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Lunes, 25 de Junio de 2018

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Opinión

Generación NoMo | Una mirada al universo de la mujer moderna

Una lección para no olvidar

Una lección para no olvidar
Imagen tomada de https://www.clarin.com -

Sobre la lucha necesaria y el año que nos recordó su importancia

Hace unos días, un amigo me preguntó qué era lo más preocupante que había aprendido durante el último año. Una pregunta curiosa pero que sin duda, me permitió poner en palabras varias de las lecciones — incómodas — que recibí este año, de una manera u otra. ¿La más preocupante? Que vivo en una cultura machista. Por mucho que moleste la afirmación, no hay forma de definir a una visión sobre la mujer basada en el menosprecio, que parece extenderse a través del tiempo en todo tipo de formas sutiles y también, una angustiosa percepción sobre lo femenino. Pero también aprendí, que además, existe la cultura de la resignación. Al menos en nuestro país, en dónde se considera al machismo un “mal inevitable” e incluso, parte del entramado social. Porque cuando mencionas la palabra “machista” en cualquier ámbito, suelen pasar dos cosas: alguien se apresura a decir que “Venezuela no es tan machista” como si eso fuera algo bueno y a continuación, seguramente te tacharán de “feminista” en tono preocupado, como si serlo te sometiera a una especie de fanatismo inexcusable. Ambas reacciones me suelen desconcertar y más aún, enfurecerme, porque son el caldo de cultivo ideal para una cultura donde el prejuicio, el menosprecio de la mujer y el odio sexista son moneda común. Y peor aún, aceptados como un “mal inevitable”. Lo que me pregunto es porque es tan sencillo aceptar esa idea, y que provoca que la mujer — porque la mayoría de las veces los comentarios que mencioné son femeninos — le resulte tan sencillo acomodarse a la idea del menosprecio, asumirla casi con resignación.

Nunca he podido, la verdad. Y creo que a estas alturas de mi vida, no podré. Y eso se ha hecho evidente durante un año, plagado de cuestionamientos sobre la credibilidad femenina, sobre la capacidad de la mujer para asumir liderazgo y sobre todo, el persistente debate sobre la sexualidad femenina y la manera como se comprende. El 2017 ha sido un año para asumir el costo y el dolor de una postura que asume la identidad de la mujer desde el menosprecio. Dentro y fuera de nuestras fronteras, el debate sobre cómo se analiza el comportamiento de la mujer ha demostrado la necesidad de continuar con la inevitable lucha por la igualdad y equidad de los derechos. Sobre todo en nuestro país, plagado de males y dolores culturales fruto de la ideología y la política convertida en una estafa histórica. El machismo es una visión moral tan vieja como la identidad cultural venezolana y en un año en las que las condiciones de educación, salud y ventajas educativas para la mujer mermaron considerablemente en comparación al resto del mundo, se trata de un hecho más evidente que nunca. Venezuela es un país joven, un país tan joven que aún interpreta a la mujer a través de su función biológica. Venezuela es un país donde el machismo se viste de educación, se disfraza de esquema. Si eres mujer, la reconoces muy pronto. Desde muy chiquita te insisten que llevar la falda muy corta es de “putas” y que la mujer “es de la casa, y el hombre de la calle”. Si eres hombre, desde niño se te educa para portarte como un “machito”, para esconder los sentimientos, para tener bien claro que el hombre es quien manda y la mujer obedece. ¿Exagero? Leamos las cifras de femicidio en el país, en creciente aumento desde el año 2001 a pesar de los intentos gubernamentales por reducir la brecha. Pero es que el problema no es legal, pienso en ocasiones, cuando leo largos análisis sobre la postura del Gobierno de turno sobre la mujer y sus derechos. Una ley no enmienda la conciencia, una ley no restañe las heridas históricas. No hablamos de la mujer como sujeto jurídico, hablamos de la mujer como figura cultural. Hablamos de la Mujer que se le educa para pensarse frágil, dependiente. Hablamos de la mujer que tiene la mitad de oportunidades de educarse que el varón. Hablamos de la mujer que percibe un salario inferior que al de su contraparte masculina haciendo lo mismo. Hablamos de la mujer que camina por la calle y debe asumir que tendrá que escuchar insultos sexistas disfrazados de piropos. Hablamos de la mujer que la cultura empujará a cumplir el papel que la sociedad encontró para ella incluso antes de nacer. Hablamos de la mujer que se encuentra culturalmente oprimida por una idea limitada sobre lo que podrá o no podrá hacer, sobre lo que se le permite como parte de la sociedad y lo que no. Hablamos de la figura de la mujer, deformada y reconstruida para consumo comercial, de la presión social para cumplir un ideal estético. Hablamos de una idea de la mujer que se debate entre lo que se le exige, desea y lo que asume, de lo que necesita, lo que aspira, lo que sueña, lo que necesita. Lo que obtiene. De manera que el machismo en Venezuela es una idea que se construye a diario, que se completa por la omisión, que se fortalece por la aceptación y se asume por ceguera.

