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Domingo, 19 de Agosto de 2018

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Opinión

Mensaje sin destino | Reflexiones a la luz del humanismo cristiano

Tus ojitos, Virgen María de Guadalupe

Tus ojitos, Virgen María de Guadalupe
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La mirada de María de Guadalupe es la misma mirada de la Iglesia, madre y maestra, experta en humanidad y que desde siempre nos ha solicitado aprender a mirar todas las rosas del jardín humano que es el jardín de Dios

A Mariela…

Un nuevo año abre sus ojos y nosotros abrimos los ojos a él. Intercambiamos miradas llenas de incertidumbre. Nosotros por no saber qué nos vendrá, pues solemos comparar el año nuevo con el viejo, y él por no saber qué seremos capaces o incapaces de hacer, de decir, de ser, ya que él será lo que nosotros hagamos con lo que hemos hecho de nosotros. Pienso en la idea de abrir los ojos y a la mente me asalta la imagen de un amanecer, de un comenzar. Y en este comenzar recuerdo el sueño de la «flor azul» con el cual el poeta alemán Novalis inicia su hermosísima novela Enrique de Ofterdingen. “Tú has despertado en mí el noble anhelo de contemplar el corazón del amplio mundo; tu mano me dio fuerza y confianza para pasar seguro por todas las tormentas […] Ella es la que derrama la luz en nuestros ojos […] En sus senos repletos me amamanto de vida; por ella soy ahora lo que soy y puedo levantar, alegre, la mirada”. Cierro los ojos y me miro por dentro. Camino hasta mi amanecer como hombre, como ser humano y veo a mi abuela enseñándome el «Salve» en una de las bancas de la iglesia de mi parroquia, Nuestra Señora de Guadalupe. Ahí están los ojos de mi abuela, su mirada apacible derramando sobre mí la mirada de María de Guadalupe y esa línea tan especial, tan significativa que dice “Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos”. Entonces, al volverse hacia mí los ojos misericordiosos de María de Guadalupe, mis ojos son otros, mi mirada es otra. No puede ser la misma, pues, en la mirada de María arde la mirada de Cristo. Fueron los ojos María lo primero que vio Jesús al nacer. Fue la mirada de María la que acompañó aquella petición suya en la bodas de Caná. Fue la mirada de María, los ojos llenos de lágrimas de María, la que se desbordó sobre Jesús cuando agonizaba en la cruz, pero también fue su mirada bienaventurada la que contempló su gloria en la resurrección.

Qué hay en la mirada de la Virgen que hoy describo desde los ojitos de María de Guadalupe. Hay la posibilidad de aprender a mirar todas las flores, como describía Chiara Lubich en su dialéctica amorosa de la unidad. Mirada que es festejo de un corazón latiente como ojo con el que nos lanzamos a la experiencia del amor al otro y al mundo. Mirada tenue y limpia a través de la cual podamos caminar hacia nosotros caminando hacia el hermano que es caminar hacia Dios que nos espera en la mirada del hermano que nos mira mientras lo miramos. Mirada sentiente cultivada a partir de la idea poderosa de la Palabra que es vida y vida en abundancia y que nos convoca a ser constantemente esa palabra. Mirada sutil, arroyo secreto que nos lleva por el rumor de la sangre de esta materia impalpable en los ecos del absoluto que suenan en el fondo de todo hombre y de toda mujer. Somos casa de la mirada que mira y nos iguala como seres que nos damos transformándonos en lugares privilegiados de la revelación del Ser como fuerza etérea de la posibilitación amante. Mirada abridora de sentido, de apertura radical hacia la otredad, la mirada de María de Guadalupe.

La mirada de María de Guadalupe es la misma mirada de la Iglesia, madre y maestra, experta en humanidad y que desde siempre nos ha solicitado que, desde su mirada, aprendamos a mirar todas las rosas del jardín humano que es el jardín de Dios. Mirar todas las flores implica erosionar y destruir las bases racionales que han conllevado al hecho cierto de hacer que identifiquemos a la vida con las actividades de la vida e identificar nuestro ser con nuestros pensamientos, sentimientos, deseos, voluntad con todo cuanto hacemos y tenemos. Eso es lo que hemos bebido presurosos de la cultura de la muerte que viene empaquetada en esta vida de consumo en la que desvivimos nuestros días abriendo la posibilidad de que muera el otro como algo ajeno, lejano, evitando que se revele como prójimo que es rasgo fundamental de la vida cristiana. La mirada de María de Guadalupe, de ojos claros y mirada baja, tierna y alegre, alegría del Evangelio, fulgor de cielo, hace de la realidad del otro mi realidad, haciendo del hombre que pasa a mi lado, no una nada inmóvil y opaca, sino, hostia, sacramento, milagro a la vuelta de la esquina, presencia una imagen de Dios, un templo de Jesucristo.

