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Jueves, 21 de Junio de 2018

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Opinión

Mensaje sin destino | Reflexiones a la luz del humanismo cristiano

Sobre la esperanza cristiana

Sobre la esperanza cristiana
Papa Benedicto XVI - Foto: Télam

Uno de los aportes más hermosos que nos ha dejado el papa emérito, Benedicto XVI, es su trilogía dedicada a Jesucristo

Porque nuestra salvación es en esperanza” (Rm 8,24)

Cargada de profundidad teológica e histórica, pero, a ratos, de una ternura sublime que casi nos permite acariciar el rostro de la salvación, la trilogía que Benedicto XVI dedica a Jesucristo, recoge en una de sus páginas el momento central de la fe cristiana, momento en el cual Jesús es abrazado en aquel huerto por la más terrible tribulación que significa la última soledad del hombre para decidir tomar parte por los vencidos de la historia, Dios lo eleva por encima de la noche y al hacerlo grita su promesa al hombre, de hecho, con su Hijo la promesa se cumple salvándolo definitivamente de la muerte en la resurrección, allí el pulso vivo de nuestra esperanza. Por ello, San Pablo, en su carta a los romanos, asegura que en esperanza fuimos salvados (8,24). Afirmación que impulsa las líneas de Spe Salvi (2007), segunda encíclica del pontificado de Benedicto XVI, y uno de sus documentos más conmovedores. Publicado el 30 de noviembre de 2007, como hemos apuntado su tema central es la esperanza. A la luz de lo que vivimos actualmente, creo que merece nuestra especial consideración.

En tiempos como los nuestros, marcados hondamente por una crisis tremenda de esperanza y de temporalidad, este documento nos recuerda con fuerza que hay futuro, que hay una meta que da sentido a nuestro presente histórico; en una palabra, hay historia y movimiento hacia la novedad, hacia la comunión y plenitud en Dios. Desde el principio, Benedicto XVI nos asegura que se nos ha ofrecido la salvación en el sentido de que se nos ha dado esperanza, “una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino”.

El mensaje principal que busca transmitir este documento radica en la respuesta a una pregunta muy actual: ¿de qué tipo de esperanza habla el cristianismo? Benedicto XVI responde que la esperanza cristiana se fundamenta en la certeza de la fe en la redención presente, que puede transformar nuestra vida. Recibir esperanza significa llegar a conocer a Dios, un Dios personal, que en Jesús se nos ha revelado como amor. La fe brinda «algo» de la realidad misma, y dicha realidad presente se establece en prueba de las cosas que aún no se ven. La existencia de un futuro cambia el presente. A la esperanza corresponde, entonces, el ansia de eternidad, a pesar de no conocerla y de constatar que no es esta vida, sin que por ello deje de ser una realidad comunitaria, y a pesar de que ninguna estructura humana la puede reemplazar. La fe es esperanza, puesto que la esperanza “es una palabra central de la fe bíblica. Hasta el punto de que en muchos pasajes las palabras «fe» y «esperanza» parecen intercambiables”. Sin embargo, resalta Benedicto XVI que hubo tres momentos en los cuales tales palabras fueron tergiversadas por la racionalidad moderna y, a partir de allí, de alguna manera, el hombre pierde el rumbo para caer de manera brutal a la oscuridad de la desesperación y la angustia. Tres momentos tejidos desde los pensamientos de Bacon, Kant y Marx. En la edad moderna la fe y la esperanza cristiana fueron reducidas a la fe en el progreso a causa de la vinculación de la ciencia con la praxis [Bacon], posteriormente se desarrolla en el reino de la razón en favor de una libertad supuestamente perfecta [Kant]; la revolución comunista cae en el escollo de no percibir que el hombre es libre también en la realización del mal [Marx].

Desde las líneas luminosas de Spe Salvi, Benedicto XVI responde que el progreso técnico requiere de un progreso ético, y no hay progreso ético si la razón no es iluminada por la fe. De no ser así, como ha sido nuestro lamentable caso, el hombre surge como privado de esperanza. El progreso moral no es adicional como lo puede ser el desarrollo material, pues está en juego la libertad humana que implica una convicción conquistada comunitariamente. La ciencia puede contribuir a humanizar el mundo, pero puede también demolerlo. El hombre sólo es redimido por el amor; y éste ha de ser absoluto. Por ello, insiste en señalar que sólo Dios puede ser el garante de la esperanza del hombre, ya que nos da la vida, la cual a su vez consiste en una relación. La relación con Dios por parte del hombre no es individualista, pues tiene lugar por medio de Jesús. Jesús nos eleva de nuestra antigua condición de esclavos a la de hermano, además, un hermano muy querido, muy amado. Idea que sin duda, rebasa las limitaciones con las cuales el mundo fundamenta su sociabilidad, por ello, como apunta el papa emérito, “los cristianos reconocen que la sociedad actual no es su ideal; ellos pertenecen a una sociedad nueva, hacia la cual están en camino y que es anticipada en su peregrinación”.