Este fue el año en que mujeres de todas partes del país fueron golpeadas, usadas como señuelo o alegoría de la debilidad. Este fue el año en que se señaló a la víctima en lugar del agresor. Este fue el año en que millones de mujeres alrededor del mundo, tomaron la decisión consciente de hacer un llamado de conciencia para asumir el peso cada vez más necesario de la defensa de los derechos de mujeres alrededor del mundo. El año de asumir que #YoTambien he sido violentada, acosada y herida por el escrutinio, el juicio e incluso la violencia machista que en ocasiones, parece provenir de todas partes y en todos los sentidos ¿Cuantas veces no me he preguntado si es justo, si puedo evitar ese machismo casi discreto que todas sufrimos a diario? Y si tu que me estás leyendo, piensas que en tu caso eso no ocurre, deberías preguntartelo otra vez: ¿Cuantas veces no te avergüenza la mirada fija de un extraño contemplándote las tetas — sí, las tetas, una palabra incómoda para describir un momento incomodo — porque la cultura lo educó para pensar que puede hacerlo a pesar de como te haga sentir eso? ¿Cuantas veces no te has asustado por la manera como te roza un desconocido en el metro o el transporte público? ¿Recuerdas la última vez que te tragaste la rabia por un “piropo” grosero — repugnante — acompañado de una risita vulgar que te gritaron en plena calle? ¿Cuantas veces te entristece que critiquen tu talla y tu aspecto físico como si debieras cumplir algún patrón? El machismo es una opinión sutil sobre tu lugar en el mundo, sobre lo que se espera de ti, respecto a como te mira la sociedad en que naciste. Y evidentemente, la sociedad Venezolana — todas las del continente, creo — tienen un concepto de lo femenino tan limitado como primitivo. La mujer acompaña, decora, pare, protege, teme, se esconde. ¿Por qué? ¿No te preguntas el motivo de esa mirada lasciva, de ese “piropo” que te asusta antes que halagarte? ¿No te enfurece pensar que la cultura donde vives se asombre si deseas seguir una carrera universitaria pero te alabe quieras operarte las lolas? ¿Nunca te preguntas por qué te definen según tus roles biológicos y no lo que eres?

Cuando tomo un café con un grupo de amigos, comento sobre tema con enorme preocupación. Uno de mis amigos que me escucha es un hombre que creció en una familia numerosa del oriente del país. Su padre los abandonó siendo niños y la madre los educó con enorme esfuerzo. Una historia común en Venezuela. Por ese motivo, supongo, el tema de la mujer y su percepción social le preocupa, le incomoda un poco más que a la mayoría. O puede ser que I. sea más critico y esté más consciente de esa relación de poder viciada y hasta enfermiza entre lo masculino y lo femenino en nuestro país.

- En este país el hombre asume que la mujer debe “acostumbrarse” a ese tipo de maltrato muy poco visible — dice — te lo digo, porque muchas veces los hombres no entienden realmente porque una mujer reacciona mal hacia ese asedio, porque contesta un piropo con un grito, porque se asusta hacia la mirada insistente.

