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Martes, 16 de Enero de 2018

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Un araguato en Buenos Aires

Un araguato en Buenos Aires
- Imagen tomada de www.losandes.com.ar

A finales de junio en Argentina fue noticia un araguato perdido en los techos de Quilmes. ¿Un araguato venezolano quizás?

No, no soy yo, pero podría ser; como también podría ser la respuesta tardía y real al relato de Salvador Garmendia, Un pingüino en Maracaibo, publicado en la colección infantil de Monte Ávila Editores en la década de los noventa, cuando María Elena Maggi dirigía esta colección y preparó la edición de este relato, inspirado en una historia real: la llegada de un pingüino a una playa de Maracaibo en abril de 1955, donde más bien duró poco, pues murió en agosto de ese mismo año, después de haber sido bautizado como “Policarpio” y haber sido contemplado por unas 260 mil personas.

Ésta es también una noticia real en busca de un autor más talentoso que su actual vocero, o voceador: el último jueves de junio uno de estos noticieros televisivos que se pasan todo el día rumiando cuatro noticias (aparentemente en Argentina no pasa nada), reportó que había un mono aullador escapado desde hace varios días y pasando frío sobre los techos de Quilmes. El periodista contó que este animal, perteneciente al género Alouatta, apareció hace cuatro años en este sector de la ciudad y que una familia lo adoptó al constatar su carácter manso, por lo que procedieron a alimentarlo y a mantenerlo encadenado hasta que hace pocos días logró escapar.

¿Un araguato manso? De niño recuerdo historias de mis hermanos atacados por grupos de esta especie en bosques de un hato en Guárico, en el que estos monos les lanzaban ramas y excremento; y para los pemón eran una plaga aérea, junto con los capuchinos, pues solían invadir los conucos para robarse las frutas, especialmente plátanos y cambures. También es verdad que podían terminar como carne en vara, si lograban acertarle con la bácula, y con el cuero prensado en un sanpurá, que es el único tambor que poseen los pemón. Parafraseando a Bola de Nieve: Mono que rompe conuco, con su pellejo paga, y lo que es mucho mejor, en un tumá acaba.

La cámara de TN, posiblemente, aunque pudo ser cualquier otro de la parrilla informativa mañanera, porque de verdad todos pasan las mismas cuatro noticias diarias, enfocó al simio arrebujado en el rincón de un tejado, quizás asustado porque cada vez que abre la boca sale humo o algo parecido, y él no es de esos monos japoneses de documental en formato Imax y con música de Philip Glass, que dejan que la nieve adorne su rostro conmovedor y sabio mientras el resto del cuerpo se mantiene sumergido en un manantial de aguas termales. Suertudo. Y le provoca gritar “¡Bushidoooo!”, aunque no tenga la menor idea de lo que puede significar.

¿Podría tratarse de un araguato venezolano? Hay entre nueve y catorce especies de estos simios iracundos y notoriamente expresivos, distribuidos desde el sur de México hasta el norte de Argentina, donde los llaman carayá, y hay dos especies: un aullador rojo (A. guariba) y otro negro (A. caraya), y es muy probable que el fugitivo de Quilmes pertenezca a este último, aunque también podría ser un araguato venezolano que optó por la emigración. No sería el primer animal de esa nación en dejar el pelero y tomar Argentina como nueva residencia. Treinta y seis mil venezolanos llegaron a este país en el último año y medio, y se espera que lleguen treinta mil más en los próximos seis meses.

Considerando los proyectos de depredación ambiental de la revolución bolivariana, el arco minero en Amazonas y Orinoco, la explotación de carbón y la deforestación en Perijá, o los derrames petroleros en el Delta, es hasta natural que el resto de la fauna esté buscando otros ecosistemas menos tóxicos y autoritarios. Y no mencionemos la cantidad de animales que han muerto de inanición en todos los zoológicos del país. Entonces no se extrañen al ver babas de Chaguaramas y caimanes del Orinoco haciéndose pasar por Alligators de los Everglades o primos del lagarto Juancho; chigüires actuando como jabalíes en los bosques de Fontainebleau (no sé si hay jabalíes en un lugar que suena más bien a parque o a jardín rococó, pero sí que los báquiros estarían molestos por esta usurpación); burros en prestigiosos campos de equitación, entrenados gracias a la práctica nacional del salto de talanquera; o una banda de capuchinos sabaneros en Roma, intentando pasar por jesuitas argentinos.

Pero sobre todo hay araguatos, por su habilidad para moverse en grupo tras el fruto de los días, gritando su miseria, o sólo protestando. Escuchen la magnitud de los aullidos en Florida o Nueva York, ese rumor sordo y en crescendo brotar desde las islas Canarias, Dublín o Madrid, ese mono colgando de la Torre Eiffel --“güi, Armando, setuá”--, aunque se vista de seda, el bululú en Panamá, con la boca llena de tequeños o la agitación austral de las copas de las araucarias en el sur de Chile (y de nuevo “¡Bushidooo!”). Sin olvidar los alouatta que se están capacitando como marsupiales en Sidney, con todo y bolsa, tratando vanamente de reproducir el rostro tierno de los koalas.

Sólo una vez vi un araguato de cerca en un escenario silvestre, hace unos quince años, mientras realizábamos un diagnóstico participativo en una comunidad indígena, Araimatepuy (Kilómetro 74, a catorce kilómetros del 88, para que se ubiquen). Volvíamos por la carretera después de realizar una transecta y allí estaba, solo, a pocos metros de nosotros en la rama de un árbol de poco porte. Un macho arauta en silencio, desterrado de su grupo y por ello condenado a muerte.

Y ahora había un araguato perdido en Quilmes, un nuevo e inusual nicho ecológico si consideramos que los venezolanos prefieren San Telmo y Palermo, y si son oficialistas o de caché Recoleta o sitios como Tigre, en la provincia de Buenos Aires. Nosotros estamos más próximos a este aullador solitario, probablemente también expulsado de su manada, o el último de su clan, moviéndose entre tejas, láminas y techos rasos, de vez en cuando irguiéndose sobre sus patas para buscar el norte, aullar tanta nostalgia, aullar por el país perdido, aullar por el nuevo hogar, aullar.

“Lincho”, así se llama el prófugo, fue capturado pocas horas después de haber visto el reportaje, el mismo jueves, y es probable que termine en un refugio para carayás en Córdoba, o trabajando como camarero, o en un call center.

Sí, después de todo tal vez sí sea yo.

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