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Martes, 16 de Enero de 2018

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Un cuento de año nuevo hecho con muchos años viejos

Un cuento de año nuevo hecho con muchos años viejos
Imagen tomada de http://caracasshots.blogspot.com -

Porque yo soy ese alcalde ateo, Pepone, intentando soñar ese objeto maravilloso esbozado en este texto, para dárselo a Iván y a Rodrigo, y a cualquier otro amigo o desconocido que se quiera colar en esta parranda de años viejos.

Ricardo Azuaje elabora un texto nostálgico y a la vez crítico sobre las navidades perdidas, las costumbres que se fueron, y las esperanzas de que vuelvan a ser unas fiestas felices

Quisiera crear un objeto que al tocarse o ser invocado liberara el olor del saltaperico al ser raspado contra el asfalto de la calle Mellado en San Juan de Los Morros, o el latido de las yemas del pulgar y el índice inmediatamente después de haber dejado estallar un triquitraqui sin haberlo lanzado; el gusto infantil por escuchar aguinaldos anticuados y parrandas caraqueñas (“¡Fuego al cañón!”); el sabor de una lonja de jamón planchado robada de la mesa de la cena de año nuevo de la casa de mi abuela en Maracay, o el crujido de las nueces confundido con el grito de algún adulto –¡Esa vaina daña las puertas!– al hacerlas trizas.

Las bromas y risas mientras hacíamos las hallacas con Rosaida y Atilano, la fogata en el jardín con los tepuyes orientales al fondo, confundiéndose desde aquí, desde esta pampa urbana, con los Morros de San Juan, o la silueta del Oriental y esas noches de adolescencia caraqueña, de soledad ansiosa y aturdida por los silbidos de los cohetes y el humo en el aire anunciando el nuevo año.

La voz engolada desde una radio a todo volumen con el poema de Andrés Eloy Blanco, “Madre: esta noche se nos muere un año”, torpedeada por otra más informal y melódica de Memo Morales entonando alguno de los mosaicos de Billo. El rostro amargo de mi abuela contrastando con la expresión tierna de mi madre, o la sonrisa de mi viejo cuando está a punto de hacer una broma.

Led Zeppelin, los Beatles y los Rolling Stones sonando a todo volumen en medio de la noche sabanera. Nuestro odio cariñoso por la gaita zuliana, el turrón de Alicante o el panettone. La firme creencia de que el tipo que inventó la mortadela fue el mismo que creó las frutas confitadas, y las pasas (sí, yo soy de los sujetos que le sacan las pasas al pan de jamón y a las hallacas de tu mamá). Y Queen, ¿no son también de la opinión de que la voz de Mercury pertenece a diciembre, como la de Ilan o Serenata Guayanesa, pero mejor?

Las gaitas del sur del Lago, de Bobures o Gilbraltar, cantadas con Mario y sus amigos: “No quiere Molla, que nosotros parrandiemos / porque queremos beber ron como cebollas, / no quiere Molla.” O un Veinticuatro en Nueva Casarapa, con Iñigo tocando en guitarra varias de las canciones más queridas: “And you and I”, “Desearía que estuvieras aquí” y “Desde que te estoy amando”. Puro Guaco, carajo.

La explosión de alegría de Iván y Rodrigo al encontrar junto a su cama los regalos del Niño Jesús, una red emotiva que se conecta con estallidos similares en mis sobrinos y hasta en nosotros cuando rondábamos los siete años, Caldera no había ganado por primera vez y todo era creíble.

Que con apenas un roce te hiciera sentir el frío de un diciembre merideño y la tersura del rostro de una mujer hermosa, boticcelliana, llorando porque Lennon acababa de morir y yo estaba a punto de besarla en una ladera desde donde gozábamos un atardecer cayendo sobre el valle del Chama. Las navidades en Santa Fe, en esas casas a dos pasos del agua, en una bahía con delfines que parecía sacada de una novela de Conrad. O en Cuyagua, o en Margarita. La navidad con máscara, chapaletas y snorkel, en Boca Seca.

El sabor maravilloso e indescriptible del pernil de mi mamá, con una receta tan sencilla y sospechosa por lo irrepetible. Algún día descubriremos que cubito usaba. Un agujero de gusano al que poder aproximar una botella vacía y que se llenara del ponche de mi vieja, mucho mejor que sus hallacas.

Que apoyando un oído pudieras escuchar el estruendo de los patines con ruedas de hierro bajando por la Miranda, el gesto de prepararse para saltar la alcantarilla que esperaba al final, o la caída escandalosa de rodillas y brazos raspados si ibas distraído por esa forma de la felicidad.

Los mismos patines graduados para un pie y una ciudad más grande, a trece años por segundo por la Sanz o la bajada de la Murachí, intentando ponerse a la par con los patines de rueda de goma de una vecinita del Marqués.

Las luces de bengala.

Otro beso mucho después, a orillas del Yuruaní y de otro año nuevo después de haber subido al Roraima. Un treinta y uno en la cima del Kukenan, otro en Mambo Beach, viendo el cielo de Curazao llenarse de luz y color mientras la oscuridad crecía en Tierra Firme (pero no hablemos de política).

Un reproductor de nacimientos: el que hacían debajo del Sanjuanote, el de mi tía Eva en San Agustín, que ocupaba toda la sala; el nacimiento viviente, con marionetas, en Mérida; los distintos nacimientos comprados para el goce de los niños, la hamaquita de algodón pemón del Niño Jesús que por alguna razón me recordaba una escena de Don Camilo, el libro de Giovanni Guareschi, en el que el alcalde comunista sostenía en su mano un Niño Jesús que estaban pintando y sentía en la palma una tibieza sobrenatural y cálida trasmitida por esa pequeña figura de porcelana, o al menos así recuerdo esa lectura de mis diez años.

Porque yo soy ese alcalde ateo, Pepone, intentando soñar ese objeto maravilloso esbozado en este texto, para dárselo a Iván y a Rodrigo, y a cualquier otro amigo o desconocido que se quiera colar en esta parranda de años viejos.

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