- La niña para la casa, el niño para la calle — comento. I. suspira, toma un sorbo de café. Me parece que está incómodo. Recuerdo entonces que tiene tres hermanas, una de ellas aún adolescente.

- Peor aún: “Este palito de niño es para la cosita de niña”. Eso me lo dijeron mis tíos durante toda la infancia, y todos reían al decirlo. La idea sexista se educa, se insiste desde niños. La mujer como propiedad, la mujer permisiva, sumisa.

- Eso es tan retrógrado que casi no me lo creo — contestó, con tristeza. Y es así. Miro a mi alrededor, a los hombres de traje y corbata sentados en el café donde nos encontramos, a los chicos de barba y anteojos que ríen en voz alta. ¿Cómo me miran, a mí, enfundada en mis jeans y mi camiseta? ¿Cómo perciben a la mujer muy bella con un generoso escote que habla por teléfono muy divertida unas mesas más allá?

- Pues creetelo. Para el hombre Venezolano está bien que la mujer sea emancipada e independiente, pero que “recuerde” su lugar.

- ¿Y cuál ese “lugar” ?

- El que la cultura machista pensó para ti antes que tu nacieras.

Una frase durísima, que incluso pudiera parecer exagerada. De hecho, así lo piensa mi amiga G., que rie a mandíbula batiente cuando se la leo en voz alta, mientras tomo apuntes para este artículo.

- Eso no es así, el hombre Venezolano sabe que quien manda es la mujer.

No digo nada. G. se define a sí misma como una “cuaima”. Se vanagloria de “tener bien vigilado” a su novio, un chico fiestero y mujeriego, y siempre que puede, me cuenta sus grandes peleas y pasionales reconciliaciones. Ella misma me ha insistido que ningún hombre podrá “dominarla” nunca. Y la siguiente pregunta que me hago, es porque asume que alguno querría hacerlo.

- Porque los hombres creen que te pueden tomar por pendeja — me explica — todos creen que la mujer tiene que aguantarse sus mierdas. Y yo no lo hago.

- O sea, sí hay una idea sobre la mujer — insisto. Me mira, esta vez sin sonreír.

- La hay, pero eso no quiere decir que tú la aceptes.

- Pero existe. Y es machista.

- El Machismo es inevitable.

- ¿Por qué?

- Porque así es el país en que naciste.

Me quedo callada otra vez. Así es el país donde nací y en que en el año 2017 se hizo más evidente, más duro de asumir como concepto. Otra sentencia angustiosa, que preocupa. Un país donde pueden decirte bella muchas, pero no inteligente. Un país donde la mujer independiente debe enfrentarse la idea de una sumisión histórica, una presión casi invisible sobre tu identidad. La mujer que “debe” ser, la mujer que la sociedad acepta como normal. ¿Dónde queda la mujer grosera? ¿La mujer que no calza en el estereotipo? ¿Qué pasa con la soltera? ¿Con la furiosa? ¿Con la gritona? ¿Con la que no es maternal? ¿Con la que usa zapatos deportivos en lugar de tacones altos? ¿Con la que no se quiere ver “arreglada” ni se quiere maquillar? ¿O con la que sí y eso supone una idea sexual directa? ¿Con la que lleva minifalda y debe asumir que “invita al sexo”? ¿La que la acosan por ser “bella”? ¿la que desprecian por ser fea? ¿La que sufre abuso sexual y es “culpable”? ¿La que sufre maltrato y se la buscó? ¿Qué ocurre en nuestra sociedad, en nuestra percepción cultural sobre lo femenino?

Camino por la calle con una rara sensación de angustia. Las portadas de la revista me ofenden de pronto, con todas sus mujeres en Bikini, con sus sonrisas amplias e idénticas. ¿Quiénes somos? Me pregunto, sentada en cualquier parte, viendo a las niñas de Uniforme, a las mujeres de traje, a las ancianas de caminar lento. ¿Cómo nos ve la cultura? No tener la respuesta me desespera, me angustia. Pero sí, me duele más que cualquier otra cosa.

Una interrogante que se multiplica, que parece abarcar cientos de temas complejos. Una mirada directa al mundo que padece la mujer actual.

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