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Jueves, 20 de Septiembre de 2018

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Un trópico absolutamente warao (Parte I)

Un trópico absolutamente warao (Parte I)
Es posible que los warao llegaran a América hace unos 20.000 años. Foto tomada de http://oriente20.com -

Terminaron colonizando algunos espacios no muy codiciados, como el relleno sanitario de Ciudad Guayana: Cambalache.

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  • Ricardo Azuaje
  • Jueves, 21 de Enero de 2016 a las 6 a.m.

Enemigos de los caribe, "lanceros" de la Misión Vuelvan Caras; portadores de un guayuco modesto que no podía competir con la exótica prenda de los panare; hijos "obligados" del delta del gran río... ¿son esos los warao?

No he navegado por el Delta (y cuando digo Delta, así, con mayúscula, todos deberían saber que hablo del nuestro y no del Mekong o el Mississippi, o el Nilo); apenas lo he contemplado desde Tucupita, o desde los Castillos de Guayana. Sí, esa primera gran bifurcación que se observa es el comienzo de la ramificación del Orinoco y no otra isla, y a la vez, sí, he cruzado sus canales a través de los relatos de Balza, o acompañando a Peter O’Toole en la caza de un submarino alemán, en una película cuyo guión bien pudo estar inspirado en un relato de Conrad (¿se acuerdan de La guerra de Murphy?); o incluso atravesando los canales llenos de palmas de otro delta, el del Ventuari en el Orinoco, tan parecido a algunas pinturas de Bellerman y que a la vez parecía una cita del otro, un esbozo de nuestro Delta, ése que habitan y navegan los warao, indiferentes al paso de las lanchas rápidas del narcotráfico, al movimiento ilegal de mercancías hacia Guyana o a los barcos y gabarras de la CVG, llenos de deuda externa o, en el mejor de los casos, contrabandeando gasolina.

Aunque están firmemente asociados a Amacuro, junto con el palmito y el aire permanente a fraude electoral que comparte este estado con Amazonas (y a veces con Apure y Guárico), los warao ocupaban un territorio mucho mayor, que llegaba hasta la desembocadura del Caroní en el Orinoco, y quizás más allá. Aparentemente formaron parte de la primera oleada de humanos que ocupó América, hace unos 20.000 años, así que ya tenían rato por aquí cuando un enemigo recién llegado los obligó a replegarse y esconderse en el laberinto que es el delta del gran río, y no estamos hablando de los españoles, sino de los caribe, que de este modo dejaron asentada una rivalidad que ha llegado hasta nuestros días, como veremos más adelante.

Entre los años 70 y 80 del siglo pasado los warao volvieron por sus fueros en el delta del Caroní: comenzaron a verse hombres y mujeres semidesnudos en las islas de las avenidas de Ciudad Guayana compitiendo en la mendicidad con los panare, pero sin un guayuco tan exótico como el de estos últimos. El aspecto desarrapado de los deltanos no inspiraba buenos deseos en los conductores de la engañosamente próspera Puerto Ordaz (cuyas principales minas eran el presupuesto nacional y los ingresos de PDVSA); y eventualmente había campañas para montarlos en un autobús y mandarlos de vuelta al delta. Sin embargo se quedaron, y terminaron colonizando algunos espacios no muy codiciados, como el relleno sanitario de Ciudad Guayana: Cambalache.

A principios del actual siglo y a través de un contrato con la extinta CVG Edelca (Electrificación del Caroní) terminamos actuando como instructores en la Misión Vuelvan Caras con grupos de varias comunidades indígenas pemon taurepan (Kumarakapay, San Antonio, Mapauri y Maurak, entre otras), y acompañándolos en el proceso de convertirse en cooperativas, que era la puntada de mi comandante por ese entonces. Como recordarán, los miembros de esta misión recibían el nombre de “lanceros” –lo que no dejaba de ser una ironía, pues así se llamaban los soldados españoles encargados de perseguir al Zorro, cuando lo personificaba Guy Williams– y gozaban de una beca que en la Gran Sabana era acompañada por una pequeña dificultad: había que viajar 600 km, hasta Ciudad Guayana, para poder cobrarla.

Los lanceros –“¡A los caballos!”–, a veces con el apoyo de la alcaldía o la gobernación, iban en cambote en autobús a cobrar y terminaban haciendo largas colas afuera de la sucursal del Banco de Venezuela en Puerto Ordaz. En uno de esos viajes y en una de esas colas, varios niños warao se acercaron a pedir dinero a los muchachos de Kumarakapay, que se indignaron al ver indígenas mendigando, y aparentemente los rechazaron con palabras fuertes, y no sé si algún empujón.

Los muchachos siguieron en la cola hasta ser sorprendidos por una turba de desarrapados armados con palos y piedras que rápidamente diezmaron la cola y dejaron más de un herido.

Los muchachos finalmente pudieron cobrar su beca y volver a la sabana, probablemente aliviados de haber salido del territorio de los warao. No sabían que apenas diez años después tendrían al enemigo asentado en las aceras de la capital de su municipio, extendiendo la mano.

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