Benedicto XVI no se queda sólo en el mundo visible, en el mundo material y cómo afrontarlo desde la esperanza que nos viene de Jesús, sino que da un paso más allá, uno decisivo. La esperanza cristiana nos habla de una vida eterna. Sobre esta compleja expresión reflexiona: “La expresión «vida eterna» trata de dar un nombre a esta desconocida realidad conocida. Es por necesidad una expresión insuficiente que crea confusión. En efecto, «eterno» suscita en nosotros la idea de lo interminable, y eso nos da miedo; «vida » nos hace pensar en la vida que conocemos, que amamos y que no queremos perder, pero que a la vez es con frecuencia más fatiga que satisfacción, de modo que, mientras por un lado la deseamos, por otro no la queremos. Podemos solamente tratar de salir con nuestro pensamiento de la temporalidad a la que estamos sujetos y augurar de algún modo que la eternidad no sea un continuo sucederse de días del calendario, sino como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad. Sería el momento del sumergirse en el océano del amor infinito, en el cual el tempo –el antes y el después– ya no existe. Podemos únicamente tratar de pensar que este momento es la vida en sentido pleno, sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría. En el Evangelio de Juan, Jesús lo expresa así: «Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría» (Jn. 16,22). Tenemos que pensar en esta línea si queremos entender el objetivo de la esperanza cristiana, qué es lo que esperamos de la fe, de nuestro ser con Cristo.

Ahora bien, una idea que ha circulado y ha cobrado forma entre nosotros es aquella que sostiene que la salvación es personal entendiendo por personal, individual. Esto nos lleva a indagar en el documento acerca de si, efectivamente, la esperanza es individualista o no. En los tiempos modernos se ha desencadenado una crítica cada vez más dura contra cierto tipo de esperanza que consistiría en puro individualismo, que habría abandonado el mundo a su miseria y se habría amparado en una salvación eterna exclusivamente privada. Benedicto XVI afirma que, en la introducción a una obra fundamental del teólogo Henri de Lubac, ha recogido algunos testimonios característicos de esta clase, uno de los cuales es digno de mención: «¿He encontrado la alegría? No... He encontrado mi alegría. Y esto es algo terriblemente diverso... La alegría de Jesús puede ser personal. Puede pertenecer a una sola persona, y ésta se salva. Está en paz..., ahora y por siempre, pero ella sola. Esta soledad de la alegría no la perturba. Al contrario: ¡Ella es precisamente la elegida! En su bienaventuranza atraviesa felizmente las batallas con una rosa en la mano»”. Sin embargo, al parecer, algo le dice que esto no es así y por ello vuelca su mirada sabia en los Padres de la Iglesia quienes, en toda su amplitud, consideraron a la salvación, y por lo tanto a la esperanza, como una realidad comunitaria. La dimensión comunitaria y social de la vida eterna se instituye entonces como instancia crítica de las múltiples «insolidaridades» que reinan en la vida temporal y como dinámica inspirador de su superación. El dogma cristiano de la comunión de los santos rebate y contradice el dogma laico del «homo homini lupus», la aprobación fatalista de una humanidad ineludiblemente conflictiva. De ser cierto este dogma cristiano, no es cierto que los hombres y los grupos humanos sean naturalmente irreconciliables, puesto que están llamados a un destino de conciliación y comunión. La comunidad cristiana ha de ser signo sacramental de la fraternidad escatológica, que, además de esperar lo significado, obra lo que significa.

Al mundo moderno con sus certezas efímeras y limitadas, con sus avances científicos e individualidades, le dice Benedicto XVI que sólo el amor es capaz de redimir y que esta verdad es irrefutable, incluso, en el ámbito puramente intramundano. El amor abre siempre en el camino un camino de redención dándole sentido a su existencia, pero muy pronto se da cuenta también de que el amor que se le ha dado, por sí solo, no soluciona el problema de su vida. Es un amor frágil. Puede ser destruido por la muerte. El ser humano necesita un amor incondicionado. Necesita esa certeza que le hace decir: «Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rm 8,38-39). Si existe este amor absoluto con su certeza absoluta, entonces –sólo entonces– el hombre es « redimido », suceda lo que suceda en su caso particular. Esto es lo que se ha de entender cuando decimos que Jesucristo nos ha « redimido ». Por medio de Él estamos seguros de Dios, de un Dios que no es una lejana « causa primera » del mundo, porque su Hijo unigénito se ha hecho hombre y cada uno puede decir de Él: «Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí» (Ga 2,20). Ese amor es el que verdaderamente brinda sentido a la existencia, pues es un amor que brota del conocimiento de Dios y “quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida”.

Podríamos concluir, tras haberla leído e intentado comentar muy someramente ciertas páginas de Spe Salvi, que la esperanza del cristianismo procede del encuentro con una persona que ha hecho varias promesas de felicidad y de paz a todos los hombres, esta persona es el mismo Dios que se ha encarnado y muerto en una cruz por amor al hombre, ha resucitado, ascendido al cielo y ha prometido acompañarnos hasta el final de los tiempos y que vendrá a juzgarnos. El juicio será sobre el amor. La alianza y promesa que Dios había hecho al pueblo de Israel en el Antiguo Testamento, hallan en Cristo su pleno sentido, su cumplimiento y plenitud absoluta. La alianza será en su sangre. La promesa es la venida del Reino. Ambas confluyen en su propio ser, de suerte que consisten en la certidumbre de su fidelidad para siempre.

Laus Deo. Virginique Matri. Pax et Bonum

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