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Miércoles, 15 de Agosto de 2018

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Un incómodo cuento de hadas: El país de las Princesas tristes

Un incómodo cuento de hadas: El país de las Princesas tristes
La belleza de "Miss" sigue siendo una marca de éxito social y un molde para la mujer venezolana. - Flickr | moyerphotos

La “Miss” es una figura casi mítica en la cultura de mi país y la conoces desde la niñez.

Esta es la tierra de las niñas sexualizadas, de las mujeres explotadas, de las “mamis ricas”, de la obsesión por la cirugía estética

Cuando tenía catorce años me preocupaba no parecerme a una Miss Venezuela. Me preocupaba de verdad esa sensación de no encajar en como se suponía debía lucir por el mero hecho de ser venezolana. La inseguridad me perseguía a todas partes, como una especie de peso físico con el que no sabía lidiar. Miraba las portadas de revista y las pantallas de televisión, asombrada por la estampa ideal de las mujeres que recorrían las pasarelas, muy consciente de mis piernas flacas y de mi cara pecosa. Crecí abrumada por la idea de que no me veía como se suponía tenía que hacerlo una mujer de mi país. Nunca encaje en esa imagen irreal de lo femenino que es casi una obligación en la cultura venezolana.

Puede parecer ridículo que algo así te agobie pero en Venezuela el triunfo social se mide a través de la obsesión nacional por la belleza. Desde la niñez aprendes bien pronto que ser “bella” lo que sea que eso pueda significar es un requisito cultural imprescindible, que se te exige y por el cual se te presiona. También te haces muy consciente de cómo te ves y, sobre todo, de cómo deberías verte, de cuál es ese ideal que jamás alcanzarás por las buenas y que se te impone aunque no lo notes. Un país desbordado por los estereotipos, que insiste en construir una imagen femenina a la medida de una mirada artificial y la mayoría de las veces, agresiva. Un tipo de violencia tan sutil que pocas veces eres consciente de cuánto te afecta a diario.

Tal vez por ese motivo desde que lo recuerdo he tenido una relación complicada con mi cuerpo. Perder y ganar peso a un ritmo acelerado ha sido una de esas batallas discretas, incómodas y preocupantes que he librado. Aún no estoy muy segura si he triunfado alguna vez. El caso es que la relación con mi aspecto físico siempre ha sido complicada, incómoda y la mayoría de las veces, confusa. Lo ha sido porque nací en el país de las mujeres más hermosas, el que se vanagloria de haber multitud de coronas en concursos de belleza alrededor del mundo. Un peso cultural que te acompaña a todas partes, que forma parte de la cultura en la que crecí. Porque así nos comprendemos desde un gentilicio superficial, porque así nos miramos desde una distorsionada y poco comprensible óptica. En Venezuela la belleza es una exigencia, más que otra cosa.

La “Miss” es una figura casi mítica en la cultura de mi país y la conoces desde la niñez. Está en todas partes, forma parte de esa percepción sobre lo femenino que asumimos profundamente venezolano. No recuerdo — creo que nadie lo hace — la primera vez que supe el nombre de una de ellas, de las Reinas de Belleza que parecen simbolizar una identidad muy concreta dentro de nuestra cultura, pero lo que sí sé, es que siempre ha sido una especie de presencia insistente allí en donde mires. Porque la “Miss” — o mejor dicho, la mujer que representa —es un modelo a seguir superficial y quebradizo. La “Miss” que representa la máxima aspiración de una sociedad narcisista. La “Miss” que se convierte en un molde estético en donde todas las demás mujeres del país desean calzar. La estética que forma parte del discurso cotidiano, de esa comprensión sobre lo femenino tan limitada tan propia de nuestro gentilicio.

Foto: Flickr | Adrián Merinero Sánchez

Recuerdo la ansiedad que me provocaba mirar las portadas de revistas y no reconocerme en ninguna de ellas. O de los rostros en las pantallas de televisión. Esa insistente necesidad de comprender que había de inadecuado en mí. Me miraba en el espejo, inquieta y aturdida. El rostro huesudo, la piel pálida, los dientes separados y me preguntaba si llegaría a ser “bonita”, alguna vez. Si podría aspirar a ese tipo de belleza que no tenía.

Tendrían que pasar muchos años para que esa sensación desapareciera y no del todo. Mirarme con una amabilidad que por muchos años me llevó esfuerzos dedicarme. Me llevó sobre todo un largo esfuerzo comprender que no necesito verme de ninguna manera y muchos menos, calzar a la fuerza en ningún estereotipo. Que en medio de mis dudas e inseguridades y no obstante el dolor que pueda producirme, soy libre. Puedo aspirar a serlo, al menos.

