para sonar como suena el otro. Mi deseo tiende hacia ti, hacia tu huerto cerrado para recoger los lirios y apacentar tus ovejas. Más adentro en la espesura nos derramamos en mirra y tus ojos serán como palomas y yo, amada, tan sólo un manzano entre los árboles. Más dentro en la espesura nos aprendemos a amar y a vivir entregando lo mejor de cada quien al otro, pues, como escribe Fray Luis de León: “nuestra alma tenga dos oficios, uno de criar y conservar el cuerpo y el otro que es el pensar e imaginar ejercitándose en el conocimiento y contemplación de las cosas, que es el primero y más principal, cuando uno ama, este oficio, que es de pensar e imaginar, nunca lo emplea en sí, sino en aquella cosa a quien ama, contemplando en ella y tratando siempre de ella”. Ella es para su amado. Él es para su amada. Sus deseos tienden inexorablemente hacia el otro, y es así, pues en el deseo que se deja seducir por el amor la relación es una comunicación de existencias.

Laus Deo. Virginique Matri. Pax et Bonum.

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