La mirada de María de Guadalupe, aquella que se perdió y se encontró en la mirada de su Hijo en la cruz, de la misma manera en que lo halló siendo un niño en el templo, se alimentó del verbo adolorido que emanaba del Verbo vencedor de la muerte cuando le dijo: «estos son tus hijos» y ella, con su mirada puesta en el corazón, donde encontró un hogar cálido la mirada del Padre, aceptó nuevamente, nos aceptó. Desde entonces, en ella, en su mirada, la misma que arropó al indiecito Juan Diego, hallamos una continuación de la mirada de Dios. “Nosotros necesitamos de su mirada tierna, dice el Papa Francisco, su mirada de Madre, esa que nos destapa el alma. Su mirada que está llena de compasión y de cuidado. Y por eso hoy le decimos: Madre, regálanos tu mirada. Porque la mirada de la Virgen es un regalo, no se compra. Es un regalo de Ella. Es un regalo del Padre y un regalo de Jesús en la cruz. Madre, regálanos tu mirada”.

La mirada de la Virgen de Guadalupe que se posó en la mirada de San Juan Diego nos da una lección con la cual podemos iniciar y comprometernos en este comienzo de año: mirar a los que nunca miramos, pues la tarea a la que se nos convoca es mirar a todas las flores. Cada uno sabe a quienes hemos descartado de nuestra mirada: los más pobres, los más débiles, los más ancianos, a los que la ideología nos ha enseñado a ver como enemigos, al extranjero, al inmigrante, al que es diferente por su color, su religión, su preferencia sexual, sus hábitos de vida, su nivel intelectual, social o cultural, a todos los que llamamos «otros» desde nuestra atalaya de moral superior, ese «Yo» odioso que pretendemos centro del mundo y vara de perfección con la cual medimos al mundo imperfecto. En la mirada de María de Guadalupe, arde un regalo permanente: el regalo de la misericordia de Dios, que la miró pequeñita y la hizo su Madre. Que la miró esclava y la hizo Madre de la Liberación. “La mirada de la Virgen nos enseña, dice el Papa Francisco, a mirar a los que naturalmente miramos menos, y que más necesitan: los más desamparados, los que están solos, los enfermos, los que no tienen con qué vivir, los chicos de la calle, los que no cono­cen a Jesús, los que no conocen la ternura de la Virgen, los jóvenes que están mal”. No tengamos miedo de salir a mirar a nuestros hermanos con esa mirada de la Virgen, que nos hermana, y así iremos tejiendo con nuestros corazones y con nuestra mirada esa cultura del encuentro que tanto necesitamos, que tanto necesita nuestra Patria.

Cuando pidamos a María que nos mire con sus ojos misericordiosos hagámoslo con convicción, con la conciencia clara de que sí necesitamos que nos mire con esa mirada tan suya, y como en el texto de Novalis, vamos a preguntarle: “¿Qué es lo que me encadena al peso de este mundo? ¿No son eternamente tuyos mi corazón y mi vida? ¿No me protege tu amor en esta Tierra?”. Cuando nos mire con esos sus ojos misericordiosos preguntémonos qué es lo que realmente nos debe importar como cristianos, como hijos suyos, qué podemos hacer para seguir el ejemplo de sus virtudes, en especial su capacidad de servicio. Cuando nos mire con esos sus ojos misericordioso pidámosle que interceda para que Dios nos destape el alma, nos abra el corazón, destruya las vigas que no nos permiten ver el maravilloso regalo que es todo prójimo en nuestras vidas. Que nos ayude a comprender, de una buena vez, que no estamos solos, que somos muchos, que somos un pueblo. La mirada de la Virgen nos ayuda a mirarnos entre nosotros de otra manera, nos recuerda Francisco. “Aprendemos a ser más hermanos, porque nos mira la Madre. A tener esa mirada que busca rescatar, acompañar, proteger. Aprendemos a mirarnos en su mirada de Madre”. Vamos a pedirle a María que interceda ante Dios para que nos haga brillo fulgurante de la mirada de su mirada, que seamos encarnación de su mirada, que seamos luz que ilumina como ilumina su mirada.

Que la dulzura de su mirada apague tanta violencia, tanta rabia, tanto odio. Que la justicia y humildad que tejen su mirada apaguen tanta desigualdad y tanta soberbia. Que la profundidad amorosa de su mirada nos muestre el camino para descubrirnos en la mansedumbre de su Hijo, en el Jesús que fue capaz de darlo todo, hasta su vida, hasta su propia madre, no se reservó nada para sí, por la salvación de todos. No permitamos que nada se interponga entre nuestro corazón y la mirada de la Virgen María de Guadalupe. Que nadie nos oculte su resplandor. Que nuestro corazón de hijo la sepa defender de tantos charlatanes que prometen ilusiones, falsas liberaciones, utopías ideológicas que empobrecen a la mayoría y enriquece a la minoría. Como dice Francisco: “Que no nos roben la mirada de la Virgen, que es mirada de ternura y mirada que nos fortalece desde dentro. Mirada que nos hace fuertes de fibra, que nos hace hermanos, que nos hace solidarios. Madre, que no me desoriente de tu mirada; le pedimos […] regálamela, Madre. Que nunca dude de que me estás mirando con la ternura de siempre, y que esa mirada me ayude a mirar mejor a los demás, a encontrarme con Jesucristo, a trabajar para ser más hermano, más solidario, más encontrado con los demás. Y así juntos podamos venir a esta casa de descanso bajo la ternura de tu mirada. Madre, regálanos tu mirada”. Miremos este 2018 alejados de toda incertidumbre y abiertos a la mirada de María de Guadalupe para que, así como lo miramos desde ella, ella nos mire desde él.

Laus Deo. Virginique Matri. Pax et Bonum.

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