Recuerdo todo lo anterior cuando leo sobre el escándalo en que se vio envuelta la revista Discovery Girls— una publicación estadounidense dirigida al público preadolescente de entre ocho y 13 años — debido a la publicación de un artículo sobre cómo elegir un traje de baño de acuerdo a la forma del cuerpo. En apariencia, se trata de un tema intrascendente que, sin embargo, esconde un elemento mucho más preocupante: La revista le explica a sus más de 900 mil lectoras jovencísimas cómo esconder “una panza prominente” o “simular un cuerpo curvilíneo”. La publicación, que se distribuye en bibliotecas y centros educativos, mostró a doble página todo lo que una niña debe saber “para ser atractiva” y les recordó con muy poca sutileza, que un cuerpo delgado “debe ser disimulado” y que es necesario “cubrir las imperfecciones” lo mejor que pueda. De hecho, el artículo completo no hace otra cosa que sugerir que desde muy pequeña, una mujer debe ser consciente de su aspecto e intentar parecerse al ideal estético que la cultura prima y propone. Una idea peligrosa en una época donde los trastornos alimenticios atacan al menos al 20% de las adolescentes y donde cada año, mueren más de un millón de mujeres debido a las complicaciones relacionadas con tratamientos médicos de belleza.

Las críticas no se hicieron esperar: Padres y maestros protestaron contra lo que consideraron una profundización de los cánones de belleza femeninos y la forma como esa noción puede afectar a las jóvenes lectoras de la revista. Una interpretación irreal sobre el cuerpo de la mujer basada en la estética comercial sobre la identidad femenina. Para los padres de las lectoras de la revista, el artículo no sólo resume la postura antinatural y agresiva de una cultura que obsesionada con el aspecto físico sino también, esa persistente noción sobre la mujer como objeto de las fantasías masculinas. Una idea que resulta aún más perturbadora en el caso de una publicación dirigida al público infantil.

Foto: Flickr | GlitterandFrills

En medio de una polémica cada vez más dura, la revista se apresuró a disculparse en público a través de Facebook. Con un texto ambiguo y poco claro, la editora de la revista, Catherine Lee, aseguró que la intención de la publicación jamás fue promocionar estereotipos dañinos sino “demostrar que todos somos distintos”. Además, explicó que “se suponía que el artículo iba a ser sobre encontrar bañadores divertidos, que hagan que las niñas se sientan seguras de sí mismas”. Por supuesto, la respuesta enfureció aún más a buena parte del público: La gran mayoría se preguntó en voz alta si una niña necesita un traje de baño bonito para “sentirse” segura y qué tipo de ideas promociona la revista, que al parecer está convencida de que la autoestima proviene del aspecto físico. La revista se negó a realizar cualquier otro comentario al respecto.

Por supuesto, no se trata de un debate novedoso ni mucho menos el último que habrá sobre el tema. Pero me alivia que exista, que comience a existir toda una corriente de pensamiento que se opone a esa percepción antinatural sobre la mujer. También lamento que en Venezuela aún no seamos capaces de sostenerlo. En este país la belleza continúa siendo un elemento necesario para definirte, para asumir tu valor, para sostener tu identidad. Esta es la tierra de las niñas sexualizadas, de las mujeres explotadas, de las “mamis ricas”, de la obsesión por la cirugía estética. El país donde a pesar de la crisis, la prioridad para muchas mujeres sigue siendo el aspecto físico. El país donde la belleza parece relacionada directamente no sólo con el bienestar físico sino también con la salud mental y esa interrelación misteriosa de la percepción personal. Y esa visión sobre lo estético se inculca cada vez a niñas más jóvenes, forma parte de cómo las mujeres se perciben a sí mismas desde muy temprana edad. Una tradición sobre lo bello que termina convirtiéndose en un prejuicio en sí mismo.

Hace un par de años, el director venezolano Carlos Caridad Montero intentó reflejar el peso de la belleza en nuestro país en el film Tres bellezas, en el cual planteó no sólo la obsesión por la belleza venezolana sino sus preocupantes implicaciones. La película, que intenta satirizar el concepto de la belleza venezolano y, en particular, la manera como se interpreta en nuestro país un concurso de belleza, es además una colección de aforismos que resumen esa noción elemental sobre lo bello, su valor y trascendencia en la cultura Venezolana.

“¿Acaso tú no sabes que la flor de plástico nunca se marchita?”, le dice el personaje de Perla a su hija, una chica que no llega aún a la veintena, intentando convencerla de que debe someterse a varias operaciones estéticas para ser hermosa. Para ser deseable. Para ser la mítica “Miss” que subsiste a pesar de todo en el subconsciente nacional, una especie de símbolo de un país confuso. Lo hace, con la convicción de que la belleza es el único bien "mercadeable" en un país que se enorgullece justamente de esa superficialidad. Esa noción de lo deseable y lo poderoso que puede hacerte un país de ambiguas nociones morales. Más adelante en la película, la madre insistirá en esa percepción: “Lo único que tienes para defenderte en un mundo de hombres es tu belleza”, le dice a una de sus hijas, que está a punto de enfrentarse a su hermana en un concurso de belleza que caricaturiza el concepto del país sobre el tema. Una frase que puede parecer desconcertante pero que resume la percepción de la cultura venezolana sobre lo estético y el poder que ejerce sobre la imaginación popular.

De vez en cuando, recuerdo a la niña que fui y que estaba tan preocupada de no tener el aspecto de una Miss Venezuela. Me pregunto si alguna vez, esa visión sobre lo bello en nuestro país se transformará en algo más. Si la mujer venezolana podrá liberarse de esa percepción limitada y sobre la estética, basada en un tópico casi vulgar sobre lo que puede simbolizar. Una visión mucho más realista y generosa de lo que la mujer puede ser y como puede comprenderse a sí misma. Una verdadera forma de belleza.

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