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Lunes, 26 de Junio de 2017

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Opinión

Gol a favor, gol en contra - Desde ​Estrasburgo, Francia

Un salto de Alemania a Francia, día de ida y vuelta

Un salto de Alemania a Francia, día de ida y vuelta
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En apariencia, en Estrasburgo, más volcada hacia la actividad industrial y la cultura, no se siente la pasión francesa por el fútbol

Los árboles de Estrasburgo, como los de Offenburg, sienten una añoranza: “¿Dónde están mis hojas, adónde fueron a parar en este invierno?”. Sí, el invierno los dejó desnudos, a la intemperie, sin ropas para vestirse, pero ahora que llega la primavera los trapos volverán a sus ramas, ahora desabrigadas. La naturaleza no conoce fronteras, y aquí en Francia, como al otro lado del río Rin, en Alemania, se comporta de la misma manera: segura, cronometrada, implacable. Caminamos por una vía que desemboca en una plaza enorme, declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad, frente a la catedral, y nos sentamos en un café a la orilla de la avenida: debemos pagar el cansancio de los 7 kilómetros que separan a los dos países, cubiertos a pie en una mañana con once grados de temperatura. Pero, no importa: el regreso será en la tarde-noche, en el tren que llegará, absolutamente puntual, a las siete. El cuerpo no da para más.

En apariencia, en Estrasburgo, más volcada hacia la actividad industrial y la cultura, no se siente la pasión francesa por el fútbol. Su equipo, el Racing Club, deambula por la segunda división, o Ligue 2 como es llamada por aquí, y sus andanzas por la primera categoría han sido fugaces. Su sede de partidos, el Stade de la Meinau con capacidad para 29 mil aficionados, no es, según cuentan los lugareños, un “infierno” como se dice en el fútbol, sino un lugar apacible donde la gente va a comer, beber cerveza o vino y disfrutar tranquilamente de un partido del Racing.

Estrasburgo, llamada la “Venecia de Francia” por estar construida sobre agua, ejerce una poderosa influencia sobre los pueblos cercanos, inclusive los alemanes. En el lado de allá, en Kehl, Sunheim, Karlsruhe, Mannheim, es normal conseguir quien hable francés, y en los restaurantes se pueden leer cartas en los dos idiomas. Estrasburgo es una ciudad muy grande, con más de millón y medio de habitantes en la llamada área metropolitana, y su vida nocturna es singular, con cafés en todas las esquinas, cantores de guitarra y conjuntos típicos de la región de Alsacia que hacen sonreír de complacencia a los tranquilos estrasburgueses.

Ya en Offenburg pensamos en la importancia del fútbol alemán. En su valor en el entramado social. Sin embargo, aquí la gente parece estar más pendiente solo de su equipo, el Offenburg FV, que del destino de la Bundesliga y sus magníficos partidos. Porque en este país, como en la mayoría de las naciones desarrolladas, las ciudades funcionan como entes desvinculadas de todo: son como estados independientes, con sus particularidades, el orgullo de sus logros, sus costumbres y sus llamados a juego. Pero a su vez, clubes como El Bayern Munich son vistos, a la distancia y con igualdad de fuerzas, con adoración de dioses y con amor-odio como relación lejana. Son las cosas de Alemania, tan lejos de Venezuela y de la Colonia Tovar. Nos vemos por ahí.

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